miércoles, 2 de mayo de 2012

Reflexiones del Minotauro: La nueva era

Teseo y Minotauro

Dicen que los mercados dominan el mundo, que son la bestia que ahora maneja las pesadillas de los justos.

Dicen que la nueva era se impondrá, nos guste o no, y nosotros ya hemos dado la batalla por perdida. Pero todos sabemos que nada tiene de nuevo y que huele a rancio, a hambre de poder y de dinero, que al cabo son lo mismo.

Pero nosotros no luchamos, vivimos la agonía en directo a través de nuestros televisores y rogamos en silencio que la gran ola no nos alcance, que arrase a los demás pero que que se olvide de nosotros, aislados en nuestras casas de papel mientras los demás se hunden.

Pero ¿qué ocurrirá si el desastre se desata también en nuestros micromundos? ¿Qué pasará si la rugiente y colérica tormenta nos golpea y caemos al mar? ¿Qué amigos, qué demonios, qué criatura mística vendrá a rescatarnos mientras otros, como nosotros antes, se ocultan y se agazapan esperando no ser ellos los próximos en caer en desgracia?

martes, 1 de mayo de 2012

Vuelvo a Benedetti


Vuelvo a leer a Benedetti como quien retorna al mar en busca de equilibrio. Me pierdo en sus renglones, en sus vidas anónimas, en su fraseo sencillo y aromático y me recreo en las pequeñas cosas, en la descripción de una mirada, en el perfil reconocible de la vergüenza, en el ritual imperdonable de las inseguridades...

Vuelvo a Beneditti, como vuelto a Pessoa, a Ana María Matute, a Steinbeck, a Delibes, a Zweig, a Marguerite Yourcenar, a Virginia Wolf o a Lorca, como quien vuelve a un padre que le consuela y le aconseja, como quien retorna al origen para poder tomar el impulso necesario que le proyecte hacia el futuro, y en esa estancia cálida me recreo y descanso la mente para recuperarme del dolor de la creación, de la vida y del agotamiento, para llenarme con la nostalgia de un sur que desconozco, para escuchar el recuerdo de unos pasos sobre las aceras de Montevideo que, de tanto transitar por mi memoria, se han convertido en mi propio recuerdo.

viernes, 30 de marzo de 2012

Quiero recordar





Hoy quiero recordar a todas esas personas que, poco a poco, van deshojando sus recuerdos y perdiéndolos para siempre; a los que, sin nosotros (los que los amamos) no son nada, a los que van hundiéndose lentamente en una niebla espesa y destructiva que devora su pasado mientras los va adormeciendo al sol hasta que sus corazones también se olviden de latir.

Y, para ellos, para no olvidarlos jamás, me gustaría cosechar aquí esos recuerdos que ya no podrán retener pero que nosotros hemos escuchado tantas veces (quizá demasiadas), y que ahora toman su dimensión exacta de balizas para mantener vivo ese día en que un hijo dio el primer paso; el primer amor; la compra de esa bicicleta o aquella tarde en la playa…




Estos son los dos primeros recuerdos, los de Aurelio y los de Sole:



Aurelio nació en Madrid en 1920, hace tiempo que su memoria está confusa y va borrando imágenes, trazos y experiencias. Posiblemente los primeros recuerdos que cayeron en el olvido fueron aquellos viajes en moto, en la posguerra española, cuando había que vender muchos objetos de artesanía toledana por todo el país para sacar adelante a la familia. De esos recorridos él tienía una memoria preciosista que recreaba olores y sabores, los colores del sol sobre la tierra dura de Castilla, el rigor de las carreteras y los caminos, apenas asfaltados y la belleza extrema de sentirse vivo.




Sole, nació en Madrid en 1926. Cuando murió, hace algunos años, ya no reconocía a sus seres queridos, pero uno de los recuerdos que quedó titilando sobre su mirada perdida hasta el último segundo, fue el amor y la ternura que el nombre y la presencia de su único hijo despertaban en su alma.


Todos aquellos que hemos convivido con enfermos de Alzheimer conocemos y reconocemos la mostruosidad de perderse a sí mismo al perder la memoria, por eso os invito a que me hagáis llegar aquí o en Facebook sus recuerdos para que no se pierdan nunca...





viernes, 10 de febrero de 2012

Abrazos robados

Autor desconocido


Cada cierto tiempo Berta recibía una carta de su padre, el escritor Friedrich Mann, y la leía con la misma fe con la que se toma una medicina repugnante con la que se espera superar la enfermedad. Después pasaba los dedos sobre el sello remoto y revisaba la dirección del remite: Hotel Belle Arti, Hotel Hillton, Hotel Continental.

A menudo acudía a la biblioteca para consultar el atlas y localizar en el mapa el lugar exacto desde el que le había llegado aquel sobre mágico que le traía noticias distantes de lugares legendarios, y después, guardaba la misiva juinto a todas las demás, en una caja de latón que habían encontrado su padre y ella en una casa abandonada, mucho tiempo atrás. Recordaba perfectamente el momento porque, cuando su padre leyó en la tapa en relieve: Hotel Palace, Saint Moritz, se le llenaron los ojos de estrellas e inmediatamente comenzaron a inventarse una historia sobre cómo habría llegado hasta allí aquella lata de chocolatinas.

Ahora, cuando se sentía un poco triste, sacaba su cartas de la caja y las leía de nuevo para imaginar cómo serían todos aquellos lugares a los que su padre podía viajar mientras su madre y ella esperaban pacientemente su regreso.

París, 11 de enero de 1989

Querida hija:

Aquí también hace frío, pero es un frío diferente, menos tranquilo, más tempestuoso, lleno de corrientes de aire que empujan a la gente por las anchas avenidas y las arrastran hacia el fondo de los cálidos cafés en busca de refugio.

A pesar de eso, he paseado mucho, y pensado mucho en ti y tengo que decirte que la Torre Eiffel es tan hermosa como la habíamos imaginado, altiva como una princesa que observa cómo corretean a sus pies los hombres diminutos como hormigas que luchan por trepar a lo largo de sus anchas patas herrumbrosas.

Pero, desde luego, París es sin duda una ciudad maravillosa, llena de tesoros escondidos y de palacios que espero poder redescubrir muy pronto junto a ti, tomados de la mano. Mientras tanto, me consuela recordar cómo nos leíamos cuentos mutuamente cuando nos íbamos a la cama y cómo, después, me cantabas una nana para que me durmiese tan pronto como tu.

Besos de miel,

Papá

Londres, 27 de febrero de 1989

Querida hija:

He tardado un poco en escribirte porque me he resfriado. Aquí el tiempo es muy húmedo e implacable, pero la ciudad es preciosa y parece sonámbula entre la niebla y la lluvia tranquila de la que surgen los altos autobuses dobles como grandes fantasmas rojos.

