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viernes, 7 de agosto de 2015

Berlín, 7 de agosto de 2015



Hoy el tiempo está detenido bajo un calor plomizo. Alguien escucha una música triste que se escapa por la ventana abierta, anónima, sin sombras y la sugestión de un tiempo no tan lejano inflama el pensamiento.

Todo parece en calma y, sin embargo, nada se detiene: los políticos y los mercados tejen estrategias mientras los berlineses están de vacaciones, pero el mundo, igual que siempre, tiene la vista fija en esta ciudad que se ha convertido en un yunque de plomo envuelto en seda.

No hace mucho un colombiano afincado en el corazón de Prenzlauerberg nos dijo que Alemania volvía dar miedo y sin embargo, en los espacios libres y jóvenes, en las calles desenfadadas, en las conversaciones plurilingües que se entablan de los biergarten, en las terrazas y en los cafés esa sombra temible que proyecta sobre el futuro resulta tan lejana, tan irreal y tan inimaginable como el desastre y el caos en el ojo del huracán.





lunes, 13 de julio de 2015

Cine: Phoenix



Usando el nombre del mítico ave, Christian Ptzold recrea de forma elocuente los primeros momentos de la postguerra alemana, cuando una sociedad y una ciudad destruidas tienen que renacer de sus propias cenizas. Sobre el fondo de un escenario de degradación física, el horror de la debacle moral de los personajes enfrentados a la derrota, al exterminio y a la indignidad humanas,  se pone en primer plano provocando que el espectador, impotente, los vea evolucionar como títeres de una triste pantomima.


En muchos momentos, mientras veía el film, me venía a la memoria otra mítica película que se rodó en la Alemania oriental justo inmediatamente después de que terminase la guerra: “Die Mörder sind unter uns” (Los asesinos están entre nosotros), una obra imprescindible por su belleza estética, por su espeluznante guión y por la perspectiva durísima, de primera mano, de los supervivientes al desastre.


sábado, 11 de julio de 2015

Cine: El silencio de los vencedores (Die Lügen der sieger)



Sobre el fondo de un Berlín calidoscópico que se convierte en un personaje más de la película, se desarrolla el argumento de “El silencio de los vencedores” (Die Lügen der sieger) del director alemán Chrisoph Hochhäusler. Sus protagonistas, un periodista veleidoso y débil, que se deja arrastrar por sus flaquezas, una asistente ingenua y perseverante que se apodera de una noticia que parece esconder mucho más de lo que parecía en un primer momento y, sobre todo, dos oscuros personajes que representan el poder de la industria y la política corrupta, llevan al espectador a una sucesión de situaciones angustiosas en las que la investigación periodística se va transformando en un juego de espías, de informes manipulados, de testigos fraudulentos y de pistas falsas que llevan a la primera plana de una reconocida revista de prestigio una noticia altamente tendenciosa y adecuada a los intereses de los que realmente ostentan el poder.

Todo un ejercicio de reflexión muy recomendable en el momento histórico que estamos viviendo.

Disponible en la plataforma legal y de pago: https://www.filmin.es




viernes, 10 de julio de 2015

Cuaderno de relatos de verano: 1 . El relevo


Ilustración de Bett tomada de http://beatriz.ultra-book.com

El relevo tenía que llegar, era necesario. La vieja oligarquía había caído en un adormecimiento exangüe, se había enriquecido exageradamente y se había alejado tanto del pueblo que ya no le era útil. Cada mes estallaban pequeñas revueltas que mis ejércitos procuraban sofocar con una crueldad ejemplarizante, pero el cansancio y el odio habían anidado en el pueblo y la rabia, lentamente, había comenzado a transformarse en la sombra de una revolución.

