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martes, 6 de enero de 2015

La carta


Fotógrafo desconocido 

Es bien sabido que los hombres importantes no creen en los Reyes Magos, no se lo pueden permitir porque las decisiones que toman a diario ponen al descubierto las debilidades más mezquinas del ser humano.

Luis Artero era uno de esos hombres perdidos en la rápida sucesión de momentos y decisiones que, acorazado detrás de su traje bien cortado, creía controlar el mundo desde la atalaya de su despacho del piso treinta de un rascacielos con ambiciones neoyorquinas. A menudo extendía la mirada sobe la chata ciudad castellana y se sentía poderoso, ajeno a la suciedad de la existencia corriente, a los embotellamientos matutinos, al olor asfixiante de las cañerías del metro, a la aprensión de la pobreza.

Tal vez por todo eso, aquella noche, víspera de Reyes, se metió en su amplia cama sólo, como de costumbre, después de haber degustado manjares inconcebibles en su restaurante favorito y de haber disfrutado de un masaje a domicilio que le había hecho reconciliarse con todos los músculos tensionados de su cuerpo; vio durante una media hora una cadena de televisión de pago y apagó la luz con la tranquilidad de haber consumido limpia y satisfactoriamente, otro día de su bien construida existencia.

El sueño le llegó, como siempre, recubierto de una aterciopelada oscuridad en la que raras veces se colaban las imágenes o las pesadillas. Durmió sin sobresaltos hasta las tres de la madrugada, cuando un recuerdo se le coló inesperadamente, el eco de un nombre en el que hacía mucho tiempo que no había vuelto a pensar: Álvaro.

Seguramente habría olvidado rápidamente ese pequeño incidente si tras el nombre no hubiera surgido la figura residual de una criatura llorosa y sucia, recién parida, que pendía boca abajo de las manos nudosas de un médico que le daba la enhorabuena. Una oleada molesta surgió de sus ojos empapándole las mejillas. Entre sueños intentó contener esa efusión insana, revolviéndose en las sábanas.

Se esforzó por reprimir de nuevo el recuerdo. Estaba furioso. Había logrado sobrevivir al abandono de su hijo, había logrado construirse una muralla libre de la contaminante y molesta degeneración de las emociones y se sentía traicionado por esa debilidad. Algo más tarde llegó la tranquilizadora oscuridad y el silencio. Distendió su cuerpo de nuevo y se dejó acariciar por la nada.

“Noche de Reyes” oyó en alguna caverna invisible de su cerebro, y volvió a tensarse, apretando fuertemente los párpados para no dejar que el pasado pudiesen entrar de nuevo en él.

Su hijo se había marchado sin dejarle una nota, ni una dirección, ni un mensaje. Había dado un portazo después una desgarradora discusión sin sentido y nunca más había vuelto a tener noticias suyas. Es verdad que tampoco intentó localizarle, que no investigó, que se protegió en su orgullo, engrosando el caparazón de su indiferencia con olvido, con trabajo y con lujosos caprichos que le iban aislando cada vez más de la vida.

“Deberías haber pedido un deseo, hoy es la noche de Reyes.” Escuchó la voz de su mujer susurrándole al oído, como hacía habitualmente cuando su hijo dormía en la pequeña habitación contigua y charlaban en voz baja para no despertarle.

“No,” gritó furioso, empapado en sudor “tú estás muerta, tú fuiste la primera en abandonarme, me dejaste sólo con aquella criatura balbuceante de la que no sabía apenas nada y después, después creció y me odió y me dejó, como tú”.

“Hazlo, deséalo, sólo tienes que pensar un segundo en ello y se cumplirá”. Oyó de nuevo en su interior.

“Todo esto es absurdo” se dijo “Los Reyes Magos no existen, las personas no cambian, los deseos sólo se cumplen cuando se trabaja sin descanso y se dejan los sentimentalismos a un lado.

“¡Quiero despertar, quiero despertar!” Gritó mientras se sentaba violentamente en la cama, apenas consciente. Jadeó durante unos segundos. La habitación en penumbra, extremadamente austera, por un momento le pareció desconocida. Las primera luces del amanecer comenzaban a pintar con tonos malvas y grises el lejano horizonte que se colaba por la ventana.