En cambio, no me gusta mucho el silencio que se mastica en las calles, ni la vocación represiva de la flema británica que se asoma a los rostros acartonados de algunos hombres, aunque debo reconocer que es hermosa y sorprendente y que, a veces, me recuerda a París y a mi amada y destrozada Berlín, que me resulta tan lejana.

En cuanto al museo, bueno, es realmente como lo habíamos imaginado: sorprendente y copioso como la cueva de Alí Babá, pero eso sí, más ordenado y limpio.

Sonríes, lo se. Ya puedo imaginar tus preciosos dientes blancos iluminando el mundo detrás de esa sonrisa.

Recuerda que te quiero y que cada minuto pienso en ti y en tu madre.

Besos de tu padre que siempre está contigo.

Barcelona, 16 de marzo de 1989

Querida hija:

¡Qué hermosa es Barcelona! ¡Cuánta luz se refleja en ese espejo mediterráneo! ¡Cómo se enreda en las calles del Barrio Viejo y se reordena en el Ensanche burgués!

Los niños gritan y juegan en los parques, la ciudad es ruidosa y está viva. Las gaviotas vigilan a los turistas imprudentes, colgadas en el cielo y la Rambla se transforma en un carrusel festivo, en un río humano de curiosos, mimos, vendedores de pájaros, carteristas y flores.

Es hermosa la libertad que se siente en el aire y el sonido intenso y redondo del idioma que hablan los catalanes, a veces con alma de español, otras con sombras de francés, pero definitivamente portuario.

Siempre te añoro cuando estoy tan lejos, hija mía, y sólo el trabajo, las entrevistas y el ajetreo de los aeropuertos me mantienen alejado de la eterna nostalgia, pero espero que pronto se termine esta tortura y podamos abrazarnos, como antes, con las mejillas bien juntas, y las sonrisas grandes como lunas.

Papá

Copenhague, 20 de abril de 1989

Querida hija:

Acabo de llegar esta misma mañana a Copenhague y me ha conquistado su silencio, su frío y su calma que me recuerda a las viejas maquetas de tren que tanto nos gustaba observar detrás de los cristales.

Pero lo que más me ha conmovido ha sido Tívoli, el parque de atracciones que parece salido de la propia imaginación de Julio Verne.

Siempre pensando en ti, y en cómo te gusta probar siempre cosas nuevas, he comido smØrrebrØd en las tabernas, entre gente sonriente y educada y, un poco más tarde, me he dirigido al puerto y me he dejado arrastrar por la belleza del mar, grande y calmo como un animal al acecho.

Ya sabes que me gustaría poder estar siempre a tu lado y espero que pronto, muy pronto, nada nos separe.

Hasta pronto, mi amor.

P.D: Dale muchos besos a mamá y dile que la echo mucho de menos y que me gustaría poder escribir historias mano a mano como hacíamos antes.

Venecia, 1 de junio de 1989

Querida hija:

He tardado mucho en volver a escribirte porque he estado enfermo en la única ciudad del mundo en la que hasta eso, puede ser hermoso: Venecia.

Desde mi habitación del hospital podía ver la parte trasera de la Laguna, los barcos que atravesaban la resplandeciente superficie de cristal y la hermosa y temible isla de San Michele, el cementerio. (Al dorso de esta página te he pintado un mapa de la ciudad, como si fuese la carta de un tesoro, para que puedas imaginarte cómo es).

Pero ya me encuentro mucho mejor. Te escrito esta carta sentado en una terraza, junto a le Zattere, mientras tomo una copa de vino blanco, bien fresco y el sol calienta mi cuerpo aún algo enfermo. A mi alrededor la gente pasa hablando y riendo y tengo la sensación de que esta parte del mundo es más hermosa y más perfecta y menos rígida y destructiva.

Mamá me dice que sacas muy buenas notas en la escuela, que eres aplicada y sensible y que te gusta, igual que a ella y a mí, construir historias con palabras, y quiero que sepas que me siento muy orgulloso de ti.

Pronto estaré de nuevo de viaje, ya he descansado bastante, aunque el único viaje que de verdad deseo hacer es el que me lleve de vuelta a ti. Entre tanto, recibe todos, todos, todos los besos y los abrazos de tu padre que te quiere.

Nueva York, 5 de septiembre de 1989

Querida hija:

Me dicen que estás preocupada por mí, que tienes pesadillas y temes irte a dormir. Todo ha sido por mi culpa, sigo recayendo y no me encuentro del todo bien, como antes, por eso no te escribo tan a menudo, pero ya me encuentro mejor, no debes tener miedo, sólo con pensar en ti y en tu madre, con imaginarme que pronto podré volver a veros, recupero la alegría.

Ahora estoy en Nueva York, la gran ciudad de los rascacielos, de la prisa, de la confusión. Aquí el pulso de la gente es demasiado acelerado, nervioso, nadie mira a nadie, nadie habla con nadie, nadie se fía de nadie.

Sin embargo hay un gran parque, en el centro de esta gran isla alargada, en el que me encanta adentrarme por las mañanas para dejar que todo el ruido y la furia de los taxistas desesperados, se queden del otro lado de una muralla invisible. Y es que, a veces, el parque se transforma en un jardín oriental, de puentes delicados, y en otras ocasiones parece un enorme gimnasio en el que la gente corre en solitario, hace flexiones o se relaja tumbada en la hierba mientras una gigantesca Alicia en el País de las maravillas persigue al conejo blanco o Hans Christian Andersen se sienta sobre un banco para contar cuentos a los niños.

Hoy, mientras escribo tu carta, reposo junto a un lago artificial y dejo que el calor del sol, aún cargado con la energía del verano, atraviese mi cuerpo exhausto.

El mundo es muy hermoso, hija mía y está lleno de matices, de idiomas y de sorpresas, pero puedo asegurarte que no hay nada que se parezca al hogar.

Recibe todos y todos y todos mis besos.

Günter Bieber, el compañero de celda de Friedrich, dio los últimos retoques a su recreación de un sello americano y del correspondiente matasellos. Sus manos adiestradas en la falsificación de todo tipo de documentos oficiales, ejecutaban las maniobras con la soltura de una mariposa enamorada y aquel trabajo, que no era sino el encargo de un padre que deseaba salvar a una hija de la vulgaridad tortuosa en la que vivían ambos sumergidos, era la única actividad que le salvaba de la locura del penal político de Hochenschonhausen.

Después, cuando la tinta se hubiese secado, Friedrich entregaría la última carta al funcionario de prisiones Zimmermann (el único hombre libre decednte en toda aquella cloaca) para que la llevara fielmente, como siempre, hasta Veteranenstrasse 24, donde vivían la esposa y la hija del controvertido escritor. En alguna ocasión, Zimmermann había tenido la tentación de leer el contenido de aquellas cartas, tal vez por temor a que pudiese estar trasladando mensajes subversivos más allá de los muros de la cárcel, pero cuando leyó las primeras líneas, se echó a llorar como un niño y jamás volvió a violar la correspondencia que tan desesperadamente le habían entregado.

