Texto: Paloma Ulloa
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Texto Paloma Ulloa
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Ilustración: Miguel Vega Arce
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Ilustración: Miguel Vega Arce
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Una mano cae, con la liviandad de su peso sobre la tela irisada; una cabeza morena reposa, somnolienta, abrumada por la canícula; la mirada de un niño enhebra la esperanza en su futuro; las risas de un baile de máscaras caracolean a la salida de un teatro.
Una catarata de luces y sombras móviles se derrama de los pinceles de Raimundo de Madrazo, en los que muchas veces anida un admirado Fortuny y, más tarde, un sabio retratista que capitaliza su talento en los años finales de su vida, cuando las vanguardias lo van dejando en el arcén y los años no perdonan.
Pero la exposición de Raimundo de Madrazo merece la pena. Nieto, hijo, sobrino y cuñado de grandes pintores, supo encontrar su camino sin desperdiciar su legado.
Un poco del mundo idealizado del siglo XIX abre las ventanas de este palacete del Duque de Elduayen (Madrid, Paseo del Prado, 23) en el que aún sobreviven, bien conservados y a la vista del curioso entrenado, hermosos artesonados de madera.
Raimundo de Madrazo. Exposición temporal. Fundación Mapfre. Madrid
Me siento muy agradecida y feliz por la invitación de Moom Magazine para dar a conocer algunos de mis Microrrelatos.
Hacía mucho tiempo que no leía relatos. Me daba un poco de pereza. Los últimos libros que había leído me habían aburrido, me habían parecido modernidades caducas, presuntamente vanguardistas, sin alma y, sin embargo, compré este “Alcaravea” porque me lo habían recomendado tanto y, con tanta pasión, que aparté mi desgana y me dejé llevar. Hice bien. Hice muy bien, porque casi de inmediato me sumergí en la prosa poética de la autora y disfruté cada una de las tonalidades de su voz, la delicada manera en que teje cada relato como si fuese un tapiz íntimo que cubriera los sueños más puros sin robarles lo que de doloroso o traumático o simplemente cruel pudieran contener.
Dicen los psicólogos que para superar el trauma es bueno verbalizarlo, a veces conversando y otras, de forma más íntima e introspectiva, escribiendo, como en el caso de la protagonista de la novela de Castro Lago, “La flecha invertida”.
El silencio mata, pudre el dolor, lo extiende y asfixia a quien lo sufre. Por eso, Johanne, a los cincuenta años y tras la muerte de su padre, comienza a narrar, carta a carta, destinatario a destinatario, el rosario de heridas que ha dejado en ella la violencia silenciosa que se desarrolla bajo el amparo de la intimidad, en el claroscuro de la familia sujeta a las jerarquías.
Un texto fluido, reflexivo e intenso que hace que el lector vea y sienta a través de los ojos de la víctima.
Relatos para el café
28 de julio de 2024
El tiempo es elástico, a veces se extiende
rencoroso sobre la llanura de los días y otras, galopa sin medida llevándoselo
todo. El tiempo tiene la textura blanda de las olas mansas de la mar en calma y
el puño implacable del tsunami. El tiempo, mi hijo, es caprichoso y juega con
los hombres, los alienta y los doblega conformando las extrañas geografías de
sus vidas.
Ilustración: Miguel Vega Arce
Texto: Paloma Ulloa
No hemos nacido tal y como somos en esta segunda década del siglo XXI; nuestra historia tiene sus raíces en otra España; una que crecía después de la dictadura, que se conformaba en los barrios de aluvión, que se componía de millones de voces anónimas, a menudo desafortunadas, que lograron hacer sus vidas en los mapas difusos de los márgenes urbanos.
Carmen Peire reflexiona en su “Mapas de asfalto” sobre esas vidas que sirvieron para cimentar el presente y de las que nadie se acuerda. Los arrabales obreros, el dolor de parto de la supervivencia, la crueldad de unos años de esperanza y subsistencia entre la reconversión industrial y el caballo, en los que el horizonte era trabajar como fuese para asegurarse un día más, una comida más, un techo bajo el que cobijarse, arropados por el calor de los otros olvidados.
Celso Castro escribe con un fluir de rio, hermoso, íntimo, comprometido. Cada libro es un viaje a las profundidades del alma de sus personajes. Irónico, poético, agudo, a veces cáustico, este autor nunca deja indiferente a quien lo lee porque siempre encuentra entre sus líneas algo más: una frase luminosa, una idea redonda, una figura sutil, una reflexión estimulante.
“el gran ensueño” habla de los traumas, de la familia, del dinero, de la sociedad, de la desalentadora escalada hacia la madurez, del amor, la soledad, la aceptación, la vergüenza, el desapego, la vida y la muerte.
Y, después de haber dicho todo esto, solo me queda una cosa por añadir para aquellos que decidan adentrarse en sus páginas: bon appétit!
La brutalidad humana no cambia. El rito de la sumisión y la conquista siempre han sido iguales. No hay totalitarismo que deje impune al adversario. El terror, el exterminio del disidente, son las herramientas de los que se imponen sin piedad y por la fuerza.
