martes, 14 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 15

13 de agosto de 2018

Ayer fui al cine. Me senté en una butaca, en la penumbra de la sala y esperé, como un niño, a que comenzara la película, pero antes tuve que soportar quince minutos de publicidad ramplona y analfabeta con la que pretendieron venderme unas golosinas que me harían feliz, unos viajes en un barco que parecía una cárcel flotante en la que solo aceptasen pasajeros de bajo rendimiento intelectual; y un coche que, por los efectos beneficiosos de la producción alemana en serie, lograría librarme de todos los embotellamientos además de convertirme en un ciudadano libre y dichoso.
Después comenzó la película. No estoy seguro de recordar completamente el argumento. Incluso creo que en más de una ocasión me quedé profundamente dormido. Aunque, con la asepsia propia de la urgencia del mundo en el que vivimos, al terminar la cinta, y cuando aún comenzaban los primeros acordes de la banda sonora que da pie a los títulos de crédito, la luz de la sala se encendió violentamente y me dejó enceguecido y confuso durante unos momentos como si alguien pretendiese pillarme
con las manos en la masa en la comisión de algún delito.
En fin. Creo que no volveré a una sala de cine en mucho, mucho tiempo.


G.M.

domingo, 12 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 14

12 de agosto de 2018

Esta mañana al despertar me he sentido envuelto por un cálido aroma de café recién hecho. Hacía mucho tiempo que no despertaba así, desde que Elena se narchó. Pero parece que alguien nuevo ha venido a ocupar el piso de al lado y se ha levantado temprano para poner al fuego una de esas viejas cafeteras metálicas que bombean como un corazón bien entrenado.

Por un segundo he tenido la tentación de pensar, como en algunas películas románticas, que todo lo que ha pasado en este tiempo no ha sido nada más que un mal sueño, una visita del fantasma de las navidades futuras para alertarme de mi suerte. Pero al sentarme al borde de la cama he vuelto a sentir el dolor insoportable de mis huesos y he fijado una vez más la mirada en ese pedacito de papel pintado que se despegó de la pared hace ya mucho tiempo y que ha ido doblándose hacia abajo, lastrado por el peso del abatimiento día tras día, hasta dejar un buen pedazo desnudo en la pared.

Y entonces he pensado en Emilio, ese personaje que me viene picando en los dedos desde hace unos días y que tanto me gusta. Él seguramente refunfuñaría, hablando solo, al avanzar por el pasillo hacia el cuarto de baño. Y seguiría hablando con voz enronquecida al intentar orinar dignamente a pesar de la rebeldía que tiene el cuerpo cuando todo es tan viejo que no hay articulación que no cruja ni uretra que responda a la primera.

Este pensamiento me hace sonreír. Me divierte imaginarle así, con la mano extendida sobre los baldosines amarillos y la mirada fija en salva sea la parte, esperando el milagro.


G.M.

sábado, 11 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 13


11 de agosto de 2018

He estado ausente de todo, incluso de mí mismo, durante unos días. Nada me impulsaba a comunicarme, así he guardado silencio. A veces el silencio cura o, al menos, ahoga ciertos pensamientos negativos, los asfixia, los convierte en ceniza.

De vuelta en mí, me encuentro exactamente en el mismo apunto de partida. Aquellas viejas exhortaciones al disfrute de la vida que un día fueron tan míos, ahora me aburren, me parecen mantras vacíos, mensajes publicitarios para almas huérfanas de inteligencia, eslóganes cargados con venenosas mentiras: “Tú tiempo es tuyo”;  “vive tu sueño”; “Disfruta de tu libertad”; “carpe diem”...

Compramos aire y dejamos en los anaqueles olvidados del trastero las cosas que algún día realmente fueron importantes. Miro, escucho, leo todo lo que cae en mis manos y la mayoría del tiempo me aburro. Me aburre la bravuconearía de los presuntos “nuevos talentos” y la majadería de la rica burguesía que devora cualquier cosa envuelta en papel dorado.  Escucho músicas que me parecen ya escuchadas y como nuevas creaciones culinarias que me parece haber comido miles de veces antes. 

Pero la tarde languidece. Felicitémonos de que termine el día. Una jornada más, una jornada menos. Al menos la molicie del tiempo es fiel a sí misma. 