Una vez, después de haber dejado la carta, como siempre, en el buzón oxidado, esperó al otro lado de la calle, oculto entre la maleza del parque. Vio llegar a la pequeña subiendo la cuesta a buena velocidad para descerrajar después el buzón con la ansiedad propia de quien espera un mensaje y, cuando descubrió el sobre allí dentro, lo tomó con sumo cuidado, leyó atentamente su nombre y, después, lo apretó contra su corazón como si realmente, con aquel pedazo de papel, pudiese recibir los abrazos robados de su padre.

Nunca más dudó sobre la conveniencia de lo que estaba haciendo, jamás se volvió a cuestionar los motivos por los que se arriesgaba a perder el trabajo y la libertad por un preso político del que apenas sabía nada y al que sólo le unía la piedad por las palizas recibidas, por el aislamiento que le estaba rompiendo la salud y por la tos angustiosa que reventaba los corredores de la cárcel durante las heladas noches de las celdas de castigo.

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domingo, 29 de enero de 2012

El último relato

ALL (Andrés López)

Con la publicación de "Nadie viaja solo", termino el reto "1 día, 1 relato" que, durante 365, he ido compartiendo con todos vosotros.

Gracias por vuestro apoyo, por vuestra fidelidad y por vuestros comentarios.

Nadie viaja solo (Relato nº 365)

Autor desconocido

Soy un racionalista, un observador de la realidad capaz de transformarla a través del objetivo de mis cámaras fotográficas. Aprendí a medir la luz, a manejar las distancias, a encuadrar el ámbito deseado de un objeto, de un paisaje o de una persona, para retratar la parte más hermosa, para recrear la magia o para denunciar la vergüenza y la maldad. En cierta manera, mi forma de observar el mundo que me rodea me acerca más al científico que al artista y esa manera de pensar ha limitado mi fe y me ha hecho escéptico.

Como es lógico, después de todo lo anteriormente expuesto, yo jamás he creído en los objetos mágicos. Siempre me pareció inconcebible dotar de ciertos poderes a las cosas construidas por el hombre, me resultaba igual de inaceptable la convicción de que el paseo de una escultura de madera a través de un pueblo o de una ciudad pudiese acabar con la hambruna o con la sequía, que admitir que una tabla de madera con letras y número pudiera servir para comunicarse con los muertos.

Dicho esto, debo añadir, para orientar al lector, que amo con desesperación las máquinas fotográficas antiguas, sus cuerpos de madera estremecida y candorosa, sus fuelles de tela, sus objetivos encastrados en latón y sus rudimentarios respaldos de cristal. Por eso, siempre que visito una ciudad busco en los mercados y en las tiendas alguna de esas maravillosas herramientas, herederas de tecnologías mecánicas precisas, que han ido cayendo en el desuso y en el olvido de los tiempos digitales.

Siguiendo esa costumbre, y guiado por un fiel amigo español, me adentré en el laberíntico tejido del Rastro hasta una de las tiendas más interesantes de la ciudad. Allí, en un rincón del fondo, un hombre delgado y canoso me mostró, sin prisa, con el cansancio de la rutina y la mirada algo oblicua de un mercader mogol, varias máquinas respetadas por el tiempo, capaces aún de arrancar un retrato o un paisaje a la realidad.

La comunicación fue lenta, tal vez también algo pesada, a veces incluso confusa y, cuando ya me disponía a elegir una de aquellas antigüedades, me fijé en la vitrina casi cubierta por trípodes de madera y decimonónicas cámaras oscuras y descubrí, por casualidad, o porque el destino así lo había previsto, una pieza pequeña, algo arañada, que sobresalía apenas de entre un montón de aparatos olvidados.

- Esa cámara no está en venta – dijo el dependiente cuando vió hacia dónde dirigía mi mirada.

- ¿Por qué? – Insistí - ¿Tal vez no funciona?

El hombre dudó apenas un segundo, después sonrió con cierto cansancio, plegando las comisuras de los ojos y, sin contestar, abrió la vitrina, tomó la cámara con cuidado entre sus dedos acostumbrados, accionó sus mecanismos para enseñarme que todo funcionaba correctamente y después la depositó sobre el mostrador:

- Como puede usted ver – añadió con un tono calmo, sin perder en ningún momento la sonrisa – funciona perfectamente pero es una pieza que no se puede vender, eso es todo.

- No comprendo – volví a insistir - ¿Por qué me la enseña entonces?

- Usted quería verla – contestó sin levantar la voz.

- Claro – dije dándome cuenta de que me estaba comportando como un chiquillo. – Está bien, está bien. Me llevaré entonces la que ya habíamos acordado.

Pero el dependiente sonrió de nuevo y añadió, de una forma un tanto misteriosa:

- He dicho que no está en venta, no que no pueda usted llevársela.

Confundido le miré a los ojos, misteriosamente ocultos bajo esos párpados entornados, casi asiáticos, sin llegar a saber qué quería proponerme.

- De acuerdo – probé – me la llevaré entonces.

- Pero antes de llevársela debe usted saber que se trata de una máquina muy especial, única.

Tomé el aparato en mis manos y lo observé detenidamente sin llegar a comprender a qué podría referirse.

- Verá usted – añadió pacientemente – ella captura algo más que imágenes... – hizo una pausa dubitativa e, inmediatamente después, sacudiendo la cabeza y sonriendo añadió - ... pero eso usted ya lo descubrirá.

Envolvió el aparato en un pedazo de plástico de burbujas, lo metió en una bolsa blanca y, sin intercambio económico alguno, me la entregó y me deseó que pasara una feliz estancia en España.

Cuando salí, algo aturdido aún, la multitud me arrolló. El sol calentaba demasiado y las personas se movían entre las calles como hormigas enloquecidas empujadas por una corriente invisible.

Llegué al apartamento de mi amigo con el entusiasmos de los niños pequeños y le conté, mientras disfrutábamos de una cerveza y de un aperitivo castizo, lo que me había ocurrido en la tienda que me había recomendado. Él se quedó sorprendido, conocía al propietario desde hacía muchísimo tiempo y no había oído jamás que le regalase nada a nadie, motivo por el que tuvo una curiosidad aún mayor de ver aquel portento que había conseguido de una forma tan misteriosa.

Fui a buscar mi regalo y, con él, llevé también dos chasis cargados con película para hacer las primeras pruebas. Mi amigo observó la cámara, comprobó sus mecanismos y me felicitó. Desde su terraza, se podía ver una buena parte de la ciudad y, con el entusiasmo de la novedad, decidí exponer un par de placas para estrenar mi nuevo juguete.

Con gran teatralidad, mi amigo posó para mí y se dejó retratar con una amplia sonrisa. La cámara emitió un suave chasquido cuando disparé y, enseguida, retiré el respaldo.

- Si quieres puedes utilizar mi laboratorio para ver el resultado – me invitó. Y nos encaminamos hacia el cuarto oscuro juntos. El procesado analógico de las imágenes siempre ha tenido para mí mucho de misterioso y de alquímico. El olor penetrante de los líquidos, la concreción de la temperatura, la perfecta medición de los tiempos, me obligaba a permanecer concentrado y expectante.

