23 de julio de 2018
No sé cómo comenzar un diario. Nunca he escrito uno.
Hay demasiadas cosas minúsculas e imprecisas que me ocurren o que se me pasan
por la cabeza como para poder anotarlas todas. Además escribir un diario
requiere de una constancia de la que yo carezco por completo y de una
sinceridad brutal con uno mismo que no estoy seguro de poder tolerar. Así que
descerrajo sin mucha esperanza este viejo cuaderno con el convencimiento de que
mis reflexiones y, aún más, mis confesiones, no lograrán ensuciar más que dos o
tres páginas antes de quedar olvidadas para siempre en algún cajón. Pero ¿qué
otra aventura podría comenzar en una tarde de canícula del mes de julio, cuando
el sopor aplasta Madrid con su puño incandescente? ¿Qué otra forma podría
encontrar para ahuyentar este aburrimiento corrosivo que me produce la gente,
el arte y esa literatura pirotécnica que todo lo inunda y lo envenena con riadas de palabras intrascendentes que tan pronto como se cierra el libro se olvidan para siempre?
Si. En este Madrid que brama de viejas modernidades obsoletas,
que acoge turistas desorientados que no saben por qué han terminado aquí, que
condensa arribistas, nuevos ricos, “buenrollistas” de carnet y enmascarados varios,
tal vez sea un buen momento para vomitarse en un diario.
G.M.
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