El relato, sutil, caleidoscópico, de Han Kang en este “Actos humanos”, cala en el lector como una lluvia fina. La indignación, la valentía sin aspiraciones heroicas, la sencilla exposición del horror, son bellos instrumentos literarios al servicio de un mensaje: el hombre es el depredador del hombre.
Contra el cielo,
contra los vientos dementes que lamen tu pelo,
contra la tierra aterida, hijo mío,
crece el amor que te profeso.
Con él construyo murallas que te abriguen.
Con él detengo tempestades
y esculpo los días de tu ausencia
para sentirte cerca.
Y en la esperanza que emanas,
los estambres del aire
ponen hilos de plata a tus pies,
alimentan la dulzura de tus ojos,
afilan tu inteligencia,
construyen politopos en tus sienes.
De la crisálida del niño que fuiste
ha nacido el hombre extraordinario,
la mente exploradora,
la mirada calma,
la hermosa sonrisa dormilona.
De la piel trémula de tus primeros días
ha surgido tu voluntad robusta,
tu paciencia infinita
y un amor esplendente que comprende,
más que siente,
el regalo recibido.
La Unión Europea y, por lo tanto, Europa, corre el riesgo de ser desmembrada y colonizada por Rusia y Estados Unidos si no logramos la unidad, la inteligencia estratégica y las inversiones necesarias para hacernos fuertes.
Curiosamente parece que el viejo pacto entre la Alemania Nazi y la Unión Soviética de Stalin para el reparto europeo sobrevuela el pensamiento de muchos al ver que entre Rusia y Estados Unidos quieren canibalizar Ucrania para llevarse grano, tierras raras, y posiciones geo-estratégicas ventajosas.
Pero podemos seguir mirando nuestras pantallas sin miedo, podemos ver como los dirigentes como Putin se perpetúan en el poder y cómo se pierde el respeto a las instituciones haciendo de una rueda de prensa en el despacho oval, un circo de adultos y niños malcriados y vergonzantes.
Paso las yemas de los dedos por mi frente,
noto la profundidad oscura de mis pliegues,
el brillo de los años deshojados,
de las tardes marchitas,
de las voces desoídas,
de las caricias desahuciadas.
En la hondura abismal de mis arrugas
habitan mis dudas,
el dolor de mis naufragios,
la pérdida de mis colonias,
las certezas que no tuve,
las mentiras que me dije
y las verdades que nunca quise oír.
El mundo se está convirtiendo en un vivero de psicópatas capaces de justificar una limpieza ética, de culpar al pobre de su hambre y de pensar en el negocio floreciente que crecerá de los cadáveres de los otros, sin el menor escrúpulo o remordimiento de conciencia, y lo hacen blandiendo el nombre de un dios blanco y omnipresente, que ciñe la espada (los tanques, los drones, la IA, la bomba atómica o lo que corresponda) para consumar los intereses de unos pocos. La historia escrita por los vencedores, la propaganda cinematográfica y la desmemoria, se encargarán después de borrar - o en su defecto, maquillar - lo injustificable.
Alas.
El viento se acurruca entre las nubes,
viajero involuntario,
caminante cansado.
Alas.
La pátina del tiempo nos oculta
el brillo de la vida,
el luchar sin descanso
por llegar al mismo puerto.
Alas.
Avanzo atravesando el cielo,
las plumas prietas, húmedas de luz.
Bato corrientes
y el mundo, abajo, ya no es nada,
una mancha caníbal que todo lo devora,
una sombra sin voz.
Alas
Hay una muerte sedante,
un arrastrar de tristeza,
un romperse los pulsos
contra el mañana imposible,
un caer sin mesura
a la aflicción estancada.
Hay una mirada esquiva,
una herida de codicia,
un rumiar dolores importados,
un no saberse vivo o muerto
en los balances fiscales.
Hay un cansarse de letras
y un construir pesadillas,
y un escuchar voces rotas
que no dicen, ni desdicen,
ni aportan, ni consuelan
en el vacío infinito
de avenidas atestadas.
Hay un rencor de recuerdos,
un prometer no empobrece,
un suturar desagravios
en las costillas abiertas
de la vida.
Miro al fondo de tus ojos
-Laguna calma
donde se amansan mis pulsos-
y la vida vuelve a extender sus alas.
El calor de tu piel sabe a silencio,
a paciencia en el hogar,
al hijo que nació de nuestros cuerpos,
a victorias y derrotas compartidas,
a páginas crujientes,
a rostros hilvanados con la luz volátil que impregna tu objetivo.
Somos un bullir de ideas incendiarias,
un equipo que no entrena o compite,
un tándem de dos locos atrevidos
pendientes de un abismo.
Auriculares blancos
amamantan cerebros perezosos.
Palabras como truenos
laceran las mentes amarradas.
Voces detonadas atraviesan,
como amenazas, calles oblicuas.
El miedo a perder
corrompe almas, abre bolsillos, cierra bocas.