Cuando por fin vi el negativo tendido en la larga cuerda, quedé francamente sorprendido. Por supuesto allí estaba mi amigo, posando, sonriente, pero en el negativo se veía algo más, algo que no podía intuir desde mi racionalismo.

No le di demasiada importancia, cualquier fotógrafo sabe que, a veces, se captan cosas que no se recordaba haber visto en el encuadre original, así que tuve la paciencia suficiente como para dejar que la placa se fijara y secara correctamente. En este tipo de oficio no hay que tener nunca prisa.

Mi amigo y yo conversamos, pero nada fluyó de la misma manera que antes, los dos parecíamos distraídos con otras preocupaciones. No importó, pasó el tiempo y pude ir de nuevo al laboratorio, preparé las cubetas para el positivado de la imagen: revelador, paro y fijador. El olor avinagrado me llenó de nostalgia, me recordó la época en la que todos trabajábamos como químicos enloquecidos en tugurios oscuros, expectantes, emocionados, para ver qué habíamos construido con nuestro ojo mágico.

Coloqué el papel bajo la ampliadora y accioné el reloj una, dos, tres veces, para preparar la tira de pruebas que me acercase al tiempo adecuado para el positivado. Después introduje con la punta de los dedos el papel en el primer baño e, inclinado sobre él, esperé que comenzaran a surgir las primeras imágenes borrosas, hasta que los negros empezaron a espesarse y a consolidar contornos inteligibles: el rostro de mi amigo, su camisa clara, la sonrisa abierta, y esa extraña mancha que parecía hacerle una sombra en el costado.

Apenas entretuve el papel en el baño de paro y enseguida lo sumergí en el fijador. Encendí la luz casi de inmediato, necesitaba ver, necesitaba estar seguro, el corazón me palpitaba como si me enfrentase a una mentira.

Me incliné sobre el líquido, introduje las pinzas y saqué el pedazo de papel rallado en el que aparecía mi amigo, sonriendo, en la terraza de su casa, pero a su espalda, asomando sobre su hombro derecho, se veía claramente el rostro de una mujer joven que me miraba fijamente, desafiándome.

Confuso llamé a mi amigo a voces y se presentó en el laboratorio enseguida, algo alarmado por mi angustia, pero cuando le enseñé lo que aparecía en el positivo se quedó pálido, no podía articular palabra. Me miró y en sus ojos encontré miedo y vergüenza y, sobre todo, la sorpresa de quien se siente traicionado:

- No sé cómo lo has hecho – me dijo lleno de rencor – pero es cruel.

- Yo no he hecho nada, te lo aseguro. Es la primera vez que me ocurre algo parecido. - Pero no puede evitar sentir que mi voz parecía poco convincente -¿Quién es ella?

- Lo sabes muy bien – Me contestó fulminándome con la mirada – Ella es mi esposa. Murió hace diez años en un accidente de tráfico. No sé cómo has podido hacerme esto.

- Yo no he hecho absolutamente nada. Tú mismo has estado en casi todo el proceso. – Encendí de nuevo la ampliadora y le mostré la fotografía proyectada en negativo sobre la blancura de la plataforma. - ¡Mira!

Se veía claramente la silueta femenina asomándose a su derecha. Desesperado sacó la placa del portanegativos y la analizó detenidamente.

- No puede ser. Yo no creo en estas cosas. Es imposible – Decía entre lágrimas.

- Yo tampoco me lo puedo creer, – dije dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo. – pero sólo hay una forma de comprobar lo que estamos viendo. Volveré a fotografiarte y tú me fotografiarás a mí. Después haremos todo el proceso de revelado juntos ¿estás de acuerdo?

Mi amigo casi no podía hablar. Se limitó a mover la cabeza. Disparamos sin placer, cumpliendo con los requisitos fotográficos básicos y nos escondimos en el laboratorio como dos forajidos. El revelado se nos hizo eterno, los minutos parecían no avanzar. Cuando sacamos las placas y las colgamos de la cuerda, ya se vislumbraban sendas siluetas, estremecedoras, cercándonos.

Esperamos en silencio a que se secaran los negativos, repetimos el proceso, y positivamos, aproximadamente, las imágenes. Junto a mi amigo volvió a aparecer la misma mujer, junto a mí... junto a mí se veía el rostro severo de un hombre que había marcado toda mi infancia con su terquedad y con su soberbia: mi padre.

Como en una película volví a recordar la conversación que había mantenido con el dependiente de la tienda. Él me lo había dicho claramente, aquella máquina era especial, aquella máquina no podía venderse, aquella máquina, en definitiva, elegía a sus propietarios.

Poco después de aquello me marché de Madrid para siempre, pero nunca me he separado de mi cámara. Durante este tiempo, algo más de un año y medio, he retratado a centenares de personas y, en casi todos los casos, siempre he encontrado, junto a ellos, alguna sombra, el rastro de un alma que sobrevive apegada a otra. Algunos dirían que son ángeles, otros, devoradores de energía. En cualquier caso mi máquina me ha descubierto que nadie viaja solo.

TEXTO REGISTRADO

sábado, 28 de enero de 2012

La extraña máquina de Bertram (Relato nº 364)



Autor desconocido


Bertram era un hombre pacífico y sonriente, tal vez algo tímido a veces que, en cambio, siempre parecía feliz. Su secreto, el único que poseía y del que se reían algunos de sus mejores amigos, incluso su esposa, era que había construido, él solo, una máquina única, una que casi todos desearíamos poseer a cualquier precio si pensáramos que es posible: la máquina de la felicidad.


Según sus propias indicaciones, la construcción de ese aparato, que no era más el esqueleto de una motocicleta antigua, encastrado en una gran caja de hierro y cristal de la que pendía un antiguo casco, estaba diseñado para sentir la felicidad directamente y sin filtros, sobre el cerebro.


Cuando le preguntaban con mucha ironía sobre cómo él, un hombre corriente sin gran formación científica, había sido capaz de crear algo tan extraordinario, él sonreía y contestaba, invariablemente: “Con paciencia y con mucha fe”. Según sus propias palabra, con aquella creación se podían experimentar momentos únicos nunca vividos con anterioridad. Se podía inventar el pasado y recrear el futuro construyéndolo a medida, en función de las necesidades de cada usuario.


Desde luego, según su creador, los ingredientes para su construcción habían sido sencillos, había añadido todos los momentos maravillosos de una vida, se había acordado de incluir entre ellos el impulso juvenil de soñar, la rebeldía que nunca había olvidado, la esperanza y la fe en el futuro que se llevan pegadas al cuerpo a los veinte años y todos los sueños cumplidos y por cumplir que habían conformado el mapa de su existencia.


