miércoles, 19 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 42

16 de septiembre de 2018

¿Por qué? No suele haber respuestas sencillas a esta pregunta. Miro desde mi atalaya las vidas grandes y pequeñas, ambiciosas y conformitas, egoístas o generosas que parecen transitar el camino sin ver los cruces que podrían llevarlos a otros sitios. Ella lee cada noche en un soliloquio que parece hecho para mí. La pareja del piso de arriba degusta los placeres del principio derrochando caricias. Los padres del primero, sobrepasados por el cansancio y la responsabilidad, arrastran los pies como fantasmas entre tomas de biberones y cólicos de lactante. La anciana del principal parlotea animadamente con la asistenta mientras la va persiguiendo por la casa huérfana de conversaciones y de cariño.
 
¿Por qué? Esa es la pregunta. Por qué hacemos lo que hacemos y no intentamos hacer otras cosas. Por qué buscamos nuestro nicho, nuestro rincón confortable, aunque sea triste, solitario o aburrido, aunque no nos satisfaga ni nos haga sentirnos vivos, y nos quedamos en él, y no rompemos los muros y miramos lo que hay más allá. Por qué el hombre se convierte en una mascota en vez de en un ser rebelde a la altura de sus capacidades. Por qué la gente acepta que todo lo que les rodea es como debe ser y no puede ser cambiado. Por qué hemos admitido que éste mundo es el mejor posible. Por qué cada mañana se encienden las mismas luces en las ventanas. en la misma sucesión, y que me miran desde el otro extremo de la calle, a la misma hora,  repiten las mismas rutinas de autómata, escuchan la misma cadena de noticias, se duchan con el agua a la temperatura acostumbrada y degluten el mismo desayuno. Por qué es tan difícil cambiar, por qué es tan fácil resignarse, como yo, a una vida prescindible.
 
¿Por qué? Podría encadenar un sinfín de preguntas partiendo de esta premisa. Podría plantearme, por ejemplo, por qué el hombre se ha perdido cuando perdió a los dioses que le constreñían y le dominaban. Por qué en un mundo en el que se puede ser igual, en el que las leyes protegen esa igualdad, cada día somos más distintos. Por qué en vez de encontrar los puntos de conexión con aquellos que nos rodean buscamos, instintivamente, las fricciones que nos enfrenta: hombres/mujeres; occidente/oriente; derecha/izquierda; blanco/otros; mío/tuyo; y así hasta que todas las posibles contraposiciones pudiesen exponerse en un continuo casi infinito de posibilidades. Por qué no somos capaces de mirarnos a los ojos y de comprender la duda o la razón en el otro. Por qué todos creemos que lo que nosotros elegimos o heredamos es, indiscutiblemente, lo mejor.
 
¿Por qué?

G.M.

martes, 18 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 41

14 de septiembre de 2018

Los seres humanos somos máquinas imperfectas: cagamos, meamos, sudamos, eructamos, follamos, lloramos, parimos, producimos mucosidades y fluidos, almacenamos basura, contaminamos, destruimos y combatimos por placer, competimos por minucias, nos matamos por ideas y creencias insensatas, nos masturbamos pensando en fantasmas de ceros y unos, y deseamos con pasión cualquier cosa que nos parezca inalcanzable.

Si, somos bestias imperfectas capaces de razonar, aunque no siempre; capaces de creer en dios, aunque no todos, capaces de amar, sobre todo a nosotros mismos, capaces de fingir interés, ternura, placer, comprensión, solidaridad, austeridad u opulencia, sencillez o sofisticación, indefensión o invencibilidad.

Somos máquinas de orgullo y complejos; concatenación de anécdotas y vacío; territorios baldíos que se perderán con el mismo silencio anónimo con que llegamos, sin dejar siquiera el más mínimo rastro a nuestra espalda y, en cambio, vivimos de espaldas a esta gran verdad. Consumismo nuestros días como si fuésemos inmortales. Las personas hermosas creen en la belleza eterna, los ricos piensan que a ellos nunca les afectará la enfermedad ni la miseria, los inteligentes desprecian a los tontos que con su trabajo y constancia podrán un día adelantarlos. Los mediocres ejecutan a los capaces para poder reinar en sus pequeños territorios. Los enfermos aborrecen a los sanos y les desean los males del dolor y del infierno. Somos seres despreciables, criaturas enferma de dioses manipuladores y pequeños que exigen y promete pero jamás cumplen. Somos la chispa divina en el peor de sus registros. Somos, en definitiva, polvo vivo y excretante en mitad del espacio. Nada.

G. M.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 40

13 de septiembre de 2018

A veces se apodera de mí un desaliento cósmico. Siento una decepción y un cansancio que van más allá de mi imposible supervivencia. No soporto la resignación del rebaño. ¿Es esto realmente lo mejor de lo que es capaz la humanidad? ¿Es éste el mejor sistema, la mejor opción posible?

Quisiera ser optimista, especialmente ahora que la muerte me acecha. Quisiera creer que el mundo que dejaré a los demás será mejor de lo que ha sido el mío, pero no es así. Seguimos caminando en círculos, tal vez en círculos cada vez más amplios, pero en círculos a fin de cuentas.

Las páginas de los diarios de hace más de treinta años relataban catástrofes económicas y sociales muy parecidas a las que ahora se desgranan, con más ingenuidad, con menos conocimiento, pero con el mismo temor. Tal vez es que no seamos más que burros atados a una noria que giramos sobre nosotros mismos sin ser conscientes de que no llegamos a ninguna parte. Nos sentimos ungidos por la mano de Dios porque poseemos una inteligencia de la que hacemos dejación en la mayor parte de los casos, porque hemos sido capaces de esclavizarnos a la tecnología, porque consumimos cosas que nuestros padres o nuestros abuelos jamás habrían comprado. Somos niños grandes ocupando espacio en el tiempo, como animales de granja, con vidas delimitadas, absurdas, destructivas.