Encendió la luz y se puso en pié. Caminó hacia el cuarto de baño, se dio una ducha para arrancarse el sudor de la piel. Detestaba la humedad maloliente del cuerpo transpirado. El agua corrió por su pecho enjuto y relajó sus músculos de nuevo. Era gratificante regresar a la calma ordenada de la vida real. Se secó y se cubrió un albornoz antes de salir.

El sol ya despuntaba abiertamente. El explosivo amanecer entró depositando los primeros rayos sobre el mostrador de la cocina en el que había dejado la correspondencia la noche anterior. Preparó café, se sentó en el taburete y barajó las cartas con el consabido aburrimiento de lo obvio: extractos bancarios, promociones comerciales enmascaradas de cartas empresariales y dos informes de la compañía de detectives con la que colaboraba habitualmente su firma. “Nada extraordinario” estaba pensando, cuando un sobre algo más pequeño, asomó de entre los otros.

Se detuvo un instante antes de extender la mano. Sintió un estremecimiento. No sería la primera vez que recibía anónimos o amenazas como consecuencia de sus arriesgadas operaciones financieras que ponían en situaciones extremas a otras compañías. Pero él no era un hombre que se lamentase o que se dejase doblegar por el miedo, así que apartó el resto de los documentos y se enfrentó a la carta con firmeza.

El remite estaba escrito a mano, con una letra clara, lejanamente familiar. Se entretuvo en observar el sello. Hacía mucho tiempo que no recibía una carta como las de antes, con un sello y no con un timbre informatizado de una central de reparto. Se interesó por el remitente y tuvo la impresión de que se le detenía el pulso:

Mr. Álvaro Artero
Columbia Heights 117
Brooklyn, NY 11201
USA

“Álvaro Artero,” repitió como un autómata, “mi hijo”.

Le temblaron las manos. Por un momento estuvo a punto de romper el sobre en pequeños pedazos, olvidarse de haberlo visto, cerrar definitivamente ese doloroso episodio de su vida, su único fracaso, y seguir adelante, pero le pudo la curiosidad y quizá también el orgullo. En unas décimas de segundo imaginó que su hijo le pedía disculpas, que se arrodillaba ante su magnánima bondad solicitando ser admitido de nuevo en su vida, que podría imponerse a él y dominarle como siempre había deseado y entonces, rasgó el sobre dispuesto a destripar su contenido.

Notó el papel de carta, meticulosamente doblado en cuatro, tiró de él y se dispuso a leer, pero al sacarlo algo se deslizó y cayó sobre el mostrador suavemente. Era una fotografía. En ella la mirada limpia de un bebé de unos nueve meses le sonreía desde un lugar muy remoto, con los brazos alzados, como si le pidiese un abrazo. Se quedó paralizado por la sorpresa. ¿Quién podría ser ese ser que se alegraba mirando a su observador desconocido? Y sobre todo, qué esperaba de él.

Él nunca lo admitiría, pero desdobló la carta con cierta ansiedad, tal vez hasta con algo de esperanza y comenzó a leer atropelladamente. Le costaba comprender la letra y también el mensaje, a veces releía una frase como si, pasando de nuevo sobre ella, pudiese descubrir un mensaje cifrado, algo oculto que no era capaz de captar a primera vista.

“Padre:

Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos y me ha costado encontrar tu nuevo domicilio, por él comprendo que te han ido muy bien las cosas y eso me alegra. Te preguntarás, con razón, por qué te envío una carta en vez de mandarte un correo electrónico que habría sido más aséptico y, desde luego, más rápido y efectivo, pero lo que quiero decirte me parece que, a través de una pantalla, no sería tan cálido y personal como diciéndotelo sobre un papel escrito a mano.

Como podrás comprobar, cuando nos separamos, cambié radicalmente el rumbo de mi vida y me encaminé hacia los Estados Unidos donde he logrado tener más de lo que jamás pude imaginar, pero sobre todo, donde encontré a una persona maravillosa con la que he construido lo más maravilloso que se puede crear: vida. Hace apenas unos meses tuvimos nuestro primer hijo, Jorge, del que te envío una fotografía. Él, seguramente, ha sido el responsable de que te escriba esta carta porque, desde que está junto a mí he comprendido lo difícil que debió ser para ti criarme sólo y lo traicionado que debiste sentirte cuando me maché de aquella manera, sin dejar rastro, abandonándote en tu torre de marfil.