Mi fiel chambelán y yo hablábamos a menudo sobre la hipótesis de que la guerra estallase definitivamente en el reino y convinimos que ya que los alzamientos parecían inevitables, lo mejor sería que nos adelantásemos a ellos, impulsándolos para intentar manejarlos a la medida de mis ambiciones. Jamás habría confiado mis pensamientos a mis ministros, demasiado complacientes y mentirosos, en cambio mi chambelán había jugado conmigo en los patios del palacio y había compartido las leyendas infantiles que nos contaba, durante las tardes  calurosas, el ama de cría, a la sombra del jardín. Él había esperado pacientemente la decadencia de su antecesor y había ocupado su lugar con humildad, informándome con regularidad de todos los comentarios e intereses que se movían bajo los caprichos de los asesores y los funcionarios, de las pequeñas corruptelas que envenenaban la vida palaciega, de las injusticias de los recaudadores y de los generales, de las mentiras de los mercaderes. Y de esa manera, en poco tiempo se convirtió en mis ojos y mis manos, traspasaba embozado los límites del palacio para descubrirme el mundo que había más allá de mi casa y comenzamos a urdir la tela de araña que serviría para poner fin a mi propia dinastía.

Todo parecía marchar según lo planeado, los primeros contactos con la guardia personal y con los campesinos daban buenos frutos, los cultivadores de arroz morían de hambre intentando pagar impuestos imposibles, los maestros sobrevivían de la caridad del pueblo mientras los grande señores se enriquecían innoblemente y explotaban a sus sirvientes hasta la muerte. En el curso de algunas de sus escapadas mi amigo trajo consigo proclamas y libros prohibidos que describían una crueldad sin igual en mi reino. Hablaban de mí como el pájaro ciego que vive en una jaula dorada cantándole al amanecer ignorándolo todo, como un estúpido niño consentido que manda ejecutar a su primer ministro si no le traía el pastel de arroz a la hora establecida. Todo esto me impulsó con mayor convencimiento a precipitar el necesario cambio de las cosas. Aborrecía la idea de que otros decidiesen por mí y mancharan mi nombre convirtiéndome en un títere que consiente e ignora para beneficio ajeno, así que di las órdenes oportunas para comenzar rápidamente con el levantamiento.

Sin embargo, como en toda revolución hay más detalles imprevisibles que certezas, la amplia red que gracias a mi chambelán logré tejer en la sombra, pronto comenzó a pensar por sí misma y a introducir modificaciones en la estrategia que terminaron cambiando sustancialmente el rumbo de la lucha y una noche, mi buen amigo entró de improviso en mi dormitorio con los ojos desorbitados, embozado y disfrazado, y me hizo salir por la puerta de atrás del palacio, para refugiarme en un carruaje que me llevaría a un lugar desconocido en el que podría vivir a salvo mientras él se encargaba de los cambios. De eso han pasado cerca de dos años y, por las pocas noticias que llegan hasta aquí, parece que el río ha comenzado a regresar a su cauce.

Con todo, no me arrepiento de nada. Ahora, gracias a mi trabajo como impulsor del cambio y a la clarividente perspicacia de mi joven chambelán, he logrado salvar la vida y vivo oculto en el viejo monasterio de Wong, entre los laboriosos monjes, como un hermano más, arando los campos y sintiendo el palpitar de la tierra en las yemas de los dedos. Yo, que nunca supe lo que era el frío o el hambre, que nací envuelto en las sedes milenarias de mi casa, que jamás tuve que usar las manos más que para acariciar y aplaudir, ahora produzco mi propio alimento y limpio las celdas de mis hermanos con la satisfacción de sentirme útil por primera vez.

Mi país cambia. Me consta que las luchas ya han concluido, los equilibrios de poder han mutado y se han reajustado y pronto, muy pronto, volverán a ser casi tan injustas como antes, aunque de distinto signo. Probablemente, mi buen amigo el chambelán, dirigirá nuevos ejércitos y nuevos cortesanos le rodearán e intentarán alejarle de la realidad de los mercaderes y de los pescadores para manipularle mejor mientras que yo, dentro de algún tiempo, entraré de nuevo a su servicio como camarero o como ayuda de cámara y le devolveré su lealtad contándole lo que dicen las gentes sencillas en las calles y en las tabernas, lo que ruegan los fieles a los viejos dioses y lo que rumian los comerciantes de té con la esperanza de que, de ese modo, el nuevo reinado sea un poco más justo.