Si esto es lo mejor de lo que el ser humano es capaz es que nuestra chispa divina se perdió para siempre en algún recodo de la presunta evolución.

G.M.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Diaro para el olvido. Día 39

12 de septiembre de 2018

La sociedad no avanza, ni madura, ni aprende. Ayer se cumplieron diecisiete años del terrible atentado que sufrió Estados Unidos en el corazón neurálgico de la economía mundial y muchos recordaron y lamentaron lo sucedido sin siquiera avanzar mínimamente en el análisis histórico de aquel acontecimiento que desencadenó cambios importantísimos en todo el globo de los que aún no llegamos a conocer en profundidad sus consecuencias.
 
Entre tanto seguimos viendo a través de nuestras pantallas las figuras algo estrafalarias que repiten rituales de orgullo y dolor con una condescendencia bovina mientras el gran fantoche vomita estúpidas descalificaciones a una velocidad inconcebible. Después de cada catástrofe, de cada guerra, parece que no se podrán volver a alcanzar cotas de barbarie tan altas, pero el ser humano siempre encuentra el camino que lo conecte con su brutalidad y, una vez desencadenada la bestia, nada podrá pararla.
 
El caldo de cultivo comienza estar a punto. Descontento económico, grandes migraciones, represión. Huele a pólvora en el aire. El mundo se prepara en el suspiro previo al primer fogonazo. El horizonte descama anchas costras catárticas que romperán la linealidad imaginada imponiendo la única certeza que conmueve al hombre: la violencia.
 
G.M.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 38

8 de septiembre de 2018

Ha amanecido un día de frescura otoñal que permite respirar. Se esponjan los pulmones y las ideas. El cerebro vuelve a funcionar. Me llega una cierta añoranza de bosque y de tierra mojada. Un cierto deseo de infancia, de libros nuevos, de lapiceros y de cuadernos pautados, blancos de esperanza.

Me vienen a la mente recuerdos de un tiempo de ropas escasas y carreras por la acera, contra el frío; de olor a castañas asadas y a contención; de dinero escaso e imaginación despierta y bien nutrida; de canicas  hurtadas a los hijos consentidos del tendero y del lechero; de tirachinas insidiosos fustigando los descampados desdentados de la posguerra. Me vienen recuerdos de estraperlo y hambre; de inocencia truncada y de tabacos liados a escondidas con los restos de las colillas encontradas por la calle. Y siento que mi infancia fue plena y feliz, a pesar de la escasez y del frío. Recuerdo los tebeos desgastados, pegados con papel y engrudo, los libros manoseados, manchados de  grasa y sudor, mil veces leídos, mil veces olvidados sobre el suelo del terrado o de la cocina. Recuerdo, con la misma claridad que estoy viendo ahora esta ventana, la ancha acanaladura en la que escondíamos tesoros olvidados. El cóncavo calentador de cobre que la abuela pasaba por las sábanas frías; el olor de la sopa de mi madre cuando el pellizco del estómago vacío se sentía sorprendido por el pasillo largo y húmedo de la casa superpoblada.

La vejez es el país de la nostalgia y yo me adentro en el frondoso bosque de mis recuerdos con el placer de quien comienza gratamente la despedida del último viaje.

G.M.

Diario para el olvido. Día 37

7 de septiembre de 2018

Entre la puerta y el marco he encontrado una carta. No me divierten estos juegos. Ya no tengo paciencia para ellos. Alguien quiere hacerme creer que se preocupa por mí. Resulta patético.
 
No he llegado a leer el mensaje, para qué. Realmente no me interesan las patrañas que pueda contener. He dejado el sobre ostensiblemente olvidado junto a la puerta. No quiero generar malos entendidos.
 
El apartamento huele a café. Hace tiempo que disfruto de nuevo de este placer prohibido. He comprado, además, una nueva pipa y tabaco fragante con el que envenenarme dulcemente mientras espero. Creo que nunca me había sentido tan vivo. Por otra parte estoy dilapidando buena parte de mi pensión en comprar esos libros que siempre me había prohibido para poder llegar a fin de mes. Ahora ya no me importa dejar deudas. Tengo una tarjeta de crédito que no había utilizado nunca y mi pequeña reserva para los imprevistos ya no crecerá más. Ha llegado el momento de cosechar. Ha llegado el momento de dejarse ir con todas las comodidades.
 
Este mundo apático me mira como si fuese un estorbo, pero en realidad es el mundo el que me estorba a mí: no comprendo sus exigencias fatuas; no me gustan sus pulsiones desintegradoras; no entiendo ni quiero entender la modernidad tecnológica que empuja al pueblo al marasmo y el vacío.
 
He decidido que no quiero sobrevivir, lo que quiero es vivir el tiempo que me quede con la conciencia permanente de estar consumiendo y usando mi herencia vital. No quiero que me prolonguen la existencia en una cama de hospital ni que me optimicen, como a una máquina, sobre medicándome para mantenerme vivo pero sin esperanza. Me horrorizan los viejos de mirada resignada que recorren las calles como fantasmas descarnados, con la mirada vacía y el tiempo flácido flotándoles en torno como un hedor.
 
Abro la ventana, me siento y enciendo mi pipa. El humo crece en volutas aromáticas, impregnándolo todo. Un poco de viento casi otoñal lo empuja. Frente a mí, la eterna comedia de la vida se representa igual a sí misma. Ahora que soy un espectador consciente comprendo cómo despilfarramos nuestro tiempo. El mundo es un bucle absurdo en el que las vidas se suceden sin descanso y sin esperanza, en una carrera hacia el final que nos condena para siempre.

