Si, vivimos en la sociedad del cansancio. A lo largo de mi vida nunca había visto a tanta gente sentándose en cualquier parte para recuperarse de una apatía y un agotamiento crónicos. Da lo mismo si asientan sus reales en la piedra centenaria de una catedral o en los adoquines de una calle. No importa si están ante una obra de arte o esperan el autobús o el tranvía. Da lo mismo si han hecho un alto en el camino para organizarse o si devoran un bocadillo o una bolsa de patatas fritas.
El turismo se ha convertido en una nueva forma de nomadismo obligatorio. Jóvenes y ancianos arrastran sus maletas como aquellos viejos fantasmas que llevaban a cuestas enormes bolas de cañón. Vamos y venimos corriendo por los aeropuertos, haciendo filas de esclavos ante los “imprescindibles”, hacinándonos en el lugar adecuado desde el que ver el atardecer, o en el que comprar el mejor helado, o para acceder a la librería más bonita, aunque jamás hayamos leído un libro.
Después regresamos a casa con una cosecha de miles de fotografías que no volveremos a ver. Las demás ya estarán disponibles en Redes Sociales para nuestros seguidores. Da lo mismo si tenemos que componer posturas de quirófano en una iglesia o en un puente famoso: tripa dentro, pecho fuera, unos morritos provocones (no nos olvidemos de los morritos, son un imprescindible).
Pasamos como hordas destructivas sobre siglos de historia dejando a nuestro paso los restos de la invasión: una baba de envoltorios, botellas, papeles y desidia que parece que será el legado de nuestro paso por el mundo.
Vivimos en la sociedad del cansancio que consume con la misma urgencia el viaje que la hamburguesa; que se deja pastorear sin quejarse; que no se pregunta el por qué de las cosas y que acepta recetas simples a problemas complejos
por pura comodidad. Somos los que no levantaremos la voz mientras la injusticia la sufran otros, mientras no nos toque, mientras sigamos creyendo que, de verdad, todos tenemos derecho a todo, aunque la tozuda realidad nos demuestre que cada día tenemos menos derechos y más obligaciones. Y, por lo que parece, viajar sin rumbo, sin sentido del respeto a la historia y a los habitantes del destino seleccionado, como quien pasea por un parque temático, se ha convertido en uno de esos “derechos” del presente.
Si, vivimos en la sociedad del cansancio porque nos aburrimos de nuestro propio vacío y buscamos fuera lo que no encontramos en nuestro interior.












































