domingo, 28 de octubre de 2018

Diario para el olvido. Día 52

7 de octubre de 2018

Me cuesta respirar. El corazón corre desacompasadamente y me duele el estómago. Me siento bajo el sol templado. Es tan hermoso. Juguetea entre las hojas del parque. Los niños corren y gritan entusiasmados, ignorantes de la mentira global en la que están inmersos. Me apena su ingenuidad perfecta, el nido de embustes con los que sumergimos desde que nacen, la imperfecta seguridad en la que creen vivir. Es tanto el esfuerzo de los adultos por mentirles, desde la descabellada locura de la Navidad, con todas sus perversas contradicciones, hasta la sacrosanta patraña de que podrán lograr todo aquello que se propongan si se esfuerzan lo suficiente. Nadie quiere contarles que por mejores que sean siempre habrá mediocres mejor situados que les robarán el pan y la autoestima. Siempre llegará un poderoso imbécil que les obligará a doblegarse. Siempre existirá un interés más lucrativo que les desplazará a la última fila de atrás para hacerse hueco. Y ¿cómo podríamos salvarles de ese dolor indecente? ¿Cómo podría crearse una sociedad objetivamente más justa si ninguno de nosotros estamos dispuestos a deshacernos de nuestro pequeño privilegio, si nadie permitirá que el hijo de otro, más capaz, más inteligente, más trabajador, desplace al suyo?
Intento respirar lentamente, a sorbos. Intento sobrevivir unas horas más, unos días más bajo este otoño primaveral que invita al paseo y a la observación. Parece tan incongruente, tan improbable que todo esto desaparezca para siempre, o mejor dicho, que yo deje de poder contemplarlo para siempre, que yo deje de existir... y sin embargo esa es la única regla inmutable de la vida, la única cláusula inviolable del contrato que nos permite ser, entender, pensar y sentir.


G. M.

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