Ella avanzó unos pasos, sin llegar al borde peligroso que divide en dos el camino entre el viaje y la vida, y un ritual de puertas neumáticas, empujones y retiradas corteses, precedió la rutina de legiones de zapatos que, como coleópteros ansiosos, patearon la superficie gomosa del vagón, en busca de un lugar en el que sentar el cansancio.
Al sonar el silbato, como siguiendo una pauta mística, un rumor de páginas invadió el aire pequeño del tren. Libros, revistas, cuadernos de notas y periódicos se abrieron como flores mostrando sus secretos, y las miradas quedaron prendidas por una atracción invisible, que las arrastró al fondo de mareas de historias: armas poderosas contra la carcoma repetitiva de los días.
Nadia revisó todas las posturas, reconoció todos los bolsos y carpetas, recuperó todas las memorias olvidadas en el titilar enfermizo de las vías y las anotó en el fondo de su memoria, para llenar con ellos las hojas en blanco de su cuaderno de instantes.








