Seguramente pensarás que esta carta te llega demasiado tarde pero, aún así, quiero pedirte disculpas por lo que hice y por lo que no hice, por enfrentarme a ti y por no volver a ponerme en contacto contigo durante demasiado tiempo.

Deseo sinceramente que aún estemos a tiempo de reconciliarnos y que vengas pronto a visitar a tu nieto, el hijo de tu hijo, lo antes posible.

Espero con ansiedad y con esperanza tu contestación.

Te abraza,

Álvaro”

Las lágrimas rodaron por sus secas mejillas como dos lenguas de lava, devorándole, calándole hasta el alma. Sentía en la garganta una consistencia nudosa que le abrasaba y que iba derritiéndole lentamente, deshaciendo sus defensas, cerrando sus abismos.


Dejó caer la carta y tomó de nuevo la fotografía en sus manos. Aquella criatura se parecía a su hijo cuando tenía la misma edad: el mismo brillo limpio en la mirada, la alegría generosa en la sonrisa, el cabello ensortijado y luminoso. Casi sin darse cuenta pasó su dedo índice por la mejilla satinada de la imagen y murmuró con una sonrisa en los labios: “Así que es verdad que existen los Reyes Magos…”

Paloma Ulloa

domingo, 4 de enero de 2015

Fotografía: La alquimia del siglo XIX


José Magano en colaboración con Andrés López

No, esta no es una imagen tomada de un estudio remoto de Kyoto a finales del XIX, sino que se trata del último proyecto del laborista y mago de los químicos José Magano que, en colaboración con Andrés López, está rescatando de las garras del tiempo la sorprendente alquimia de la primera fotografía analógica: la que pintaba con luz sobre las placas de cristal, la que se revelaba, ante la sorpresa desacostumbrada de los ciudadanos, en la oscuridad de una habitación misteriosa en la que hombres anónimos y pálidos desarrollaban una nueva tecnología sin precedentes que cambiaría el mundo.

Es maravilloso que en la era digital, sigan existiendo artesanos capaces de hacernos soñar con un mundo perdido, con los colores y las formas de una época en la que se hacían obras maestras con muy poco.


jueves, 1 de enero de 2015

Lectura recomendada: "El miedo"



Ahora que se acaba de cumplir el centenario del inicio de la primera Guerra Mundial, leer "El Miedo" de Gabriel Chevallier, es una experiencia impactante, ajena al heroísmo y a la pátina ensoñadora de la historia bélica.

En esta novela, el autor nos lleva hasta las sucias trincheras, húmedas, infestadas de parásitos y de miedo, nos permite escuchar la conciencia de la vileza humana, la cobardía, la incomprensión, el embrutecimiento de las tropas sometidas a la sinrazón y al pánico, que las obliga a reaccionar sin pensar, contra un enemigo al que ni odian ni conocen, un enemigo anónimo que se aglutina al otro lado de un valle o de una llanura, esperando, respirando y temiendo exactamente igual que nuestro protagonista.

Leerla es, sin duda, un viaje hacia el horror y hacia un pasado que, a pesar de los cien años transcurridos, no parece tan remoto.

Feliz 2015


Autor desconocido

Como  siempre escribiremos largas listas de propósitos para el año nuevo, confiaremos en que las cosas que no dependen de nosotros, mejoren; contemplaremos el camino desconocido de los días que se presentan ante nosotros como una oportunidad que seremos capaces de aprovechar hasta sus últimas consecuencias pero, tal vez, cuando se acerque el primer día laborable, nuestras fuerzas flaqueen y nuestros propósitos se encojan lentamente como un balón pinchado.

Por eso, quiero deseados a todos que cada día recordéis la ilusión con la que nos hemos enfrentado a este primero de enero y que busquéis y encontréis en vuestro interior la ilusión y la fuerza para alcanzar vuestros sueños; que ningún traspiés os haga perder el aliento y que nadie, con sus críticas o con su desinterés, frene vuestro impulso, porque aún no sabéis de lo que sois capaces y sólo vosotros mismo podréis llevaros hasta vuestro destino.