G.M.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 36

6 de septiembre de 2018

La distopía que en su día imaginó Ray Bradbury ya está aquí:  la humanidad vive atada  a una pantalla que le informa de lo que debe experimentar, lo que debe sentir y cómo hacerlo. Por la calle los ciudadanos caminan con sus dispositivos electrónicos conectados a sus oídos y dispuestos  ante sus bocas avarientas como si fuesen a comerse una tostada. Las conversaciones insustanciales lo invaden todo. Las películas, las series, los videos más o menos caseros, ocupaban cada uno de los instantes libres de sus días. El aburrimiento es un privilegio que solo pueden permitirse los viejos y los pobres. Los niños transitan de una actividad a otra con un frenesí desconcertante. El mundo ya no se estremece con las pequeñas cosas, ahora se compenetra en oleadas masivas de emociones: millares de personas lloran o ríen a la vez. Millones de consumidores leen el mismo libro o ven la misma película construyendo una red enorme de lugares comunes que los interconectan y los hacen comprenderse aunque hablen idiomas diferentes y procedan de lugares completamente opuestos. Cualquier imbécil evangeliza desde una webcam sin necesidad de saber siquiera hablar correctamente. La diversidad lingüística, estética y cultural se está borrando por la lixiviación de la información globalizada. La máquina distópica de la uniformización lo apisona todo en un proceso del que yo, definitivamente, no quiero formar parte.
 
Paseo por una Gran Vía desventrada que recuerda más la postguerra que la era de la postverdad. Los hermosos edificios ya no albergan los cines de antaño, ocupados por multinacionales del vestir que nos convierten en monigotes clónicos. Los libros más vendidos no tienen nombres españoles, las hamburgueserías malolientes se apoderan de las bellas esquinas que fueron hermosas joyerías. Definitivamente el mundo vuelve a la estupidez de los años treinta y la horrible sombra de "1984" nos oculta el sol del presente sin darnos apenas cuenta.
 
El que me devolvió a la vida cometió un grave pecado de orgullo o de soberbia al suponer que eso era lo mejor para mí. Cualquier persona inteligente querría dejar de formar parte de este absurdo de inmediato.
 
G.M.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 35

5 de septiembre de 2018

Hacia décadas que no dormía tanto. En mis sueños, flotaba. Había atravesado la membrana de la vida y, asombrado, navegaba en un fluido prístino en el que podía percibir otras presencias aunque no podía verlas. Pero con esa lucidez asombrada de los sueños yo pensaba “Así que esto es lo que me han hurtado. Ésta es la paz que me correspondía y que me han robado con el afán absurdo de atarme a una vida que ya no es la mia, en un escenario que ya no me pertenece y en el que no deseo seguir viviendo”.

Es extraño. Para mí la muerte fue siempre la más estremecedora concreción del vacío, de la nada, el puro no ser y, sin embargo mis devaneos de viejo chocho o la química sabia del cerebro han comenzado a engañarme sutilmente para que deje de temer lo inevitable, para que prepare mi mente y mi cuerpo para el único objetivo ineludible de la vida: la muerte.

Sea, pues. No opondré resistencia como tampoco lo hice la otra noche. Al final del camino solo queda polvo de pasado entre los dedos y una pesada carga de cansancio en la mochila que cada día se hace más difícil de sobrellevar.

G.M.

martes, 4 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 34

4 de septiembre de 2018

Me han entregado una larga lista de actividades y consejos que deberé respetar a partir  de ahora para mantenerme con vida. La enfermera, con esa amabilidad embalsamada de la nueva sociedad "bien pensante", me ha obligado a escuchar la diatriba infantil que pretendía reconvenirme por todos aquellos usos y costumbres que han llevado a mi pobre corazón a ponernos fin. Es sorprendente la refracción de esta mujer, totalmente ajena al aburrimiento que su monolítica obsesión me produce.

En la taquilla minúscula, metida en bolsas de basura, he encontrado mi ropa. Olía a sudor ajeno y a polvo. Me ha resultado tan extraña que me la he puesto sobre la piel con el escrúpulo de vestir las prendas de otro.

Al salir del hospital me ha fulminado un calor seco como una llamarada y me he sentido tan solo y desorientado que durante unos segundos no he sabido hacia dónde dirigirme. Solo he sido capaz de reaccionar cuando he visto que una mujer hacía el ademán de acercarse a mí para socorrerme en mi indefensión y me ha horrorizado tanto la escena que me he dado la vuelta y he comenzado a caminar tan rápido como me ha sido posible sin saber aún hacia donde dirigirme.

El camino hasta mi casa ha sido extraño. Pensé tomar el autobús pero, me he sentido tan cansado que me he decidido a explorar mi cartera para comprobar cuánto dinero llevaba y, finalmente he parado un taxi gangoso que me ha llevado hasta el origen de todo.

Ante la puerta de mi piso he encontrado unas flores, algo fúnebres en su soledad lapidaria. Me he agachado trabajosamente para recogerlas antes de entrar. La casa estaba inundada de luz. El calor y el sol se habían adueñado de todo. Junto a la ventana abierta la silla seguía derramada, como un cadaver imposible alineado con la pared. He avanzado lentamente. Mi soledad bajo aquella luz me ha parecido más aguda, más concreta.

He ido cerrando persianas y entornando ventanas a mi paso. He recogido algunas páginas sueltas que habían volado empañando los suelos y me he vuelto a sentar en la silla, mirando a la fachada de enfrente y preguntándome quién, por qué y cómo ocurrió todo aquella noche. Entonces recordé el las flores y busqué entre el papel de celofán la tarjeta.

“No se dé por vencido. Yo sigo aquí”. No había firma. Solo aquella frase de novela policiaca de mercadillo de verano. Nada más. Hasta la soledad era mediocre. Hasta el misterio debía subrayar lo patético de mi supervivencia involuntaria.

Volví a sentarme en la silla, bañado en sudor. Encerrado en aquellas ropas que poco antes me parecieron ajenas y que ahora se amoldaban al fraude de mi carne retornada con la naturalidad de los objetos comunes, bien y largamente usados.

