
Me vuelvo hacia la izquierda y enseguida se me queda la mirada prendida en unos ojos oscuros y llenos de amor. Alguien ha sabido capturar la dulzura irrepetible de una intimidad que conmueve, la belleza idealizada de una Madonna de piel oscura que besa a su bebé recién nacido con la sencillez infantil de una niña que acurruca a su muñeca preferida; Alguien ha robado el instante intenso y fugaz, como la propia vida, y lo ha traído hasta nosotros para sacudirnos del letargo.
De fondo, los paisajes agrestes del dolor y la desgracia, quedan eclipsados por el poder hipnótico de la maternidad: sólo los ojos ácueos e inquietos de una criatura, agarrada al aliento nutritivo de su madre, traspasan la ventana fotográfica para llegar directamente al corazón del espectador.
Tal vez, si pudiéramos ver más de cerca al ser humano en su “humildad”, comprenderíamos lo equivocados que estamos intentando construir universos estancos alejados de la desventura, el miedo y el dolor que sufren “los otros”, porque en el fondo de esas pupilas llenas de luz, que nos miran desde cada una de las fotografías de esta exposición, se ve, con absoluta transparencia, que la fuerza de la vida y el amor de una madre por su hijo es igual en todos los lugares del planeta, independientemente del idioma que hablemos, de las posesiones de las que dispongamos y de la herencia que nos haya sido transmitida.










































