sábado 21 de enero de 2012

Vida errante (Relato nº 357)

Richard Avedon

Desde aquí puedo ver las estrellas al anochecer, sentir la brisa, apoderarme del olor acre de la tierra, de los caballos, del ganado, del heno, del barro de la alberca, de las encalladas montañas que rompen la tierra como cuchillos de acero. Y, aunque soy un hombre inculto, un vagabundo sin tierra, un analfabeto de mirada asombrada, congelada en una mala fortuna permanente que me hace arrastrarme por las polvorientas carreteras que unen los ranchos del sur, puedo comprender a los indios que no querían abandonar estas tierras prodigiosas, iluminadas por la luz de la luna, llenas de leyendas.

Yo soy un hombre sin futuro, un desheredado, un paria. El sol y el viento han hendido sus dedos ponzoñosos en mi rostro y han trazado el mapa de mi vida, bien hondo. La piel se me ha curtido de baldear los rayos implacables cada mañana, mientras escucho girar el quejoso molino sobre la voz ronca de las reses.

Y ahora atravieso de nuevo las carreteras de polvo buscando otro lugar en el que ganar unos billetes porque en la última granja en la que estuve se terminó el trabajo, y cada día es más difícil que me contraten porque otros brazos más jóvenes y más baratos hacen lo mismo que yo pero mucho antes.

Pero me sigo sintiendo libre, aunque mis labios cada día se curven más hacia abajo y mi cuerpo tenso, fibroso y enjuto comience a deshacerse en hilos blancos que pintan mis cabellos e invaden mi barba, aunque ya no pueda correr tan deprisa como antes y piense dos veces si lanzarme al lomo de una bestia en un rodeo, sigo sintiéndome libre. Camino con las manos en los bolsillo, bajo el ala de mi sombrero sucio de polvo y de sudor, y atravieso los bosques y los campos reconociendo la geografía de esta tierra como si fuese la de mi propio cuerpo.

A veces me detengo en un bar, en cualquier sitio, pido una cerveza y miro a la gente que comparte las mismas historias, los mismos sueños, los mismos dolores sobre los músculos maltrechos y me gusta mezclarme en el humo de sus cigarrillos y en la estridencia de las canciones de amor que se enredan en las cuerdas de una guitarra. Después ajusto mis botas y salgo de nuevo a la intemperie, atravieso la luz azul de la luna, vadeo algún río imprudente que se parte el alma contra las rocas escarpadas que sobresalen de su lomo orgullosas y que llegarán a convertirse en arena con el paso del agua paciente y constante que acaricia su rugosa impertinencia.

Y seguiré caminando hasta el amanecer, cuando las estrellas brillantes se diluyan o hasta que la profunda oscuridad de la muerte me convierta en parte de esta tierra, en carne que alimente a los buitres, en vida para los gusanos, en abono para los árboles.

Esta noche, el viento viene del oeste y trae consigo un mensaje. Estoy cansado. He recorrido tanto camino que no siento los pies dentro de las botas. Es hora de descansar. Me tumbo sobre la tierra y miro al cielo y pienso que si dios existiese tal vez pueda verme, hurgar directamente en mis ojos y descubrir lo hermoso que es el mundo que casi sin darse cuenta ha creado en esta tierra.

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