A veces, cuando su esposa le veía allí sentado, al mando de aquella máquina fantasmagórica, aislado de la realidad por su casco decimonónico que parecía proceder de una sala de torturas, se preguntaba si realmente Bertram estaba en sus cabales, pero siempre salía de su pequeño viaje al interior de la felicidad con una sonrisa contagiosa que compartía con ella amablemente, con una mirada transparente llena de esperanza y con la decisiva convicción de que todo era posible si alguien se esforzaba lo suficiente como para intentar, realmente, alcanzarlo.


No hace mucho tiempo, cuando conocí a Bertram, pensé que se trataba de un lunático, como tantos otros que he ido conociendo al otro lado de la barra de este bar en el que los hombres vienen a dejarse las angustias cotidianas y a buscar una ternura y un amor inexistentes. Pero cuando me invitó a usar su invento, no tuve más remedio que aceptar, soy una vieja demasiado curiosa como para dejar pasar la oportunidad de volver a ser feliz. Aquella noche, me llevó a su casa, para mi sorpresa, sin intenciones lascivas, y me presentó a su esposa y a sus hijas, que le recibieron con la rutina del amor y la resignación del cariño, mientras me llevaba de la mano ante su extraño artefacto.


Tal vez debería haber sentido cierto recelo, pero era tal mi deseo de paladear, aunque sólo fuese por unos segundos, el dulce aliento de la felicidad, que me subí a él y me dejé manejar como una marioneta en las manos del enorme Comefuegos.


Al principio, cuando la máquina se puso en marcha, apenas sentí un ligerísimo ronroneo y, poco después, algo parecido al arrullo de una madre me envolvió. En mis gafas de latón, comenzaron a proyectarse imágenes concretas que mi cerebro aprehendía y traducía rápidamente, haciéndolas propias. Entre ellas estaban aquellas primeras escenas inconexas de la infancia que se conservan como tesoros dormidos, y los recuerdos de las conversaciones inocentes, entre la vergüenza y la osadía, y las insidias de los sueños inalcanzables, olorosos a fracaso por culpa de la inaccesibilidad de nuestros héroes, de nuestros músicos favoritos, de nuestros actores de culto, incluso de nuestros cómics más rebeldes, esos que, casi sin excepción, todos hemos olvidado en algún rincón polvoriento de nuestros armarios.


No se cuáles son los materiales que verdaderamente componían los nutrientes de aquel aparato, pero lo cierto es que logró borrar de mi alma esa pena que provoca la nostalgia cuando los sueños se van haciendo más lejanos, cuando vemos cómo los otros envejecen y nos comparamos con ellos y tenemos que admitir que también nos hemos hecho viejos; y salí de sus garras metálicas con la sensación de que aún todo era posible, que seguía dependiendo de mí la elección del camino y que nadie podría detenerme porque volvía a tener fe en mi esfuerzo. Entonces desee volver a luchar, por más grandes que pudieran parecerme los retos porque la felicidad, más que otra cosa, se compone de la energía y de la ilusión, de la renuncia al letargo y al abandono.


Me marché de allí agradeciéndole el regalo y asegurando a su mujer y a sus hijas que Bertram no era ningún loco, que poseía una inteligencia superior a la media y que su máquina, la máquina de la felicidad, era un gran logro que, por la modestia de su creador seguramente jamás llegaría a conocer el éxito mundial que merecía. Ellas me sonrieron cortesmente y estrecharon con calidez mi mano ilusionada antes de cerrar la puerta de su casa para siempre.


Dos años después de aquel encuentro, durante una larga tarde de verano en la que recordaba con agradecimiento mi visita a la máquina de la felicidad, cayó en mis manos un libro que replicaba algunas páginas de viejos periódicos en los que se hablaba con detenimiento de los ingenios decimonónicos más discutidos y, entre algunas descoloridas fotografías amarillentas, vi el retrato de Bertram, de pie junto a su creación, sonriendo, como entonces, al inquieto objetivo de una cámara insensata. Debajo de esas líneas, se describía el proyecto de ese investigador, que según rezaba el artículo, había desaparecido junto a su invento, su mujer y sus hijas, setenta años atrás, sin dejar rastro.



TEXTO REGISTRADO

viernes, 27 de enero de 2012

Cartas desde París (Relato nº 363)

Yvon

París, 9 de diciembre

Querida Elena:

Esta ciudad se obstina en su belleza indiferente y la envuelve en lluvia mórbida para que te recuerde aún más. No sé muy bien por qué he viajado hasta aquí ni por qué me he alojado en esta habitación y no otra del pequeño hotel que tantas veces habitamos. Hace tiempo que se me han olvidado los motivos por los que hago las cosas.

Mientras te escribo me asomo de nuevo al exterior y veo bajo las balconadas la hermosa parada de metro, con sus grandes tentáculos y sus rojos ojos de cristal que rasgan la lluvia y atraen hacia sus fauces a los pobres transeúntes inocentes. A pocos pasos se vislumbra la larga superficie multicolor de la tienda de Habib, tentadora de naranjas, de bananas, de tomates y de peras, en la que tantas veces nos detuvimos a comprar y a intercambiar algunas palabras que hacían saltar su nostalgia emigrada.

Es extraño, aquí nada ha cambiado a pesar de ser una ciudad en eterno movimiento. Apenas he llegado, he sentido ese enjambre de vidas y de ideas creciendo a impulsos en los pulmones nudosos de las grandes avenidas, he notado cómo empujan los huecos inocentes de las mentes, cómo se rebelan y se instalan en la recámara de la memoria y cómo expulsan las sombras y las telarañas de las viejas ideas.

Aún no he tenido tiempo de recorrer nuestros lugares, ni me he preocupado de la maleta que yace sobre la cama impersonal, olvidada por culpa de esta urgencia de escribirte y, ahora que la miro de nuevo, más despacio, me parece un animal dócil a la espera de mis manos, y me conmueve recordarla en otras habitaciones de otros tantos lugares de la Tierra.

Pero no voy a entretenerme en lamentaciones de viejo: el mundo palpita a mi pesar al otro lado de este balcón entreabierto y voy a verlo una vez más antes de que se me agoten las ganas.

París, 11 de diciembre

Querida Elena:

Te escribo desde los ventanales sin párpados de esa cafetería que mira a Notre Dame con la nostalgia de quien ya no puede recuperar el tiempo pasado. He caminado bajo el frío y la lluvia sin detenerme y tengo el alma seca y helada. Sin embargo, el sutil aroma del chocolate caliente me reconforta y me descubro intentando comprender porqué retorno una y otra vez a este lugar desde que he vuelto.

Hoy los bouquinistes apenas han abierto sus fabulosas conchas de madera, tal es el viento inhumano que arrasa las avenidas, pero siempre hay quien desafía la congoja que provoca el frío y se deja arrastrar a las orillas de este río femenino y distante, orlado de grabados y de palabras impresas.

