viernes, 10 de febrero de 2012

Abrazos robados

Autor desconocido


Cada cierto tiempo Berta recibía una carta de su padre, el escritor Friedrich Mann, y la leía con la misma fe con la que se toma una medicina repugnante con la que se espera superar la enfermedad. Después pasaba los dedos sobre el sello remoto y revisaba la dirección del remite: Hotel Belle Arti, Hotel Hillton, Hotel Continental.

A menudo acudía a la biblioteca para consultar el atlas y localizar en el mapa el lugar exacto desde el que le había llegado aquel sobre mágico que le traía noticias distantes de lugares legendarios, y después, guardaba la misiva juinto a todas las demás, en una caja de latón que habían encontrado su padre y ella en una casa abandonada, mucho tiempo atrás. Recordaba perfectamente el momento porque, cuando su padre leyó en la tapa en relieve: Hotel Palace, Saint Moritz, se le llenaron los ojos de estrellas e inmediatamente comenzaron a inventarse una historia sobre cómo habría llegado hasta allí aquella lata de chocolatinas.

Ahora, cuando se sentía un poco triste, sacaba su cartas de la caja y las leía de nuevo para imaginar cómo serían todos aquellos lugares a los que su padre podía viajar mientras su madre y ella esperaban pacientemente su regreso.

París, 11 de enero de 1989

Querida hija:

Aquí también hace frío, pero es un frío diferente, menos tranquilo, más tempestuoso, lleno de corrientes de aire que empujan a la gente por las anchas avenidas y las arrastran hacia el fondo de los cálidos cafés en busca de refugio.

A pesar de eso, he paseado mucho, y pensado mucho en ti y tengo que decirte que la Torre Eiffel es tan hermosa como la habíamos imaginado, altiva como una princesa que observa cómo corretean a sus pies los hombres diminutos como hormigas que luchan por trepar a lo largo de sus anchas patas herrumbrosas.

Pero, desde luego, París es sin duda una ciudad maravillosa, llena de tesoros escondidos y de palacios que espero poder redescubrir muy pronto junto a ti, tomados de la mano. Mientras tanto, me consuela recordar cómo nos leíamos cuentos mutuamente cuando nos íbamos a la cama y cómo, después, me cantabas una nana para que me durmiese tan pronto como tu.

Besos de miel,

Papá

Londres, 27 de febrero de 1989

Querida hija:

He tardado un poco en escribirte porque me he resfriado. Aquí el tiempo es muy húmedo e implacable, pero la ciudad es preciosa y parece sonámbula entre la niebla y la lluvia tranquila de la que surgen los altos autobuses dobles como grandes fantasmas rojos.

En cambio, no me gusta mucho el silencio que se mastica en las calles, ni la vocación represiva de la flema británica que se asoma a los rostros acartonados de algunos hombres, aunque debo reconocer que es hermosa y sorprendente y que, a veces, me recuerda a París y a mi amada y destrozada Berlín, que me resulta tan lejana.

En cuanto al museo, bueno, es realmente como lo habíamos imaginado: sorprendente y copioso como la cueva de Alí Babá, pero eso sí, más ordenado y limpio.

Sonríes, lo se. Ya puedo imaginar tus preciosos dientes blancos iluminando el mundo detrás de esa sonrisa.

Recuerda que te quiero y que cada minuto pienso en ti y en tu madre.

Besos de tu padre que siempre está contigo.

Barcelona, 16 de marzo de 1989

Querida hija:

¡Qué hermosa es Barcelona! ¡Cuánta luz se refleja en ese espejo mediterráneo! ¡Cómo se enreda en las calles del Barrio Viejo y se reordena en el Ensanche burgués!

Los niños gritan y juegan en los parques, la ciudad es ruidosa y está viva. Las gaviotas vigilan a los turistas imprudentes, colgadas en el cielo y la Rambla se transforma en un carrusel festivo, en un río humano de curiosos, mimos, vendedores de pájaros, carteristas y flores.

Es hermosa la libertad que se siente en el aire y el sonido intenso y redondo del idioma que hablan los catalanes, a veces con alma de español, otras con sombras de francés, pero definitivamente portuario.

Siempre te añoro cuando estoy tan lejos, hija mía, y sólo el trabajo, las entrevistas y el ajetreo de los aeropuertos me mantienen alejado de la eterna nostalgia, pero espero que pronto se termine esta tortura y podamos abrazarnos, como antes, con las mejillas bien juntas, y las sonrisas grandes como lunas.

Papá

Copenhague, 20 de abril de 1989

Querida hija:

Acabo de llegar esta misma mañana a Copenhague y me ha conquistado su silencio, su frío y su calma que me recuerda a las viejas maquetas de tren que tanto nos gustaba observar detrás de los cristales.

Pero lo que más me ha conmovido ha sido Tívoli, el parque de atracciones que parece salido de la propia imaginación de Julio Verne.

Siempre pensando en ti, y en cómo te gusta probar siempre cosas nuevas, he comido smØrrebrØd en las tabernas, entre gente sonriente y educada y, un poco más tarde, me he dirigido al puerto y me he dejado arrastrar por la belleza del mar, grande y calmo como un animal al acecho.

Ya sabes que me gustaría poder estar siempre a tu lado y espero que pronto, muy pronto, nada nos separe.

Hasta pronto, mi amor.