Suena la campana del santuario y, como último hermano llegado a la orden, dejo la pequeña azada y me pongo en pie para atender a los recién llegados mientras mis hermanos continúan inclinados sobre la tierra. Siempre temo que al abrir la puerta pueda encontrarme frente a frente con alguno de mis antiguos funcionarios, quién sabe si con un asesor en busca del refugio en nombre de una piedad que jamás tuvo para con sus vasallos. Pero al correr humildemente el gran  cerrojo de hierro y levantar la mirada hacia el recién llegado, ricamente vestido, encuentro a mi amigo el chambelán que, con una ancha sonrisa se precipita sobre mí y me abraza ahogando mi sorpresa  con un puñal de plata grabado con el emblema de mi casa. La hoja se hunde limpiamente en mis costillas partiéndome el corazón. El cielo se vuelve neblinoso y la voz de mi amigo me llega muy lejana, como un silbido quedo: “La revolución ha triunfado. Hoy comienza mi reinado.”


Me quedo tumbado entre la puerta y el umbral, con la mirada fija en la nada. Al fondo, en el huerto, cantan los pájaros mientras los monjes continúan arañando terrones embarrados. Mi chambelán se aleja limpiándose las manos en un lienzo blanco, sube al carruaje que le espera unos metros más allá y desaparece para siempre en la espesura. De mi cuerpo sin vida mana una fuente roja. El mundo seguirá girando sin mí y mi palacio, ahora lo comprendo, albergará a otros monarcas, quién sabe si tan injustos como los que me precedieron, pero sin duda, igual de despiadados.

domingo, 10 de mayo de 2015

Alguien


Fotografia © Michael Wolf

Había amanecido. El sol brillaba de nuevo sobre el horizonte bulboso de tejados y abatimiento. La gente dormitaba aún escondida en los hormigueros verticales, desperezándose lentamente, y las avenidas esdrújulas se extendían solitarias, como los filos débiles de una tela de araña enredada en las esquinas.

Alguien se preguntó cómo sería vivir sólo en aquel laberinto, sin escuchar voces ni vehículos, sin sentir el parloteo de la gente, el murmullo de los secretos encerrados en las indiscretas paredes de los apartamentos taciturnos, el gorgoteo de las cisternas, el rumor del sexo ajeno, la penetrante impertinencia de los televisores, el aroma del café de las mañanas, el olor a gel de un vecino recién duchado que se asoma a la ventana para contemplar el nuevo día. Sería extraño y a la vez balsámico no ver, no sentir, no compartir con nadie toda aquella extensión de luz, toda aquella mañana luminosa y fresca, invadida de sol.

Alguien se vistió apresuradamente y bajó los escalones para llegar el primero a la acera, para estrenar la ciudad, para poner en marcha las piernas entumecidas. Llegó al portal y decidió salir hacia la derecha, podría, igualmente, haber caminado hacia la izquierda, esquivando el gran árbol que llenaba el alcorque sobrepasado, pero decidió ir hacia la derecha, hacia la verdura conocida en la que se respiraba mejor, en la que podría sentarse bajo el sol y dejarse acariciar sin prisa, sólo aún en la ciudad.

Llevaba un paso ágil, casi rápido, como si la sola idea del jardín le apresurase. Sorteó los vehículos estacionados, atravesó la calzada y se perdió entre los altos edificios que imponían la sombra sobre las aceras. Había en su interior una energía nueva, eufórica, que le impulsaba a seguir caminando como si sólo con el movimiento de su cuerpo pudiese cambiarlo todo, renovarlo todo.

Alguien se detuvo confuso en un punto de la acera, se puso de puntillas en el borde de una empalizada que limitaba el trabajo de una gran zanja en la que se estaba construyendo un nuevo monstruo de cemento del que pudo ver sus raíces de hormigón clavándose en la tierra escasa. Allí también reinaba el silencio. La grúa pendulaba, solitaria, sobre la ruina en crecimiento. Una hormigonera silenciosa dormitaba en un rincón, cóncava y oscura, como un agujero negro. Sobre su piel rayada se apoyaban varias palas, como ramas de una planta sin hojas.