¿Recuerdas las tardes sin prisa en los cafés de Saint Germaine des Pres, las librerías de segunda mano en Saint Andrés de les Artes, las largas conversaciones en el restaurante vacío del hotel, cuando ya nadie más que un camarero desdeñoso escuchaba nuestras palabras incomprensibles? Y ahora vago por la tierra como si me doliera la vida y creo que tú, aún no se cómo, me has traicionado.

¡Qué extraño! Me ha venido esa idea como una revelación y ha logrado arrancarme del dolor para llevarme a la rabia y, por primera vez desde que te fuiste, siento de nuevo la punta de mis pensamientos, como si me hubiesen arrancado una capa de piel y el tacto desnudo lacerara mis sentidos.

Aún no se muy bien hacia dónde me conduce esta nueva angustia, esta nueva oleada de ideas opacas y de furia que me está conquistando sin apenas darme cuenta.

He de reflexionar, he de esperar a que esta polvareda de nuevas ideas ideas repose y me deje ver el horizonte.

París, 12 de diciembre

Querida Elena:

Hoy veré una vez más tu sala favorita del Louvre, me sentaré ante ese cuadro ingenuo que tantas veces contemplaste con los ojos llenos de lágrimas y cogeré de nuevo mi cuaderno para escribir ideas inconexas, como hacía entonces.

¿Recuerdas cuando imaginábamos los fantasmas de palacio escondiéndose entre los visitantes del museo? Cómo reíamos con la idea de recrear el pensamiento mustio de esas almas en pena, con su pasado empolvado de cabezas cortadas, y ahora me siento como ellos.

Se me va haciendo extraño recordar todas las cosas que hemos compartido, las suelas de zapatos que hemos roído con el instinto furioso de nuestra desazón, las voces que hemos escuchado, herméticas e incomprensibles, en todos los esquinazos de la tierra. Pero ahora todo me resulta muy lejano, como si viniese de un sueño que no era realmente el mío.

¿Recuerdas Chartier, con sus altos techos y su comida sencilla? Hoy he vuelto a sentarme ante sus mesas pero nada ha sido igual. Los camareros me parecieron sombras tristes y la madera acogedora me recordó la ostentación dañina de los ataúdes.

¿Te he dicho que ahora puedo entrar de nuevo en la Bibliotheque Nationel? Sí, entro y huelo los libros antiguos, rastreo entre sus ángulos y recorro cada mota de polvo, como cuando tú te sentabas ante el pupitre oscuro como una estudiante aplicada con el rostro surcado de arrugas y el labio inferior ligeramente adelantado en una mueca infantil, concentrada en los renglones de un volumen cualquiera, pero ahora tú no estás allí y nada me retiene entre los nombres y las palabras sofocadas en susurros...

París, 13 de diciembre

Se me disuelven los recuerdos como infamias y me vomita el alma un respeto rabioso a tu traición. Puedo imaginarte intentando convencerme de lo absurdo de esta desesperación de náufrago que se ha apoderado de mí de pronto y eso aún me enfurece más.

Ha sido el recuerdo perdido el que ha venido a encontrarme precisamente aquí, bajo la cúpula del Museo de Orsay, mientras recordaba la última vez que lo visitamos juntos y justo en ese momento te he visto pasar del brazo de otro hombre al que jamás antes había visto y he recordado, con un dolor insoportable, cómo me quitaste la vida aquella tarde con la excusa de evitar mi sufrimiento, el desgaste corrosivo de una enfermedad incurable y progresiva que me dejaría agarrotado e inmóvil sobre una silla de ruedas.

No te he visto triste, no me ha parecido que tu cabello hubiera encanecido, ni que tu piel se hubiera marchitado y en ese momento he querido estar en otra parte, en tu habitación de hotel y allí me ha dirigido mi conciencia sin física ni fricciones. Pero no has elegido el mismo lugar que nosotros frecuentamos, sino que ocupas un dormitorio más confortable, en un establecimiento más caro y elegante.

Junto a la puerta he visto tu maleta azul fielmente instalada junto a esa otra, desconocida y masculina, tan distinta a la mía, pero que ha ocupado mi lugar y una rabia infinita me ha dejado en carne viva y he deseado romperlo todo, dar rienda suelta a mi locura, pero finalmente he decidido regalarte estas cartas, con todo su recado venenoso con el que despertar tu culpa y tu miedo. Las dejaré sobre el almohadón de tu cama y esperaré tranquilo, aquí sentado en la butaca, ingrávido, hasta ver cómo se dilatan tus pupilas por el miedo al ver mi letra en estos sobres, cómo lloras de vergüenza y de terror al leer sus líneas y cómo se rompe para siempre tu juventud traidora al sentirte descubierta y maldita.

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jueves, 26 de enero de 2012

Secretos (Relato nº 362)

Autor desconocido

Acarició su piel cálida y torneada sin urgencia. Había saciado la pasión, había mordido, besado, lamido y traspasado ese cuerpo en todas sus posibilidades, había consagrado sus cinco sentidos a la desenvoltura de sus miembros, al movimiento rítmico, a la forma de su nuca, a la melena siempre agreste, a los secretos de las ingles. Había visto los ojos entornados, la fugacidad de los delirios, había computado los jadeos, las torsiones, los gemidos y ahora se deleitaba en el silencio, los cuerpos desnudos sobre la tarima seca de la caseta de verano, los rayos de sol, impertinentes, rasgando la piel húmeda que reposaba junto a él.

- Ha sido hermoso. – Dijo levantándose para buscar un vaso de agua fresca – Espero que también tú lo hayas disfrutado – Añadió. Pero ella no respondió. Parecía dormida, tenía la cabeza girada hacia la puerta y reposaba de costado. Parte de la melena le cubría la cara y un brazo, plegado, descansaba sobre la cintura.

Él volvió a tenderse. Pasó las yemas de los dedos por su hombro, olió su pelo, a la altura de la nuca, acarició la curva de las caderas relajadas y cerró los ojos.

Hacía mucho calor, todas las ventanas permanecían cerradas, el griterío pacífico del bosque del estío bailaba al otro lado. Con el cansancio sintió que se hundía en un sueño lleno de sombras movedizas en el que sentía de nuevo las caricias, el misterio de los ojos entreabiertos, la pátina brillante de sus labios.

Al despertar notó de nuevo la pulsión del deseo, la fuerza irrefrenable del cuerpo que se alzaba vigoroso e impertinente y la buscó, atrayéndola hacia sí sin pedir permiso, sin demorarse en el ritual que antes había completado. Ella quedó tumbada boca arriba, la mirada entornada, los cabellos lacios cubriendo en parte el rostro. El cuerpo entumecido no opuso resistencia y atravesó de la frontera fácilmente y luego navegó con desaliento, con urgencia, con miedo, con asco, con temor, porque ahora ella estaba fría, y el cuerpo que poco antes había estado vivo, no pudo ya complacerle.