Paloma Ulloa

viernes, 26 de diciembre de 2014

La causa



© Satoki Nagata 

Había estado lloviznando toda la tarde. Los anchos grumos de nieve y hielo comenzaban a deshacerse lentamente. Marcelo y Juan se alejaban por la acera lúcida, encogidos dentro de sus largos abrigos negros.

Ya no quedaba nada por hacer, la célula permanecería dormida aún durante unas horas, cobijada en aquella pequeña casa anónima del centro de la ciudad. Ya habíamos recibido las últimas instrucciones y no debíamos volver a conectar con la organización hasta que el trabajo hubiera finalizado. Miré de nuevo a través de la ventana. Hubiera preferido marcharme con ellos en vez de hacer guardia porque el silencio me obligaba a pensar y me inquietaba.

Paseé por la casa vacía. Las habitaciones en penumbra parecían contener una calma hostil, los relojes pautaban un tiempo denso y sofocante que me enloquecía. Me refugié en el dormitorio y me tendí sobre la cama, pero mi cabeza no paraba de trabajar a un ritmo frenético: “Ahora estarán llegando al centro”. “Ahora habrán colocado el temporizador”. “Ahora estarán en la estación, recogiendo los equipos”.

Me revolví sobre la colcha. Me sudaban las manos. Intenté recordar todo lo que había memorizado: planos, direcciones, instrucciones precisas, pero los números y las calles se enredaban en mi mente en una fiesta de confusión estremecedora. Una gran presión se apoderó de mi pecho. No me entraba aire en los pulmones que comenzaron a quemarme como cuando me instruía en el desierto y sentía el viento denso que me abrasaba azotándome la cara.

Me senté en la cama: aún estaba a tiempo de remediarlo, solicitaría la baja inmediata; podrían designar un sustituto que manejase los artefactos con más soltura que yo, alguien con sangre fría al que no le temblaran las manos, que no pusiera en duda los motivos ni los métodos de la causa.

Salí al pasillo, el sudor bañaba mis sienes. Un calambre encogió mi estómago obligándome a doblarme sobre mí misma y tuve que hacer un gran esfuerzo para arrastrarme hasta el teléfono.

El tono de la línea sonó pesadamente. Me pareció que tardaban una eternidad en contestar pero finalmente oí una voz masculina, muy pausada, al otro lado. Recuerdo que hablé atropelladamente. Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras suplicaba que me relevaran del servicio alegando enfermedad e incluso incompetencia y cuando terminé, temí que la línea hubiera sufrido algún corte porque no se oía nada.

- ¿Me oye? – grité al auricular.

- Sí, – me respondieron - lo he oído todo.

- Entonces comprenderá que tienen que relevarme inmediatamente. No seré capaz de hacerlo, pondré en riesgo la misión y a mis compañeros. – Hablaba tan deprisa que apenas tenía tiempo de respirar.

- No. – La voz, serena pero implacable, se detuvo justo detrás del monosílabo.

- No. – Repetí sin aliento.

- No habrá un sustituto, no te relevaremos. Tú te has comprometido con esta misión y tú la llevarás  a cabo. –Se detuvo un instante como esperando que las palabras calaran en mí - No tengas dudas, has sido entrenada duramente, te hemos obligado a hacer cosas inimaginables, te hemos llevado al límite de tus fuerzas, puedes estar segura de que, cuando llegue el momento, harás un gran servicio a la causa”.

- La causa. – Repetí como una autómata - Pero yo…

- No hay marcha atrás. - Sentenció la voz - Nadie puede abandonar.

Inmediatamente después se cortó la comunicación y me quedé con el auricular pegado al oído sintiendo el titubeo de la línea. Las piernas no me sostenían, me sentía agotada.

“No tengo elección” pensé, “tendré que seguir adelante pase lo que pase”. Volví a tumbarme. Me temblaban las piernas y me pesaban los párpados, terrosos. Poco después estaba profundamente dormida pero, en algún momento, mientras caía en el sueño, deseé no volver despertar jamás.

Me sobresalté cuando se abrió la puerta de la calle y sentí las voces claras de Marcelo y de Juan que se sacudían el frío de los abrigos y dejaban sus pesados fardos en el corredor. Una resignación gomosa me ayudó a levantarme para salir a su encuentro.