Sigo sin entender por qué me han salvado, si es que alguien lo ha hecho. Sigo sin poder perdonar a ese buen samaritano anónimo su benevolencia cruel. Pero me resigno y espero. Si, espero. Sin curiosidad y sin rencor. Sentado aquí. Solo. Sin más esperanza que la rutina acompasada e infalible del paso de los minutos. Sin más expectativa que la muerte.

G.M.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 33

3 de septiembre de 2018

He debido estar durmiendo al menos veinte horas. No recuerdo haber soñado en ningún momento. Ha sido un descanso negro y profundo como una piedra. Al despertar de nuevo en el hospital me he reconocido como un náufrago. Los recuerdos me llegaron a girones. He leído las pocas cosas que anoté en los días precedentes y me cuesta reconocerme en ellas. Son extrañas, fascinantes, alucinadas.
 
El médico pasó a visitarme hace unas horas. Me habló de una dolencia cardiaca que impuso una operación urgente para salvase la vida, pero no supo darme respuesta a cómo llegué hasta aquí. Quién me trajo. Yo no recuerdo haberme sentido enfermo. Mi último recuerdo, como ya escribí en mi cuaderno, alucinado entre calmantes, es estar sentado junto a la ventana, en silencio, mirándola a ella. Y ahora pienso qué estará haciendo, a qué dedicará esta mañana ligeramente más fresca de septiembre. Tal vez habrá ido a trabajar o estará haciéndose el desayuno, casi desnuda, mientras escucha una emisora de radio babeante que se derrama por la ventana hacia la calle.
 
Las horas aquí pueden ser largas. Voy a pedir que me traigan algún libro. La televisión, según me han dicho, se alimenta con monedas, como una hucha voraz que arranca el tiempo de las pupilas, hora a hora, minuto a minuto, con un suave tic-tac de metrónomo cruel, irreverente en la sacrosanta blancura de la enfermedad aterrada.

Qué puedo hacer sino pensar, a través de estas páginas, sobre mi propia vida alucinada. Me pregunto qué pensaría Emilio, mi Emilio de papel, mi personaje amputado por mi pereza y mi impericia que no logra saltar a la vida. Seguramente él se quejaría, llamaría impertinentemente al timbre del servicio de enfermería para que le aclarasen todas sus dudas y después rezongaría airadamente durante horas esperando que pasara el tiempo. Pero yo no soy Emilio, sólo soy yo, sentenciado a unos días de reclusión menor en un hospital tan impersonal como cualquier otro. En breve me escupirán  a las  fauces de mi soledad doliente, después de haberme salvado de los dulces brazos de la parca sin mi consentimiento, y me dejarán morir en la soledad de mi casa insomne. La humanidad deshumanizada de la humanización clínica. En el mundo de hoy hay que ser feliz por decreto y hay que sobrevivir por ley aunque tu cuerpo y tu mente ya no lo deseen. A qué rincón me llevarán después, aún no puedo siquiera imaginarlo.

G.M.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Diario para el olvido. Día 32

1 de setiembre de 2018

Hoy al despertar entre las brumas de los calmantes me ha venido una imagen a la cabeza, una epifanía, pero es tal la bruma que me retiene que no puedo saber si es fiable. Después llegó una enfermera diligente y pragmática que revisó mis constantes y me hizo algunas preguntas cortas y precisas como ladridos. Al irse un olor a almendras amargas se extendió por la habitación y supe que estaba soñando, que ni la habitación, ni la enfermera eran reales, o al menos no eran de este mundo. Más tarde me dormí con todas las cautelas, intentando sembrar mi sueño con balizas que me permitieran regresar.

Ahora espero. Observo detenidamente cada uno de los objetos y personas que aparecen junto a mí e intento discernir qué es sueño y qué es realidad. El papel vibra, se diluye. El bolígrafo se ablanda y serpentea entre mis dedos, se me escapa y caigo, caigo, caigo...


G.M.

Diario para el olvido. Día 31

31 de agosto de 2018

Y si dios fuese un algoritmo. Y si todo esto, todo lo que me rodea, no fuese más que una retícula digital. Creo que me han drogado. Pienso cosas extrañas. Sueño con dragones y lo único que me hace sentir en paz es imaginarme delante de mi ventana, mirándola a ella. Pero ¿quién es ella? Estoy muy confuso. Me cubre el dolor, como una ceniza espesa que va calando en mi piel.

¿Qué? ¿Por qué? ¿Cómo entraron? ¿Quién me encontró? ¿Para qué? Preguntas que me llegan como olas a este lado de la conciencia, mientras me lamen una y otra vez arrastrándome de nuevo hacia el delirio de los calmantes. 


G.M.

Diario para el olvido. Día 30

30 de agosto de 2018

Como las líneas discontinuas de una carretera, las luces del pasillo me cosían a la camilla mientras me empujaban hacia delante, pasando puertas con olor a asepsia y a muerte.

Alguien me agarraba la muñeca. Alguien derramaba desgastadas palabras de consuelo en mi oído. Alguien manejaba mi cuerpo como un pedazo de carme inane, macilenta, poniéndome sobre una superficie fría y dura.  Después todo se borró. Cayó sobre mí una negrura espesa a la que a veces llegaban voces gomosas y redondas que no lograba comprender.

Al despertar una aguja de luz se clavó dolorosamente en mis pupilas. No recuerdo cómo llegué aquí. No recuerdo nada.

Hace unas horas pedí papel y bolígrafo para escribir, para intentar ordenar mis ideas. Lo último que me viene a la memoria es haber estado sentado ante la ventana abierta, nada más.

Las enfermeras revolotean a mi alrededor con una solicitud postiza, hablándome de tú, como si me conociese de toda la vida, maldita modernidad. No es suficiente perder la personalidad y la dignidad, no es suficiente con convertirte en un ser anónimo e indefenso en las manos de un ejército de desconocidos, además tienes que soportar esta familiaridad ignominiosa que iguala y lamina la singularidad humana.