Frustrado se separó y dejó lo caer la madera polvorienta, ahora no era ya más que un cadáver que no podría volver a satisfacer sus fantasías. Tendría que encontrar otra mujer que le quisiera, otra criatura amable que atendiese sus preguntas y que cayese en su trampa de hombre inofensivo. Después, como a ella, la llevaría inconsciente hasta su casa y la haría la corte, a su manera,: rodeando el cuello sedoso con sus manos para dejarla mansa y accesible, para hacerla suya.

Más tarde desvestiría lentamente el cuerpo perfumado, rememoraría el ritual del cortejo que tanto le gustaba, acariciaría con admiración los rincones prohibidos y reconstruiría la belleza animal de sus instintos hasta satisfacer su compulsión por unas horas.

La tarde declinaba ya en el bosque cuando un fuerte chapoteo revolvió el lago en la zona más alejada de la carretera. Poco después el agua inquieta se calmó de nuevo ocultando otro cuerpo y las largas sombras de los árboles cómplices alineados como huestes funerarias, guardaron de nuevo su secreto.

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miércoles, 25 de enero de 2012

En cadena (Relato nº 361)

Chema Madoz

Si me hubiera retrasado tan sólo un minuto, tal vez treinta segundos, nada de esto habría ocurrido. La vida es una cadena de circunstancias fortuitas, una concatenación de casualidades y de decisiones que llevan asociadas consecuencias imprevisibles.

Pero la conversación con María se demoró sólo un poco más de lo esperado y cuando me volví, vi que el semáforo estaba en verde para los peatones y di un paso hacia delante, seguro, despreocupado, alegre. No pude ver el brillo amenazante del vehículo que bajaba la avenida como un rayo, devorando la distancia enloquecida entre los otros coches y me arrolló, haciéndome volar como una pluma sobre el rojo resplandor de su chapa bruñida por el sol.

También para Elvira, la conductora del vehículo, la casualidad fue la responsable de su desdicha porque si no se hubiera olvidado las llaves en la oficina y no hubiera tenido que volver a por ellas, no habría escuchado la conversación de su jefe con el responsable de personal, quejándose de su conducta y solicitándole su sustitución inmediata por otra persona y habría llegado a tiempo a la puerta del teatro, donde la esperaba su novio. Pero en vez de eso, comenzó una discusión airada en la que, movida por la impotencia vomitó su rabia y su frustración y, por lo tanto, fue fulminantemente despedida. Como consecuencia de todo ello, salió de allí dando un portazo, se subió a su utilitario y condujo precipitadamente por la ancha avenida mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, de forma que no pudo ver el semáforo que se ponía en rojo ni el peatón que comenzaba a cruzar la calle.

Pero posiblemente la culpa de toda aquella tragedia la tenía la carta que había llegado a manos de Elvira precisamente esa mañana y que iba dirigida a Francisco Rubio, su jefe. En ella alguien reclamaba, con un tono que tenía cierto aire de extorsión, una importante cantidad de dinero y, a pesar de que puso enseguida el documento sobre la mesa del destinatario haciendo como que no lo había leído, él, que cada día se detenía en la primera planta para sacar un café con leche de la máquina, ese día subió directamente y la vio salir de su despacho después de haber dejado algo sobre su mesa.

Y es que si Francisco no se tomó un café como de costumbre, fue porque la noche anterior había estado cenando en un restaurante mexicano y seguía teniendo el estómago revuelto por culpa de los picantes y del tequila con el que se había animado hasta el punto de decidirse a cantar en un karaoke donde las casualidades del destino hicieron que se encontrara con un viejo compañero de estudios al que hacía al menos veinte años que no veía y que, aunque Francisco lo ignorase, como es natural, se dedicaba profesionalmente a la extorsión de yupies como él, que ocupaban cargos intermedios en grandes organizaciones, eslabones endebles de las grandes cadenas que, por culpa de algún pequeño desliz, se hacían fáciles de manejar.

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martes, 24 de enero de 2012

Bosque boreal (Relato nº 360)


El bosque olía a humedad, a resina y a rumores menudos como roces. El sol se colaba entre las altas ramas indecisas y peinaba de líneas los troncos aún desnudos.

Él se detuvo y sintió el viento, los movimientos ocultos de los pequeños animales que se movían al amparo del follaje. Se mantuvo inmóvil, alerta, durante unos minutos y después reaccionó bruscamente, se giró y pudo ver la cola esponjosa de una ardilla perdiéndose en la espesura.

Caminó un poco más, siempre hacia el sur, sintiendo su peso sobre el barro cremoso y nutritivo de la primavera. El aire estaba lleno de mensajes: la voz del mirlo en las ramas, el respingo del tordo, el paso pesado del alce, el vozarrón del oso, temible, reinando entre los árboles como un patriarca. El mundo despertaba y él mismo se llenaba de energía.

Se apostó detrás de la roca, escuchó atentamente, el aire le trajo el aroma de la juventud, la torpeza de la inexperiencia y se le encendieron los instintos. Aguzó el oído: sí, ahí estaba, ahí se asomaba el cervatillo inocente, rezagado, palpando el mundo con sus dos anchos ojos torneados. Sintió la saliva cálida invadiéndole la boca, el trote acelerado del corazón anhelante, el impulso del cuerpo que se agazapaba y preparaba la piel para la carrera.

Pero el berrido ancho del padre le retuvo, esperó un poco más, estudió la reacción del cachorro, atento pero desorientado, y el berrido se repitió de nuevo, anhelante, algo más lejano, rebotando en los troncos encerados y el cervato inició el camino de retorno demasiado tarde, cuando el lobo astuto ya se precipitaba sobre él, dando un salto preciso, redondo, envolvente que le permitió hincar sus dardos afilados en la garganta tierna que se partió, con un dulce chasquido, justo cuando iba a gritar para pedir auxilio.

El lobo se detuvo entonces, jadeando, para auscultar los ruidos de la tierra, el corazón aún enloquecido, pero las voces de los otros ciervos se alejaban y él tiró del cuerpo manso hacia la espesura, se parapetó y comenzó a despedazar la carne lentamente, paladeando el sabor acre y untuoso de su inocente presa.

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lunes, 23 de enero de 2012

Geneto-robótica (Relato nº 359)

Autor desconocido

El grupo revolucionario de los parabiológicos reivindicó el atentado contra la sede de la Secretaría de Estado de Genética Robótica. La fachada resultó deteriorada superficialmente y no hubo víctimas, nunca las había.

Se trataba de un extraño equilibrio administrativo de forma que los que tenían sus cuerpos orgánicos intactos y con fecha de caducidad, luchaban periódicamente con los que habían ido sustituyendo partes de su anatomía por órganos robotizados perfectamente integrados en sus cuerpos imperfectos, que eran quienes ostentaban el poder.

La juventud eterna había dejado de ser un sueño con la llegada de la manipulación genética, pero la mayoría de los ciudadanos quería también potenciar sus cualidades físicas y por eso acudían masivamente a las clínicas para someterse a implantes robotizados a pesar de que los parabiológicos seguían poniendo en entredicho la seguridad de esas herramientas innecesarias.