- Ya está todo preparado - sentenció Marcelo.

- Está bien - Respondí.

Se sentaron a la mesa de la cocina y se dispusieron a cenar, pero yo no quise acompañarlos. Con la excusa de que prefería prepararme concienzudamente antes de comenzar, tomé mi ropa de trabajo y me encerré en el cuarto de baño. Desde allí oía su conversación queda. Parecían tranquilos, hablaban como se hace en una noche cualquiera. Tintineaban los vasos y los cubiertos, se hacían pequeñas pausas entre las palabras, como si nada de lo que sucedería en unas horas tuviese importancia, como si miles de ojos expectantes, palpitantes en la oscuridad, no estuvieran pendientes del  éxito de nuestra misión.

Sentí náuseas, me incliné sobre el retrete y vomité sacudiéndome como un muñeco. Un sudor frío me cubrió todo el cuerpo. Cuando por fin logré serenarme, me incorporé con dificultad, me lavé la cara, me vestí lentamente y me peiné mirándome fijamente en el espejo queriendo penetrar a través de mis pupilas hasta ese lugar en el que habitaba la voluntad testaruda que me había empujado hasta esa noche.

- Está bien, – me dije mientras me pasaba las manos por la cara para arrancarme la angustia - ¡vamos!

Salí al pasillo, llamé a los muchachos y, tomando los  voluminosos fardos, salimos a la noche.

Un viento frío recorría la calle. Había dejado de llover y ahora se estaban formando unos finos cristales de hielo sobre el asfalto.

- Caminad con cuidado, no conviene tener incidentes que nos puedan delatar. - Dije con un aplomo que no logré reconocer como mío.

Avanzamos hasta alcanzar la plaza mayor, activamos el temporizador y sincronizamos los relojes.

- Si todo sale bien nos encontraremos en este mismo lugar un minuto antes del amanecer, si no… - dudé sobre cuáles serían las instrucciones que debía darles en caso de fracaso, pero preferí dejar la frase suspenso - ¡Buena suerte!

Nos dispersamos. Todos habíamos memorizado nuestros objetivos, la organización era extremadamente inflexible en ese punto: no podíamos usar ningún instrumento electrónico que fuese rastreable, ni documentos de identidad, ni cuadernos o notas. Debíamos continuar siendo células invisibles hasta el final.

Me acerqué al primer objetivo, saqué una ganzúa y forcé la entrada. Me deslicé suavemente, con movimientos rápidos y silenciosos y me encontré en un recibidor minado de zapatos, abrigos y juguetes. Sorteé los obstáculos sin hacer ruido. Tenía la boca seca y me temblaba el corazón en el pecho como un pájaro enjaulado.

Me detuve un segundo para adaptarme a los rumores de la casa y para cerciorarme de que nadie me había visto entrar. Consulté mi reloj, comprobé de nuevo que no había una alarma conectada y me dirigí de puntillas hasta la siguiente habitación.

Abrí mi bolsa y saqué los artefactos que debía depositar en el lugar convenido. Inmediatamente, con la ligereza de haber logrado superar con éxito la primera etapa, me deslicé en la oscuridad hasta alcanzar la salida.

Estaba pletórica, había recuperado el dominio sobre mí misma. Y con paso firme me dirigí hasta mi siguiente objetivo. Me deslicé en el patio de una gran casa de vecinos. Allí tendría que franquear varios accesos. Recordé el ruta que había memorizado y me dirigí hacia una puerta lateral, pero inesperadamente se encendieron las luces y alguien salió a tirar la basura.

Oculta en las sombras contuve la respiración y esperé. El desconocido se entretuvo una eternidad fumando un cigarrillo. Daba la impresión de hacerlo a escondidas porque cuando terminó se introdujo un chicle en la boca y olfateó sus manos y su camisa.

Finalmente se perdió en la claridad del portal y yo esperé a que la oscuridad volviera a protegerme. Ascendí por las escaleras muy lentamente, deteniéndome cada poco tiempo para cerciorarme del silencio. Cuando alcancé la primera puerta me pegué a ella y escuché. Allí vivía uno de los objetivos preferentes, había que ser especialmente escrupuloso al depositar el artefacto, debía ser una entrega rápida y sigilosa, una buena parte de la misión dependía de ello, pero superé el momento sin dificultad y me lancé a la carrera a completar el recorrido.