P.D: Dale muchos besos a mamá y dile que la echo mucho de menos y que me gustaría poder escribir historias mano a mano como hacíamos antes.

Venecia, 1 de junio de 1989

Querida hija:

He tardado mucho en volver a escribirte porque he estado enfermo en la única ciudad del mundo en la que hasta eso, puede ser hermoso: Venecia.

Desde mi habitación del hospital podía ver la parte trasera de la Laguna, los barcos que atravesaban la resplandeciente superficie de cristal y la hermosa y temible isla de San Michele, el cementerio. (Al dorso de esta página te he pintado un mapa de la ciudad, como si fuese la carta de un tesoro, para que puedas imaginarte cómo es).

Pero ya me encuentro mucho mejor. Te escrito esta carta sentado en una terraza, junto a le Zattere, mientras tomo una copa de vino blanco, bien fresco y el sol calienta mi cuerpo aún algo enfermo. A mi alrededor la gente pasa hablando y riendo y tengo la sensación de que esta parte del mundo es más hermosa y más perfecta y menos rígida y destructiva.

Mamá me dice que sacas muy buenas notas en la escuela, que eres aplicada y sensible y que te gusta, igual que a ella y a mí, construir historias con palabras, y quiero que sepas que me siento muy orgulloso de ti.

Pronto estaré de nuevo de viaje, ya he descansado bastante, aunque el único viaje que de verdad deseo hacer es el que me lleve de vuelta a ti. Entre tanto, recibe todos, todos, todos los besos y los abrazos de tu padre que te quiere.

Nueva York, 5 de septiembre de 1989

Querida hija:

Me dicen que estás preocupada por mí, que tienes pesadillas y temes irte a dormir. Todo ha sido por mi culpa, sigo recayendo y no me encuentro del todo bien, como antes, por eso no te escribo tan a menudo, pero ya me encuentro mejor, no debes tener miedo, sólo con pensar en ti y en tu madre, con imaginarme que pronto podré volver a veros, recupero la alegría.

Ahora estoy en Nueva York, la gran ciudad de los rascacielos, de la prisa, de la confusión. Aquí el pulso de la gente es demasiado acelerado, nervioso, nadie mira a nadie, nadie habla con nadie, nadie se fía de nadie.

Sin embargo hay un gran parque, en el centro de esta gran isla alargada, en el que me encanta adentrarme por las mañanas para dejar que todo el ruido y la furia de los taxistas desesperados, se queden del otro lado de una muralla invisible. Y es que, a veces, el parque se transforma en un jardín oriental, de puentes delicados, y en otras ocasiones parece un enorme gimnasio en el que la gente corre en solitario, hace flexiones o se relaja tumbada en la hierba mientras una gigantesca Alicia en el País de las maravillas persigue al conejo blanco o Hans Christian Andersen se sienta sobre un banco para contar cuentos a los niños.

Hoy, mientras escribo tu carta, reposo junto a un lago artificial y dejo que el calor del sol, aún cargado con la energía del verano, atraviese mi cuerpo exhausto.

El mundo es muy hermoso, hija mía y está lleno de matices, de idiomas y de sorpresas, pero puedo asegurarte que no hay nada que se parezca al hogar.

Recibe todos y todos y todos mis besos.

Günter Bieber, el compañero de celda de Friedrich, dio los últimos retoques a su recreación de un sello americano y del correspondiente matasellos. Sus manos adiestradas en la falsificación de todo tipo de documentos oficiales, ejecutaban las maniobras con la soltura de una mariposa enamorada y aquel trabajo, que no era sino el encargo de un padre que deseaba salvar a una hija de la vulgaridad tortuosa en la que vivían ambos sumergidos, era la única actividad que le salvaba de la locura del penal político de Hochenschonhausen.

Después, cuando la tinta se hubiese secado, Friedrich entregaría la última carta al funcionario de prisiones Zimmermann (el único hombre libre decednte en toda aquella cloaca) para que la llevara fielmente, como siempre, hasta Veteranenstrasse 24, donde vivían la esposa y la hija del controvertido escritor. En alguna ocasión, Zimmermann había tenido la tentación de leer el contenido de aquellas cartas, tal vez por temor a que pudiese estar trasladando mensajes subversivos más allá de los muros de la cárcel, pero cuando leyó las primeras líneas, se echó a llorar como un niño y jamás volvió a violar la correspondencia que tan desesperadamente le habían entregado.

Una vez, después de haber dejado la carta, como siempre, en el buzón oxidado, esperó al otro lado de la calle, oculto entre la maleza del parque. Vio llegar a la pequeña subiendo la cuesta a buena velocidad para descerrajar después el buzón con la ansiedad propia de quien espera un mensaje y, cuando descubrió el sobre allí dentro, lo tomó con sumo cuidado, leyó atentamente su nombre y, después, lo apretó contra su corazón como si realmente, con aquel pedazo de papel, pudiese recibir los abrazos robados de su padre.

Nunca más dudó sobre la conveniencia de lo que estaba haciendo, jamás se volvió a cuestionar los motivos por los que se arriesgaba a perder el trabajo y la libertad por un preso político del que apenas sabía nada y al que sólo le unía la piedad por las palizas recibidas, por el aislamiento que le estaba rompiendo la salud y por la tos angustiosa que reventaba los corredores de la cárcel durante las heladas noches de las celdas de castigo.

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