La boca me sabe a narcótico. Todo huele a orinas de viejo camufladas bajo litros de lejía. Y un asco largo me recorre el estómago.

Dicen que me han operado de urgencia ¿por qué? Yo no he pedido una prórroga. Yo no llamé a emergencias para que me salvasen, o al menos eso creo.

La enfermera manipula mi gotero. Me pesan los párpados, ya no puedooooo


G.M.

viernes, 31 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 29

28 de agosto de 2018
 
Ella ha vuelto. Me siento feliz. Soy un imbécil.
 
Anoche, cuando me marchaba a la cama, se encendió la luz y me quedé paralizado, hipnotizado delante de la ventana como un discapacitado cinematográfico anclado a mi inmovilidad.
 
Durante un tiempo la vi deambular encendiendo ventanas como puentes tendidos sobre la negrura de la calle. Esa evolución entre habitaciones me mantuvo alerta. Son hermosas las rutinas ajenas. Uno no es consciente de la cantidad de cosas que se hacen sin pensar. De las veces que se rasca, por ejemplo, la cabeza o que revisa la puerta antes de cambiarse de ropa para irse a dormir. Uno no es consciente de cuántas cosas puede descubrir de nuestras vidas un observador bien entrenado.
 
Sí, hay un pellizco fino, sutil, de culpabilidad en mí. Reconozco que contuve el aliento temiendo  que al regresar al salón encendiese el televisor y se diluyera la magia del primer encuentro, pero no fue así, no me defraudó. Encendió la lámpara que ha colocado junto al sillón, se sentó como si iniciase una ceremonia, abrió un libro que desde la distancia me pareció nuevo y luminoso y, con un suspiro, como si hubiera contenido la respiración antes de sumergirse en un fluido imaginario, comenzó a leer. Fue un momento de una belleza infinita. Uno de esos momentos que me hubiera gustado retener para siempre en el papel imborrable de una fotografía.
 
¿Estoy enfermo? No puedo saberlo, pero me satisface la seguridad que me aporta este anonimato cobarde y me estimula la promesa de que esta comunión secreta pueda seguir produciéndose entre nosotros durante mucho tiempo.
 
G.M

Diario para el olvido. Día 28

27 de agosto de 2018

Se apagó la voz, se apagó y sólo las infieles copias enlatadas de su luz nos ayudarán a sobrellevar su ausencia. Éste año, como todos los demás, está siendo un sendero de nombres perdidos que van conformando la senda hacia mi propia desaparición. Poetas, científicos, escritores y un eterno elenco de seres anónimos me precederán y me sucederán en una rueda sin fin. Muchos de ellos dejarán una huella que irá diluyéndose con el tiempo, algunos, una pequeñísima minoría lograrán sobrevivir para siempre, el resto moriremos definitivamente sin dejar a nuestra espalda más que el humo polvoriento del olvido.
 
Pero al menos hoy, tal vez durante unas semanas o unos meses, los discos de Aretha Franklin volverán a escucharse con pasión. Habrá quién visualice vídeos de YouTube para saber de quién hablan los periódicos. Incluso algunos de ellos, conmovidos por ese torrente de energía y de voz, seguirán escuchándola hasta el final de sus días. Pero la mesura del tiempo humano es tan breve, tan limitada, tan miope, que algún día también ella morirá para siempre. Entre tanto me consolaré escuchándola en soledad, mientras las páginas de mi propia memoria se deshojan en recuerdos a los que ella puso banda sonora alguna vez.
 
G.M.

Diario para el olvido. Día 27

26 de agosto de 2018
 
Estuve toda la noche esperando, pero ella no volvió. La casa permaneció amortajada, como un animal herido que apenas respirara. Me sentí traicionado. Soy un estúpido, pero añoraba esa mirada lenta sobre las líneas, esa serenidad del que no sabe que está siendo observado. Esa fatiga suave del "voyeur" que no quiere rendirse al sueño y perder unos segundos de otras vidas.
Tuve la absurda impresión de que algo surgía entre nosotros. Erotomanía de los pobres. Claudicación de los solitarios.
Pero la vida continúa y mi soledad sigue siendo la misma, pétrea, infranqueable, robusta como un tronco milenario. Cultivada con el esmero de los tristes.
Termino de escribir estas líneas y me marcho. Pasearé los últimos días de este mes sonámbulo antes de que la rutina enfervorecida vuelva a poblar las calles. Recorreré una vez más los senderos del parque, de nuevo con un libro entre las manos, y seré yo entonces el ser observado, el hombre solitario bajo el tilo, la criatura extraña que desfonda las páginas leonadas de algún autor perdido del que ya nadie o casi nadie sabe nada.
El mundo sigue, devorador, cabalgando su apisonadora.
 
G.M.

domingo, 26 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 26

25 de agosto de 2018

Hoy me la he encontrado en la calle. Ella iba deprisa, con su bolso rojo bajo el brazo y un gesto decidido. No quedaba en ella rastro de la placidez de la noche anterior. Me pregunté si volvería a sentarse en silencio con un libro nuevo entre las manos y, aquí estoy, a oscuras, escribiendo a la luz que se filtra desde la farola mientras la espero. 
Siento que ha nacido algo entre nosotros. Siento que no ha sido una casualidad que ayer la viese, de madrugada, despierta solo para mi.

G.M.