La noche pasó anormalmente rápido. Cuando terminé comprobé mi reloj, debía dirigirme al punto de encuentro, pero estaba sensiblemente alejada y sólo faltaban diez minutos para que comenzase a amanecer. Pronto estallarían los gritos, los nervios, la confusión, pero para entonces nosotros deberíamos haber desaparecido sin dejar rastro.

Corrí con todas mis fuerzas. Ya no llevaba peso en la bolsa y eso me permitió ser más ágil. Me crucé con unas sombras esquivas y me oculté en los soportales, pero cuando apenas me faltaban unos metros para alcanzar mi meta, comprobé que uno de los desconocidos era Juan, que se dirigía ágilmente hacia el punto de encuentro y el otra, más alto y desgarbado, era Marcelo, que arrastraba su bolsa como si fuese un niño disgustado.

Nos abrazamos insensatamente en mitad del silencio roto del amanecer, mirándonos con los ojos brillantes de excitación y de cansancio.

- Misión cumplida – susurró Marcelo.

- Sí, misión cumplida – repetí exultante mientras los empujaba para alejarlos de la  primera claridad del día que ya corría a nuestro encuentro.

Antes de penetrar en la sala de espera de la estación donde desapareceríamos para siempre, nos detuvimos un instante a ver el amanecer que se alzaba a nuestra espalda, furioso por no haber logrado atraparnos y Juan, con un sollozo ahogado, dijo entre dientes:

– ¡Lo logramos! ¡Ahora tendrán lo que se han merecido!


Nos dimos la vuelta y encaramos el portal de los talleres por donde accederíamos a las cloacas. Pero a lo lejos ya se sentía el rumor de la mañana y los primeros niños se despertaban, excitados y asustados, dispuestos a desgarrar los coloridos papeles que envolvían sus artefactos a pilas, sus muñecas, sus trenes eléctricos, los deseos que habíamos logrado entregarles sin que nadie, absolutamente nadie, pudiera interceptarnos. El secreto de la Navidad regresaba intacto a la Central y pequeños y mayores podrían seguir soñando porque la magia continuaría viva en algún lugar maravilloso, en una tierra ignota, donde miles de seres anónimos la hacemos posible cada año.

Paloma Ulloa

viernes, 21 de noviembre de 2014

Un poema de otoño de Carlos Murciano


"Está noviembre alzando
su castillo de arena. Está la tarde
abierta y leve, como el ala sola
de algún pájaro solo. Están los árboles
revestidos del cobre de la muerte.
Está creciendo el mundo de nadie".
Fragmento de "Los asombros" de Carlos  Murciano

lunes, 22 de septiembre de 2014

Si no era estrictamente necesario


Imagen tomada de "Recambing.es"

Madrid se despertaba con un tráfico resignado de comienzos del otoño. Llovía dulcemente sobre las aceras sucias y las chaquetas comenzaban a ocultar la piel aún morena que tiritaba con la caricia del viento. 

Sandra conducía pesadamente su pequeño vehículo. Tenía muchos nuevos propósitos para el nuevo curso: regresar al gimnasio, leer más, intentar ver más a sus amigos, apagar la televisión cuando ya no le gustasen los programas y gastar su dinero con mayor rigor, pensando dos veces antes de usar la tarjeta de crédito. 

El semáforo perezoso se había vuelto a ruborizar. Miró a través del retrovisor al vehículo de atrás: alguien se maquillaba con gestos nerviosos; lápiz de ojos, colorete y un toque carmesí para los labios. Lo había visto hacer muchas veces, pero hoy, que regresaba de las vacaciones, aquel esfuerzo compulsivo le pareció un tanto angustioso. 

En el utilitario de su derecha una mujer gesticulaba desesperadamente regañando a sus hijos que acaban de comenzar una nueva batalla. La falta de sonido y la incomprensión de la escena la dejaron boquiabierta y tuvo la sensación de que el tiempo y la vida corrían en contra de todos, sin que nadie pudiera darse cuenta.