Retrocedió. Sobre la valla había un gran rótulo en el que se indicaba que se estaba edificando la unidad habitacional K-314 que alojaría a un total de doscientas dieciséis personas. Alguien suspiró contrariado, contempló la anchura del proyecto que se presentaba como un moderno condominio de aberturas irregulares, sin balcones, sin plantas, sin intimidad y se sintió abatido. Hasta hacía pocas semanas allí había habido un pequeño parque, algo salvaje, en el que le gustaba refugiarse para sentir el rápido movimiento de los pájaros en las ramas de los árboles, y el tránsito amortiguado de los coches que recorrían las calles circundantes. Ya apenas quedaban jardines, y los pocos que había estaban conectados con líneas férreas que los habían transformado en parques temáticos abarrotado de personas que esperaban durante meses su oportunidad para visitarlos. Desde allí tendría que caminar algo más de una hora para poder llegar hasta el siguiente espacio verde sin control, una estrecha franja de terreno que había quedado encajada entre cuatro grandes estructuras de viviendas, a la que apenas llegaba la luz del sol.

Se sintió deprimido, sólo le quedaba el oasis de la azotea de su edificio en el que los vecinos, como otros tantos, habían instalado, trabajosamente, un huerto del que obtenían los alimentos necesarios para la comunidad, porque el crecimiento demográfico incontrolado había ido devorando progresivamente el terreno disponible y ya no quedaban granjas ni huertas como las que había conocido siendo niño.

Deshizo el camino andado y comenzó a ver cómo se abrían algunas ventanas, estrechas, como los interiores de las habitaciones, de las que salían rostros pálidos y macilentos. Aquí y allá se vislumbraba la estructura compacta de los salones dormitorios, los nichos adaptables plegados en las paredes que se activaban mecánicamente con una sola orden verbal. Sin duda había sido una gran solución técnica para aliviar la falta de espacio del planeta, pero para lograr que su aplicación fuese lo más sostenible posible, los ciudadanos habían tenido que prescindir de todas las cosas superfluas a las que se apegaban sin sentido: los libros, los discos, los álbumes de fotos, los cuadros o las fotografías que habían sido integradas en unidades inteligentes  capaces de almacenar millones de gigas de información personalizada. De esa manera cualquiera podía poseer una obra de arte o un magnífico paisaje flotando en las paredes. Se había democratizado la cultura, habían dicho categóricamente los directores internacionales, ahora todos podían ser realmente iguales, poseer las mismas cosas, tener las mismas escasas oportunidades.

Caminó un poco más, con esa pereza pegajosa que provoca la tristeza. Cuando llegase a su vivienda programaría el lector y escucharía alguna vieja historia de esas en las que los hombres se levantaban en armas y conquistaban el mundo, una de esas absurdas epopeyas que le hacían sentirse mejor, más libre y que repetidamente le había desaconsejado su ciberterapeuta.

Se acercó al acceso principal.

- Ciudadano Alguien – repitió la voz humanizada – desplazamiento exterior no programado número 357/33. Contacte con su supervisor. Gracias.

La puerta se abrió. Subió las escaleras, accionó el pulsador digitalizado de su vivienda y entró en el cubículo estrecho y alargado. Dio algunas órdenes en voz baja y se sentó en un sillón acolchado. Sobre la pared de enfrente se proyectó un paisaje verde y soleado y desde el fondo de unos altavoces invisible comenzó a escuchar una voz cadenciosa y masculina que leía pausadamente:

- “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho…”


Activó la lámpara solar que estimulaba un bienestar instantáneo y cerró los ojos, dejándose llevar por las palabras hasta ese mundo viejo e inhumano que tanto le había fascinado desde que lo descubriera, siendo un niño, en la casa de su abuelo. Se concentró un segundo y pudo sentir de nuevo el tacto de las tapas de cuero, el olor de las páginas apergaminadas y las ilustraciones a plumilla que reproducían, cada cierto tiempo, las escenas imposibles de esa historia sin sentido.

Paloma Ulloa