Diario para el olvido. Día 25

24 de agosto de 2018

He pasado toda la noche en vela. El aire que entraba por la ventana era fresco e invitaba a disfrutar. A mi lado, a un volumen apenas audible, han ido desgranándose algunas obras de Händel. Por unas horas he sido completamente feliz. 
Al otro lado de la calle fueron apagándose lentamente las luces sofocadas. Una mujer leía en silencio, ungida por esa paz excluyente que rodea a quienes vuelan hacia el interior de su imaginación mientras el mundo a su alrededor desaparece.
Hay un goce único en la contemplación anónima. Una energía que invita a elucubrar sobre la vida de aquellos a los que observamos y de los que no sabemos nada. 
La música crecía y me envolvía llevándome a construir una vida en torno a la desconocida que apuraba con sed, con desazón, las últimas páginas del libro. Al terminarlo la vi respirar profundamente, cerró el volumen sobre sus rodillas, acarició las tapas y se lo llevó al pecho. Estuvo así apenas unos segundos. Luego, como si hubiera despertado de un sueño, tendió la mirada a través de la ventana, pasando de largo sobre mi, que seguía a oscuras, invisible, como un cazador emboscado, con el corazón agitado y la imaginación desbocada.
Poco después se levantó, ligera aún de realidad, apagó la luz y se perdió en el laberinto minúsculo de su apartamento dejándome solo con la noche.


G.M.

sábado, 25 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 24

23 de agosto de 2018

Las páginas de este cuaderno se van llenando. Aún no sé con certeza para qué escribo en él. El mundo que me rodea sigue siendo tan extraño para mí como siempre: no lo entiendo y él no me entiende a mí. En una sociedad tecnificado y moderna el aire sigue oliendo a combustible, aún existen personas marginadas y el poder y el dinero continúan en manos de unos pocos. Involucionamos como especie. 
Me siento como un observador pasivo, a menudo impotente. Veo a los hombres al servicio de sus mascotas, agachándose para recoger sus excrementos, permitiendo que orinen sobre ruedas, aceras y fachadas de forma que toda la ciudad huele a retrete sucio, especialmente en verano.
Veo jóvenes y ancianos encadenados a sus teléfonos móviles, cruzando las calles sin mirar, afanándose por fotografiar cualquier cosa. Veo un mundo infantil e inmaduro que se está dejando arrastrar al precipicio a golpe desconexión del pensamiento. 
Estoy seguro de que pronto todo se precipitará en una especie de revolución en la que entraremos en un bucle distópico que ya hemos asumido mucho antes de que llegue.
Escucho a los gurús de tertulia gritar consignas desesperadas en pro del salvamento del planeta, pero nadie dice que el planeta nos sobrevivirá, invadido de plástico, con una atmósfera irrespirable, sí, pero libre por fin de nosotros, semidioses con complejo de inferioridad, caníbales irreflexivos, bestias de inteligencia limitada y estupidez en expansión.


G.M.

jueves, 23 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 23

22 de agosto de 2018


Silencio. Nada nuevo que decir salvo que hoy también será un día largo, repetitivo y sin sentido. 

G.M.

martes, 21 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 22

21 de agosto de 2018


Cada vez me resulta más difícil sobrevivir sabiendo que la vida no es más que una sucesión de acontecimientos que sólo nos conduce hasta la muerte. 

lunes, 20 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 21

20 de agosto de 2018

Comienzan a llegar los primeros renegados, con la mirada baja y la piel bronceada. No se resignan al regreso y siguen luciendo sus pantorrillas peludas y sus vestidos playeros, pero les pesan las piernas y tienen agujetas en las rutinas. La ciudad los ignora y ellos se sienten ajenos, como intrusos que pisan cautelosamente una frontera minada. Ya pasará. En un par de días serán ellos los que desgarren la pereza de los recién retornados con largos claxonazos rencorosos. Y la vida volverá a ponerlos a todos en la rueda de las bestias que mueven un mundo del que no saben nada.

G.M.

Diario para el olvido. Día 20

19 de agosto de 2018

Leo la prensa. En Alemania retumban de nuevo tambores fascistas sobre unas templadas condenas que parecen avivar el fuego.  El tiempo y la historia son cíclicos. La mejor manera de manejar al pueblo es tenerlo drogado con las redes sociales, las plataformas de entretenimiento y los programas basura. La mayoría se deja llevar para evitar el dolor. La conciencia es un lastre demasiado pesado. 
Aquí, en España, jugamos a la historia, a la revisión de la historia, pero en realidad nadie quiere profundizar en lo que ocurrió, en cómo y por qué ocurrió. Unos piensan que se quiere reescribir el pasado, otros quieren reconocimiento, o tal vez asunción pública de culpas. Quién sabe, si ya no vive casi nadie de los que sufrieron la muerte y la vergüenza. Víctimas y victimarios deberían reconocerse públicamente, mirarse a los ojos, perdonar y perdonarse, pero hay corrientes más interesadas en el enfrentamiento que en la cura.
El mundo se mira insistentemente en los años negros del siglo pasado, fascinado por el avance de aquellos totalitarismos, por la potente máquina de guerra Alemana, por el marketing nazi y el poderoso discurso italiano, por el rotundo sectarismo miope de
Franco.
Qué triste me parece todo. Escucho conversaciones incomprensibles y a mi vez los que me oyen no me entienden. Soy un sujeto perdido entre líneas, un espécimen perdido entre generaciones que ve el mundo desde un prisma tan distinto que nadie le comprende, salvo este diario intruso que me deja hablar y nunca me interrumpe.


G.M.

sábado, 18 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 19

17 de agosto de 2018

Todo sigue igual. Mi vida, la política, la decadencia mundial. Agosto se arrastra sin muchas esperanzas hacia el horizonte del otoño. Los publicistas torturan a los niños y a los padres con las campañas de venta de material escolar. Los abuelos temen la llegada del invierno y del frío del que no podrán defenderse encendiendo la calefacción, demasiado costosa para sus exiguas pensiones.

A la sombra de la plaza tomo una cerveza que me redime del presente y del futuro. El sol atraviesa las hojas cansadas arrancándoles el último verdor antes de agostarlas.
Me gustaría detener el tiempo justo aquí, ahora, cuando algo muy parecido a la paz, quizá un esbozo de felicidad, me acaricia sutilmente a pesar de todo.