Miró hacia el coche detenido a su izquierda: un hombre vestido de traje movia los labios y las manos, concentrado en una conversación muda. Le llegaba muy amortiguado el eco del discurso que se derramaba desde el altavoz del teléfono suspendido en el salpicadero, envuelto por el humo rizado de un cigarrillo que se consumía lentamente sobre el cenicero entreabierto.

Sandra se miró entonces en el retrovisor y se preguntó si los demás la verían a ella  tan desesperada e infeliz, esforzándose por ganar más dinero para gastarlo más rápidamente en intentar olvidar lo vacía que en ese momento le pareció su existencia. “Once meses” pensó “once meses y un día de condena para poder sentirme libre otra vez”. Suspiró profundamente. 

Todos corrían a su alrededor: unos se apresuraban para alcanzar el autobús que se aproximaba a la parada, otros debían dejar a los niños a tiempo en la escuela, para encontrar un aparcamiento antes de la hora punta, algunos arañaban unos minutos para poder salir algo más pronto el viernes o para poder tomar un café en el bar antes de comenzar la jornada; en definitiva, todos empujaban el tiempo sin darse cuenta de que de esa manera la vida se consumiría mucho antes.

El semáforo parpadeó y finalmente se encendió la luz verde. Sandra arrancó y avanzó lentamente, impelida por la impaciencia del resto de los conductores que, como ovejas de un rebaño, no permitían que ningún animal se alejase de su destino. Pero ¿quién era el pastor que guiaba ese rebaño? Se preguntó inesperadamente en mitad de aquel lunes de septiembre en el que se enfrentaba al regreso a la rutina. 

Algunos creerían que el pastor es Dios, pensó, otros pensarían que es el destino o la providencia y muchos, incluso, estarían convencidos de que el pastor eran ellos mismos que, camuflados en el interior de la manada, manejaban los hilos del grupo. Pero quién sería realmente el guía, insistió mientras dirigía la vista hacia los demás vehículos que volvían a detenerse. Sandra no lograba contestar a su pregunta y eso le hizo pensar que tal vez se estaba obsesionando. Era un tanto excéntrico imaginar que existiese un titiritero que los dominase a todos, pero sobre todo era demasiado doloroso aceptar con resignación la impotencia de saberse esclavizado. 

Respiró profundamente como si desease sacar de sí todas aquellas ideas nefastas que estaban llenándola justo antes de comenzar su primera jornada. Si se sentía negativa atraería la negatividad de su entorno, era mejor que dejase atrás aquellas ideas turbias que comenzaban a angustiarla, así que, como hacía casi siempre, encendió la radio, de ese modo neutralizaría sus pensamientos y podría volver a ser feliz. 

Las voces amigas le devolvieron la calma. Bastaría con dejarse arrastrar por el oleaje y todo volvería a la normalidad. Alguien se reía a través de la emisora y bromeaba con la fastidiosa vuelta al trabajo y con las recompensas del retorno a casa aquella misma tarde, y Sandra se consoló creyéndolo mientras recordaba sus nuevos propósitos: trabajaría con más ahínco, se ganaría un ascenso, cambiaría las cortinas de su dormitorio para que pareciese más moderno, se compraría esa gabardina que tanto le había gustado, haría una escapada de fin de semana a un spa que le quitase la ansiedad, quedaría a cenar con su amiga A o con su amiga X, y se descargaría gratuitamente una de esas películas que estaban en cartel, para ahorrarse el dinero de la entrada.

Todo volvía a colocarse en su sitio. El riesgo de ansiedad había sido superado, ya podía regresar a la rutina sin miedo a perderse para siempre.


Los coches avanzaron unos metros más antes de volver a detenerse. Alguien eligió en algún lugar la sinfonía sincopada de las señales luminosas, el ritmo de la circulación humana, la desesperación contenida de algunos, la riqueza indecente de otros, el delirio de casi todos. Alguien, quién sabe si brillante o mediocre, repartió instrucciones y coordinó medidas extraordinarias para la ciudadanía cansada, mientras Sandra y otras muchas Sandras y Gonzalos y Robertos y Susanas, se resignaban dócilmente para no sufrir, si no era estrictamente necesario.