
- Se desatará la tormenta, se romperán los tímpanos del mundo, gritarán los hombres y correrán las mujeres y después se hará el silencio, el silencio eterno del juicio final del que nadie saldrá victorioso – gritaba William en el centro mismo de la ciudad, subido a unas cajas de fruta.
Tenía el cabello largo y grisáceo, la mirada despavorida, las uñas sucias por la intemperie y la voz quebrada, labrada por las tormentas.
Algunos curiosos se detenían y le observaban asombrados, pero él no parecía verlos, tal vez porque estaba muy lejos de allí, ante las mismas puertas del infierno, donde los cuerpos se refuercen y las almas sufren la destrucción y la tortura.
Volvió a arengar a las masas invisibles con su apocalíptico relato:
- Vivís en una falsa realidad, creéis que el mundo es hermoso, pero yo veo las entrañas del planeta y las torturas de la muerte y se que todos pereceréis. – Extendió la mano huesuda y, con el dedo índice, señaló hacia el vacío.
Los transeúntes pasaban, levantaban un momento la mirada y después continuaban su camino hacia la multitud.
Se detuvo un coche de la policía ante él y dos agentes le ayudaron a entrar en él para llevarle al refugio. Durante el viaje se encerró en un silencio obcecado en el que se perdía sin dificultad. Los dos agentes hablaban de sus cosas sin prestarle demasiada atención. No era la primera vez que recogían a un indigente trastornado para llevarlo a un lugar en el que estuviese atendido al menos durante unos días y habían perdido ese miedo teológico que muchos sentimos hacia la locura.
La lluvia repiqueteó sobre las ventanillas con algo más de insistencia y William comenzó a hablar con uno de los policías como si continuase una conversación interrumpida mucho tiempo atrás:
- Ten presente que tu esposa morirá. Está escrito en los surcos de la lluvia.
El hombre aludido se volvió violentamente hacia él y le gritó:
- ¡Cállate, loco!
- No le hagas caso – intervino su compañero intentando tranquilizarle, pero sin perder de vista la carretera – no es más que un tarado.
- Si – dijo el vagabundo – no soy más que un tarado, uno que ve a través de las personas, uno que ha regresado de los infiernos y habita en los dos lados de la vida al mismo tiempo. – Añadió con un ritmo lento y abatido, como si estuviese recitando una oración que, por el tedio de las repeticiones sucesivas, hubiera perdido definitivamente su significado.
Después, elevando la voz, como saliendo de un trance, gritó:
- ¡ Cuidado con el camión! – y trascurridos unos minutos y algunos metros más, un camión sin frenos salió de una calle lateral y arrolló al vehículo haciéndolo chocar contra la fachada de piedra de un edificio antiguo y robusto como una fortaleza.
Ninguno de los viajeros sobrevivió al impacto como se pudo descubrir cuando el equipo de bomberos logró sacar los dos cuerpos del nudo metálico en el que habían quedado atrapados.
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1 comentarios:
Escalofriante!!!!
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