G.M.

sábado, 4 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 12


4 de agosto de 2018 

Comienzo, en estas mismas páginas, un nuevo proyecto que seguramente quedará a medias pero que ha venido a mí  y no tengo más remedio que derramarlo aquí. No sé cuánto de esté personaje me representa y cuánto es fruto de la observación de los demás, pero eso ahora no importa. Procedo, pues, a anotar las primeras líneas de mi nuevo trabajo:

“Emilio iba rumiando entre dientes mientras avanzaba por la Gran Vía, cabizbajo, huraño, ceñudo. Miraba de reojo las sombras que se le iban cruzando por delante, dejándole atrás con su lentitud arbórea y su grisura de postguerra:
“Los seres humanos somos grotescos.- pensaba - Esas gordas de culos prietos en los que queda sepultada una braga fina como hilo de coser; esos hombres de traje y corbata a las cuatro de la tarde de un agosto canicular, con la respiración y la circulación retenidas; esos bebés vestidos a la moda de los peores años de la guerra y el hambre del siglo pasado, con las gomas oprimiéndoles las Inglés inocentes.
Si, los seres humanos somos grotescos. Animales salvajes jugando a la civilización. Excrecencias intelectuales dirigiendo el curso de las sociedades “modernas”, lobos vestidos de payasos que empujan a los hombres a un abismo ciego.

Emilio se detuvo, encorvado, sudoroso, recorriendo con la mirada acuosa y desventrada la fila interminable de compradores obsesivos que se formaba delante de un negocio de ropas baratas.

“Idiotas. Ganado envilecido por la avaricia de las ofertas insustanciales que los convierte en esclavos.”
Alguien le empujó sin piedad al pasar haciéndole tambalearse entre el gentío brillante de sudor y de codicia. 
Maldito trol deforme de gimnasio.

Aún no sé nada más de Emilio. No sé cuál es su historia, pero me gusta. Quién sabe, tal vez pueda capturarlo Iara siempre.


G.M.

viernes, 3 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 11



3 de agosto de 2018


Hoy no tengo nada que decir. Nada que decirme. A menudo pienso en la muerte, incluso en el suicido. Juego con la idea del fin, me acuno en la felicidad de la nada, en no tener que afrontar más problemas, en no tener que volver a salir a la calle para comprar lo necesario para sobrevivir, en no tener que levantarme cada mañana para ganarme un pan que cada día me sabe más amargo. 

G.M.

Diario para el olvido. Día 10



2 de agosto de 2018

Ayer me olvidé de escribir. Fui tan feliz durante unas horas que no necesité mi dosis. Volví a encontrarme con mis viejos amigos en el café de siempre y las conversaciones fluyeron y se bifurcaron durante horas. No había sido consciente de cuánto añoraba el contacto humano hasta ayer. 
Las mismas sonrisas, más gastadas, es cierto, y la misma conexión, chispeante. Nos quitábamos la palabra, nos asombramos  de haber leído a los mismos autores, incluso de haber llegado a las mismas conclusiones. Fue una catarsis vibrante que me llevó de vuelta a los 20 años, cuando creíamos estar construyendo un nuevo mundo al otro lado de una dictadura tenebrosa. 
Sí, durante unas horas todo brilló, todo volvió a ser como antes de dejarnos ir, de permitir que muriese la esperanza avisada por la resignación y el desaliento, anegadas por las obligaciones sobrevenidas. Pero no somos tan viejos. Yo no soy tan viejo. Aún puedo vivir una vida más, tal vez la última, si, pero quizá también la definitiva, aquella para la que siempre me creí predestinado. Tal vez, por qué no, aún pueda disparar la última bala, hacer el último intento antes de desaparecer para siempre por el sumidero de la vida.


G.M.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Diario para el olvido. Día 9



31 de julio de 2018


La televisión orina noticias insustanciales, recicladas e infladas para atraer a una audiencia adormecida por el reposo y la calima. Escucho de fondo mientras me siento a la mesa junto a un café humeante para escribir estas líneas. Un niño llora enquistado en la noche tórrida y me recuerda aquella época en la que al abrir las ventanas sedientas al aire nocturno se escuchaba el eco repetido de la única película que emitía la televisión, duplicada y aumentada de muro en muro hasta convertir todo el barrio en un cine de verano dodecafónico. Recuerdo el olor seco del asfalto y a las mujeres que baldeaban las calles y los balcones para refrescar apenas el aire denso y pegajoso. Recuerdo la sensación extraña de plenitud y de eternidad que me provocaban esas noches, olorosas a presagios victoriosos y a esperanza. Qué diferente me parece todo ahora, cuando el aséptico futuro prometido por el cine y la literatura no es más que una copia repintada de aquel pasado.

G.M.

martes, 31 de julio de 2018

Diario para el olvido. Día 8

30 de julio de 2018

He revuelto desesperadamente todos los cajones, las cajas y los anaqueles de mi biblioteca para encontrar otro cuadernillo escolar hasta encontrar éste.

Tiene algunas páginas nerviosamente garabateadas, pero parecía estar esperándome sepultado en el interior de un libro de consulta sobre el arte prerománico en España. Era uno de esos cuadernos que desfloraba con pasión en el inicio de cualquier proyecto que, por supuesto, jamás llegaba a buen término.

En cuanto lo he visto me he tirado sobre él como un sediento decidido a describir a los náufragos que recorren la ciudad semi desierta ahora que los veraneantes dejan hueco a los que solo salen cuando los demás no están.

