Contra el cielo,
contra los vientos dementes que lamen tu pelo,
contra la tierra aterida, hijo mío,
crece el amor que te profeso.
Con él construyo murallas que te abriguen.
Con él detengo tempestades
y esculpo los días de tu ausencia
para sentirte cerca.
Y en la esperanza que emanas,
los estambres del aire
ponen hilos de plata a tus pies,
alimentan la dulzura de tus ojos,
afilan tu inteligencia,
construyen politopos en tus sienes.
De la crisálida del niño que fuiste
ha nacido el hombre extraordinario,
la mente exploradora,
la mirada calma,
la hermosa sonrisa dormilona.
De la piel trémula de tus primeros días
ha surgido tu voluntad robusta,
tu paciencia infinita
y un amor esplendente que comprende,
más que siente,
el regalo recibido.