La Tierra gira sobre el eje
del dolor de hace cien años.
Ideas fantasmales
relampaguean en nuevos labios
aventando el terror viejo.
Todos duermen, insomnes,
mientras las arañas de la guerra
tejen sus sedas
sobre los cuerpos
de los patronos del futuro.
Largas serpientes rojas
azotan el acceso a la ciudad.
Rostros embrutecidos
corroen la noche diluida
salpicados de flujos rojos,
chorreantes, cáusticos.
Una ambición postiza
enciende deseos enfermizos
pensados para nosotros,
sin nosotros,
en despachos oblicuos
poblados por intrusos.
Esa luz.
Exactamente esa luz
me devuelve al momento.
La hora precisa tiene ese color.
El tiempo encapsulado posee esa tibieza.
Esa luz.
Exactamente esa luz
abría la mañana
el día que te fuiste
con un vacío cautivo entre las manos
y una resignación calcárea
creciéndote ya, con prisa, de los huesos.
Esa luz.
Exactamente esa luz
batida por el cálido cansancio del otoño
acogió tu despedida hueca,
tu salir sin ruido,
tu dejarnos solos para siempre.
La injusticia económica y bélica provoca fanatismos. La miseria y la humillación a la que fue sometida Alemania tras la Primera Guerra Mundial (por poner un ejemplo cercano) fue la madre del nazismo. Está por ver qué odio se está gestando en los supervivientes de la masacre de Gaza y qué terribles consecuencias cosecharemos de su indefensión y de nuestra apatía de televidentes ahítos de noticiarios sanguinarias.
Se derraman mis muertos,
alimañas que exigen su tributo.
En la brasa de sus ojos
palpita la conciencia de haber sido.
Las hojas de su historia caen, otoñales de olvido,
sobre mi pelo entrecano.
Hambre, represión, silencio,
cárcel, desmemoria.
La indiferencia infecta
la tierra de sus bocas.
Descerrajan mis ojos
en la travesía del sueño
y me obligan a mirarlos.
Oculto su derrota
debajo de mi almohada.
Pero ellos no se van.
Archivo sus escombros depurados.
Ensayo olvidos.
Pero navegan, espumosos,
en el vítreo de mis ojos,
Inflexibles, exigentes, decididos.
Imagen: Clemente Bernad
Imagen: Sarolta Ban
El cristal del metro me devuelve la mirada.
La ciudad aún duerme.
Los demonios del sueño relamen las últimas ampollas de esperanza.
La madrugada levanta los velos vergonzosos de la dicha.
Hacia la luz, el vagón se precipita, indiferente.
Mi noche fue un delirio desdentado.
La boca de mi piel ya no me entiende.
La voz de mi memoria es un sicario que te debe pleitesía.
Ningún silencio se parece al tuyo.
El cristal del metro me devuelve la mirada.
Bebo porque no soporto mi vida. Se me ha cansado el alma. Se me han cansado los dedos, la mente, el corazón, los pulmones.
Bebo porque cuando lo hago me siento más ligero, se difuminan los contornos insoportables del mundo, olvido por unos momentos el miedo, la frustración, la rabia.
Bebo porque cuando el líquido liberador roza mis labios siento una catarsis que me impulsa a creer, por un instante, que todavía todo es posible o que al menos, todavía algo puede ser posible.
Bebo hasta perder la compostura, hasta que las lágrimas me asaltan, hasta que el dolor sale de mi como un veneno y me deja limpio, por unas horas, del pegajoso influjo del fracaso.
Bebo aunque sé que mi cuerpo se retorcerá de asco y de sed dentro de unas horas. Aunque mi vida quedará en suspenso, sujeta a la resaca, culpable, resignada, arrepentida.
Bebo aunque mañana me convenceré de ser más fuerte y planearé maneras de librarme y rescatarme del infierno. Pero según pasen las horas encontraré justificaciones nuevas que me avalen y me lleven de nuevo hacia las voces estancadas del silencio, hacia la partitura incontestable del horror, hacia la sempiterna botella anhelante, tentadora, salvadora.
Bebo porque dentro de ese líquido dorado sobrevive la promesa de una fe que soy capaz de ver pero que cuanto más avanzo hacia ella, más lejana me parece.
Bebo porque a pesar de todo, aún no me he dado por vencido.
Lo peor no fue el cautiverio, asfixiante, humillante. Tampoco los periodos de aislamiento extremo, sin luz, casi sin comida ni agua. Ni los gritos de los otros presos, ni el frío corrosivo, ni el calor insoportable. Lo peor fue no saber nada de tí.
¿Qué clase de dios cavernario alienta la masacre de todo un pueblo para beneficiar a sus fieles?
¿Qué clase de padres pasean a sus hijos por el horizonte del horror de otros hijos estimulando el genocidio y regocijándose del hambre, la persecución y la muerte?
¿Qué clase de calidad humana tiene un colectivo que cree ser superior a los demás, igual que creyeron serlo los nazis que dejaron a su paso un rastro de muerte imborrable precisamente sobre ese pueblo elegido?