G.M.

viernes, 17 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 18

16 de agosto de 2018

Hay hordas de personas perdidas. Gente que deambula más que viaja, que se sienta en los bancos y mira, sin saber qué hacer ni dónde ir. Hay gente que pretende entender el mundo sin haber leído nunca nada, sin saber dónde ni cómo llegamos hasta hoy. Gente que pretende estar viva pero que en realidad vegeta inútilmente consumiendo oxígeno y despilfarrando recursos. Los escucho. Se ríen de todo, de todos.  Pasean su mirada bovina por encima de los ciudadanos laboriosos que se dirigen al trabajo, a la escuela, a sus casas. Los observan como si no pudiesen abarcarlos, como si fuesen capaces de saber cómo son sus vidas o sus inquietudes, pero dentro de unos días volverán con sus maletas tumefactas a sus países sin tener más recuerdo que una proverbial resaca de incomprensión y sangría.


G. M.

jueves, 16 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 17

15 de agosto de 2018

Resaca. Abatimiento. Calor. La casa quema como un horno. Las ventas no repitan. El sofoco asfixia. He pasado toda la noche viendo películas lentas y bebiendo. A veces necesito envenenarme de alcohol, imágenes y de palabras. Después vomito babas de ideas que me destruyen antes de renacer. 
Tengo la piel húmeda. Me duelen los pies y las articulaciones pero aún así me siento a la mesa y escribo:

“Emilio empujó al hombre. Estaba cansado de idiotas con teléfonos móviles que se acercaban al borde del terraplén para hacerse retratos arriesgados en posturas y actitudes absurdas. Así que le ayudo a morir. Por qué no -se dijo- yo solo soy un viejo chocho, nadie me juzgará por lo que he hecho. 

Se deslizó lentamente y dejó al hombre cayendo por la ladera con su palo alargador, su mochila y esa cara de sorpresa que se les queda a aveces a los muertos. 

Cuando ya había atravesado más de la mitad del viaducto escuchó la primera voz de alarma y sonrió consciente de que ya sería demasiado tarde para el turista accidentado. 

Había sido la primera vez que había hecho algo así, pero supo inmediatamente que no sería la última y, esa certeza, le hizo rejuvenecer”.


Si. Todos querríamos alguna vez ser este Emilio. 

miércoles, 15 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 16

14 de agosto de 2018

Escucho las noticias de la radio mientras me preparo la cena. He estado fuera de casa casi todo el día y ahora me llega una catarata de información sobre diferentes derrumbes y me parece estar viviendo en una de esas películas sobre catástrofes que fueron tan populares durante los años 70 del siglo pasado. El mundo tiembla abrasado por el cambio climático y por la avaricia desmedida de los poderosos. Las estructuras ceden, la gente migra en oleadas masivas pero aquí, dentro de estas cuatro paredes en las que vivo, todo sonido, toda realidad, parecen muy lejanos, ecos de un cine al aire libre que apenas nos alcanza aunque, probablemente, cuando lo haga, será demasiado tarde.


G.M.

martes, 14 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 15

13 de agosto de 2018

Ayer fui al cine. Me senté en una butaca, en la penumbra de la sala y esperé, como un niño, a que comenzara la película, pero antes tuve que soportar quince minutos de publicidad ramplona y analfabeta con la que pretendieron venderme unas golosinas que me harían feliz, unos viajes en un barco que parecía una cárcel flotante en la que solo aceptasen pasajeros de bajo rendimiento intelectual; y un coche que, por los efectos beneficiosos de la producción alemana en serie, lograría librarme de todos los embotellamientos además de convertirme en un ciudadano libre y dichoso.
Después comenzó la película. No estoy seguro de recordar completamente el argumento. Incluso creo que en más de una ocasión me quedé profundamente dormido. Aunque, con la asepsia propia de la urgencia del mundo en el que vivimos, al terminar la cinta, y cuando aún comenzaban los primeros acordes de la banda sonora que da pie a los títulos de crédito, la luz de la sala se encendió violentamente y me dejó enceguecido y confuso durante unos momentos como si alguien pretendiese pillarme
con las manos en la masa en la comisión de algún delito.
En fin. Creo que no volveré a una sala de cine en mucho, mucho tiempo.


G.M.

domingo, 12 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 14

12 de agosto de 2018

Esta mañana al despertar me he sentido envuelto por un cálido aroma de café recién hecho. Hacía mucho tiempo que no despertaba así, desde que Elena se narchó. Pero parece que alguien nuevo ha venido a ocupar el piso de al lado y se ha levantado temprano para poner al fuego una de esas viejas cafeteras metálicas que bombean como un corazón bien entrenado.

Por un segundo he tenido la tentación de pensar, como en algunas películas románticas, que todo lo que ha pasado en este tiempo no ha sido nada más que un mal sueño, una visita del fantasma de las navidades futuras para alertarme de mi suerte. Pero al sentarme al borde de la cama he vuelto a sentir el dolor insoportable de mis huesos y he fijado una vez más la mirada en ese pedacito de papel pintado que se despegó de la pared hace ya mucho tiempo y que ha ido doblándose hacia abajo, lastrado por el peso del abatimiento día tras día, hasta dejar un buen pedazo desnudo en la pared.

Y entonces he pensado en Emilio, ese personaje que me viene picando en los dedos desde hace unos días y que tanto me gusta. Él seguramente refunfuñaría, hablando solo, al avanzar por el pasillo hacia el cuarto de baño. Y seguiría hablando con voz enronquecida al intentar orinar dignamente a pesar de la rebeldía que tiene el cuerpo cuando todo es tan viejo que no hay articulación que no cruja ni uretra que responda a la primera.

Este pensamiento me hace sonreír. Me divierte imaginarle así, con la mano extendida sobre los baldosines amarillos y la mirada fija en salva sea la parte, esperando el milagro.


G.M.

sábado, 11 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 13


11 de agosto de 2018

He estado ausente de todo, incluso de mí mismo, durante unos días. Nada me impulsaba a comunicarme, así he guardado silencio. A veces el silencio cura o, al menos, ahoga ciertos pensamientos negativos, los asfixia, los convierte en ceniza.