He recorrido las callejas más conflictivas y he visto que hasta los carteristas se turnan en el descanso estival y dejan a los turistas felices, paseando en ropa de playa por una ciudad que tiene la costa más cercana a más de trescientos kilómetros.

Sonrío, si, sonrió por primera vez después de mucho tiempo porque puedo decir todo lo que quiero, puedo bromear conmigo mismo, puedo divertirme ironizando sin miedo, puedo describir a los demás tal y como los veo, sin ocultarme, sin maquillar mis palabras para no ser reprimido.
G.M.

lunes, 30 de julio de 2018

Diario para el olvido. Día 7




29 de junio de 2018

Anoto cosas absurdas en este cuaderno, cosas insustanciales que no le interesan a nadie, ni siquiera a mí y, aun así, me estoy acostumbrando a tenerlo cerca. Me relaja saber que puedo lamentarme sobre sus páginas o dar fe de cualquier cosa, de cualquier sentimiento o reflexión que, de otra manera, se perdería para siempre.
Es extraña la compañía que puede hacer un simple cuaderno escolar, insulso, descolorido, viejo. Mi nuevo amigo, mi perro fiel que no requiere atención, ni cuidados, ni caricias. Me vierto en él, a veces melancólico, a veces cínico, según mi mente se levanta cada día, y me vacío, sin miedo a que otros puedan leerlo, a que me juzguen, porque no espero sobrevivirme en ellos. ¿Quién podría interesarse por lo que escribo? Cuando alguien vacíe este piso minúsculo, lleno de fantasmas, venderá al peso todos estos libros polvorientos que construyen los muros de mi refugio anónimo.

La vida es tan extraña. Me encadeno a este cuaderno olvidado justo ahora que pensé que nunca más lo intentaría, que jamás volvería a levantar el bolígrafo para escribir siquiera un párrafo; justo ahora que ya no me importa nada, ni la literatura, ni el éxito, ni las ventas, ni la misma vida y, sin embargo, alargo artificialmente cada idea para demorarme un instante más, una línea más, antes de separarme del humilde papel pautado que ya me obliga a apretar la letra para no consumirlo demasiado pronto, para no verme obligado a pensar en sustituirlo por otro, menos dócil, menos viejo, menos afín.
G.M.

Diario para el olvido. Día 6

 

28 de julio de 2018

 
Calor. Las persianas bajadas, el silencio sofocante del verano detiene el tiempo en una burbuja insoportable. La calle arde y yo me remuevo sobre la sábana, suavemente azotado por el aire del ventilador que rumia, lentamente, la misma sinfonía mecánica. En la radio flota una voz insustancial. Contenidos de verano, charlas repetidas, martilleantes, que me hacen compañía y me acunan entre el sueño y la vigilia. La ciudad deforme se abomba al otro lado de las ventanas ciegas, construyendo espejismos que nadie puede ver excepto yo, que me asomo y para contemplar a la feroz bestia que abrasa y destruye todo lo que toca, con sus fauces del infierno. O tal vez no la veo, tal vez es solo la prolongación de este sueño inquieto que provoca la siesta cuando el cuerpo y la mente, reventados por el agotamiento, se adentran en el mundo incomprensible de uno mismo.
Calor. Las persianas bajadas no dejan pasar el aire y me asfixio a fuego lento entre alucinaciones bosquianas que me aterran y me atraen al mismo tiempo.
 
G.M.

sábado, 28 de julio de 2018

Diario para el olvido. Día 5





27 de julio de 2018

El cuerpo me traiciona. El vientre que se refleja en el espejo de mi cuarto cada mañana me resulta ajeno, laxo y abombado como una almohada reventada. No me siento identificado con esa figura chaparra y encogida que me observa con rencor desde el alumbre distorsionado.
No hay tregua ni dentro ni fuera de mi. Mi cabeza trabaja y se retuerce, me enfrenta a las cosas que no quiero ver, me obliga a seguir viviendo.
El mundo que me rodea es como yo: grotesco y vacuo. Al salir esta mañana del portal he encontrado una pequeña torre de vasos de plástico apilados, medio llenos, medio vacíos, quién sabe. La acera olía a orines, unos manchones densos, de vomito, salpicaban la pared de enfrente. No puedo, no quiero seguir. Me pesan los años acumulados de decepciones, me pesa el convencimiento de que nada de lo que yo pueda hacer mejorará las cosas.
¿Soy viejo? Posiblemente si, pero sobre todo me siento vencido.
A través de la ventana veo el último eclipse lunar. Aún durará unos minutos más. Me parece tan arrogante el hombre, viviendo sus miserias inconfesables como si realmente fuese el centro del universo. Pero en realidad solo somos unas criaturas deleznables que habitan un pequeño globo, una bola de Navidad flotando en precario equilibrio en mitad del universo.
Es hermosa esta luna, pero una franja de luz ya comienza a devorarla y la ensoñación infernal se retira lentamente para devolvernos a la ficción de normalidad en la que dormitamos siempre.


G.M.