Precisamente por ese motivo, sesenta y tres años atrás, se había fundado un comité investigador del que sus miembros originales seguían formando parte. Ellos fueron los que, en la clandestinidad, impulsaron el desarrollo de la fusión genético-robótica de algunos seres humanos. Pero esos estudios estuvieron prohibidos y severamente perseguidos.

Sin embargo, como suele ocurrir, con el paso de los años, fueron aceptados y desarrollados con el apoyo de la mayor parte de la sociedad, como implantes quirúrgicos útiles en enfermos crónicos y en traumas agudos motivados por accidentes. Hasta que su utilización se extendió de tal forma que los genéticos puros fueron arrinconados y considerados como una secta ultraortodoxa que pretendía la involución de una sociedad perfecta.

La pobreza, la desigualdad extrema, el hambre y las enfermedades infecciosas habían sido prácticamente erradicadas, salvo las mutaciones víricas controladas que cada año se hacían circular extraoficialmente con el fin de erradicar a unos pocos centenares de ciudadanos de forma que se mantuviese el equilibrio numérico de la población bajo control.

El equilibrio, por lo tanto, era el título fundamental de la constitución de Pan-Europa. El mínimo de individuos era destruido y la civilización se autogestionaba como un organismo vivo sin graves trastornos ni consecuencias sociales.

En ese entorno había crecido Gustavson. Nieto de uno de los fundadores del comité original de investigación genético-robótica siempre había aceptado con normalidad el poder de la colectividad sobre el individuo.

Sin embargo, en algún momento, su percepción de la realidad cambió bruscamente, tal vez cuando comenzó a investigar, prudentemente, fuera de los circuitos de información establecidos por las videotecas y a recalar en viejos almacenes obsoletos frecuentados únicamente por los genéticos puros.

Es posible que la falta de alicientes de una sociedad perfecta le empujasen a buscar un cierto grado de aventura o que la aparente coherencia de los postulados y las leyes sociales le hicieran buscar encontrar mecanismos con los que rebatir sus tesis. Pero también es probable que sólo el aburrimiento le animase hacia esos márgenes oscuros, aunque legales, convirtiéndose en uno de los miembros más activos del grupo revolucionario de los parabiológicos.

En concreto su extenso conocimiento en ingeniería biológico-mecánica fue el detonante de todo lo que ocurriría más tarde. Trabajó durante dos años en la arquitectura de su programa: un proyecto simple, demasiado simple como para ser detectado con los controles periódicos del gobierno, un virus informático que se instalaba en los miembros robotizados de forma insensible, a través del contacto de la piel sintética con cualquier elemento mecánico y que dejaba el órgano bloqueado en una primera fase y, posteriormente se aislaba de tal manera que perdía el riego sanguíneo, se secaban los tendones y los nervios y dejaban las prótesis inservibles, como hojas secas.

Ninguno de los implantados afectados pudieron volver a instalarse recambios de las mismas características porque su cuerpo los rechazaba violentamente. Incluso muchos de ellos perecieron como consecuencia del contagio del virus a las zonas biológicas del cuerpo en las que se presentaba como un proceso de deshidratación agudo que transformaba en polvo todo lo que tocaba haciendo que el individuo pereciese en poco tiempo.

Por supuesto existía una cura para ese virus y, el único requisito para poder acceder al antídoto consistía en la declaración pública en contra de la implantación de mecanismos robotizados en cuerpos sanos. De manera que se sacudieron los cimientos de una sociedad perfecta, equilibrada y soportablemente infeliz y comenzó de nuevo la lucha por la felicidad, por la supervivencia, por la perfección y, en definitiva, por la vida.

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domingo, 22 de enero de 2012

Katja (Relato nº 358)

Autor desconocido

A Katja le hubiera encantado que existieran los superhéroes. En una ocasión, cuando tenía 6 años, encontró un cómic abandonado junto a una papelera y vio a un hombre capaz de volar que salvaba a una niña como ella de una tragedia. Desde entonces, todas las noches, rezaba a dios o al superhéroe, dependiendo de lo que hubiera ocurrido a lo largo del día, para pedirle que la sacara de aquel infinito vertedero en el que vivía desde que nació.

Sin embargo eso no fue siempre, así porque antes de que fuera a la ciudad con su padre, meses atrás, y viese otros niños y otras familias que vivían de forma muy diferente, ella siempre creyó que vivir entre las ratas, pasando frío en invierno, sucia de infelicidad y de cansancio, era normal.

Después llegaron los hombres del ayuntamiento que destruyeron sus desgastadas chavolas llenas de corrientes y tuvieron que volver a construir otras, igual de endebles, igual de frías, igual de injustas.

Pero las cosas no comenzaron a torcerse del todo hasta que ella no enfermó y tuvo que ir al hospital con su padre, que apenas se entendía con los médicos, esos seres extraños vestidos de blanco y de verde que la miraban y la tocaban como si no hubiesen visto una niña en su vida y, más tarde, llegaron los otros hombres del ayuntamiento, los que movían la cabeza pesarosos escuchando las palabras incomprensibles de los doctores y mirándola de vez en cuando, como quien mira a un animal herido que no quedará más remedio que sacrificar.

Y, finalmente, llegó el día en que se la llevaron del hospital blanco, limpio y cálido, de nuevo al vertedero, a la casa insignificante, al hambre y a la tristeza de la madre que revolvía la basura ajena en busca de algo con lo que sacar algunas monedas para sobrevivir.

Y así se repitieron los días y las noches y las visitas del párroco con jerséis y cartones de leche y las promesas de que todo mejoraría, y la esperanza definitivamente rota, hasta que una mañana llegaron los del servicio social y subieron a Katja en una furgoneta y se la llevaron para siempre. Mientras se alejaba, vio a través de la ventanilla a su madre rota, con el rostro arrasado de lágrimas y una apatía impotente en los brazos colgados a ambos lados del cuerpo que le confirmaron que nunca más volvería a aquel lugar.

Después volvió a ver a su madre varias veces en la sala de visitas, cada vez más vieja y más sucia y más maloliente y enferma. Y ya no la abrazaba como al principio cuando la veía, llena de felicidad y hasta deseaba que se fuese cuanto antes si se prolongaban demasiado las miradas tristes y los silencios y, con el paso del tiempo, también las visitas se fueron espaciando y cada vez la vio menos y, lo peor de todo, cada vez la echó menos de menos. Pero no le importó. Es verdad que esa casa era dura, que los demás niños eran crueles, que aprender el idioma fue difícil, pero no pasaba frío, ni hambre, ni le daba miedo, por las noches, que las ratas saltasen a su cama y la mordieran.

A pesar de eso, a veces, por las noches, en silencio, seguía rezando al superhéroe o a dios, e imaginaba cómo sería ser mayor y ser libre y atravesar las puertas de ese mundo sin caricias pero con juguetes y libros y lapiceros y camas confortables, y caminar y vivir por las calles asfaltadas de casas alineadas, con olor a ropa recién lavada y a pasteles en el horno.

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