De vuelta en mí, me encuentro exactamente en el mismo apunto de partida. Aquellas viejas exhortaciones al disfrute de la vida que un día fueron tan míos, ahora me aburren, me parecen mantras vacíos, mensajes publicitarios para almas huérfanas de inteligencia, eslóganes cargados con venenosas mentiras: “Tú tiempo es tuyo”;  “vive tu sueño”; “Disfruta de tu libertad”; “carpe diem”...

Compramos aire y dejamos en los anaqueles olvidados del trastero las cosas que algún día realmente fueron importantes. Miro, escucho, leo todo lo que cae en mis manos y la mayoría del tiempo me aburro. Me aburre la bravuconearía de los presuntos “nuevos talentos” y la majadería de la rica burguesía que devora cualquier cosa envuelta en papel dorado.  Escucho músicas que me parecen ya escuchadas y como nuevas creaciones culinarias que me parece haber comido miles de veces antes. 

Pero la tarde languidece. Felicitémonos de que termine el día. Una jornada más, una jornada menos. Al menos la molicie del tiempo es fiel a sí misma. 


G.M.

sábado, 4 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 12


4 de agosto de 2018 

Comienzo, en estas mismas páginas, un nuevo proyecto que seguramente quedará a medias pero que ha venido a mí  y no tengo más remedio que derramarlo aquí. No sé cuánto de esté personaje me representa y cuánto es fruto de la observación de los demás, pero eso ahora no importa. Procedo, pues, a anotar las primeras líneas de mi nuevo trabajo:

“Emilio iba rumiando entre dientes mientras avanzaba por la Gran Vía, cabizbajo, huraño, ceñudo. Miraba de reojo las sombras que se le iban cruzando por delante, dejándole atrás con su lentitud arbórea y su grisura de postguerra:
“Los seres humanos somos grotescos.- pensaba - Esas gordas de culos prietos en los que queda sepultada una braga fina como hilo de coser; esos hombres de traje y corbata a las cuatro de la tarde de un agosto canicular, con la respiración y la circulación retenidas; esos bebés vestidos a la moda de los peores años de la guerra y el hambre del siglo pasado, con las gomas oprimiéndoles las Inglés inocentes.
Si, los seres humanos somos grotescos. Animales salvajes jugando a la civilización. Excrecencias intelectuales dirigiendo el curso de las sociedades “modernas”, lobos vestidos de payasos que empujan a los hombres a un abismo ciego.

Emilio se detuvo, encorvado, sudoroso, recorriendo con la mirada acuosa y desventrada la fila interminable de compradores obsesivos que se formaba delante de un negocio de ropas baratas.

“Idiotas. Ganado envilecido por la avaricia de las ofertas insustanciales que los convierte en esclavos.”
Alguien le empujó sin piedad al pasar haciéndole tambalearse entre el gentío brillante de sudor y de codicia. 
Maldito trol deforme de gimnasio.

Aún no sé nada más de Emilio. No sé cuál es su historia, pero me gusta. Quién sabe, tal vez pueda capturarlo Iara siempre.


G.M.

viernes, 3 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 11



3 de agosto de 2018


Hoy no tengo nada que decir. Nada que decirme. A menudo pienso en la muerte, incluso en el suicido. Juego con la idea del fin, me acuno en la felicidad de la nada, en no tener que afrontar más problemas, en no tener que volver a salir a la calle para comprar lo necesario para sobrevivir, en no tener que levantarme cada mañana para ganarme un pan que cada día me sabe más amargo. 

G.M.

Diario para el olvido. Día 10



2 de agosto de 2018

Ayer me olvidé de escribir. Fui tan feliz durante unas horas que no necesité mi dosis. Volví a encontrarme con mis viejos amigos en el café de siempre y las conversaciones fluyeron y se bifurcaron durante horas. No había sido consciente de cuánto añoraba el contacto humano hasta ayer. 
Las mismas sonrisas, más gastadas, es cierto, y la misma conexión, chispeante. Nos quitábamos la palabra, nos asombramos  de haber leído a los mismos autores, incluso de haber llegado a las mismas conclusiones. Fue una catarsis vibrante que me llevó de vuelta a los 20 años, cuando creíamos estar construyendo un nuevo mundo al otro lado de una dictadura tenebrosa. 
Sí, durante unas horas todo brilló, todo volvió a ser como antes de dejarnos ir, de permitir que muriese la esperanza avisada por la resignación y el desaliento, anegadas por las obligaciones sobrevenidas. Pero no somos tan viejos. Yo no soy tan viejo. Aún puedo vivir una vida más, tal vez la última, si, pero quizá también la definitiva, aquella para la que siempre me creí predestinado. Tal vez, por qué no, aún pueda disparar la última bala, hacer el último intento antes de desaparecer para siempre por el sumidero de la vida.


G.M.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 9



31 de julio de 2018


La televisión orina noticias insustanciales, recicladas e infladas para atraer a una audiencia adormecida por el reposo y la calima. Escucho de fondo mientras me siento a la mesa junto a un café humeante para escribir estas líneas. Un niño llora enquistado en la noche tórrida y me recuerda aquella época en la que al abrir las ventanas sedientas al aire nocturno se escuchaba el eco repetido de la única película que emitía la televisión, duplicada y aumentada de muro en muro hasta convertir todo el barrio en un cine de verano dodecafónico. Recuerdo el olor seco del asfalto y a las mujeres que baldeaban las calles y los balcones para refrescar apenas el aire denso y pegajoso. Recuerdo la sensación extraña de plenitud y de eternidad que me provocaban esas noches, olorosas a presagios victoriosos y a esperanza. Qué diferente me parece todo ahora, cuando el aséptico futuro prometido por el cine y la literatura no es más que una copia repintada de aquel pasado.

G.M.