viernes 13 de enero de 2012

Transmigraciones (Relato nº 349)

Autor desconocido

La transmigración física se había estudiado ya en otras ocasiones, pero nunca hasta ese momento se usaron los cuerpos que quedaban disponibles una vez que sus cerebros se declaraban oficialmente muertos, como alojamiento para la conciencia de los que buscaban la vida eterna.

Sin embargo a pesar del esfuerzo por lograr cuerpos legalmente cedidos, sólo aquellos que podían pagar grandes cantidades de dinero estuvieron en disposición de acceder a ellos y llegó un momento en el que fue casi imposible lograr, legalmente, los huéspedes necesarios para todas las demandas que se fueron acumulando sobre los mostradores de los quirófanos especializados.

Eso llevó a la sociedad al caos y a la delincuencia. Cualquier individuo sano estaba expuesto al rapto y a la suplantación. Se mataban las personalidades latentes para poder transmigrar a aquellos que podían pagar por la vida eterna, por la falsificación documental y por la larga y compleja tramitación legal.

Los políticos, los multimillonarios y los mafiosos, ocupaban cuerpos jóvenes y llenos de energía lo que provocó grandes irregularidades en el sistema establecido, ya que la seguridad de una larga vida los hizo más osados e imprevisibles.

Por otra parte, esta nueva práctica provocó problemas legales de gran trascendencia ya que al poseer un hombre con su mente, el cuerpo de otro, se creaba una paradoja que dificultaba establecer los derechos de transmisión patrimonial del huésped, para lo que se debieron crear registros especializados en los que las nuevas personalidades transmigradas pudiesen demostrar su identidad para recuperar los derechos y propiedades que poseían antes del cambio de cuerpo.

Pero con el tiempo se desencadenó la violencia y los secuestros y asesinatos de mentes aumentaron exponencialmente y hubo que ampliar la legislación penal reimplantado la pena de muerte para aquellos que, deseando vivir eternamente, atentaba contra la vida ajena. Sin embargo, ese cambio de normativa sólo redujo en un quince por ciento el número de asesinatos mentales, que se centraron, casi exclusivamente, en los ejemplares más jóvenes, fuertes y hermosos.

Por ese motivo, muchas familias comenzaron a esconder a sus hijos adolescentes para evitar su pérdida. Aunque, como en cualquier otra circunstancia humana, también existieron casos de padres desaprensivos que los vendieron por enormes cantidades que les aseguraban una supervivencia acomodada para toda la vida.

Con el paso del tiempo, algunas de las familias más ricas que, sin embargo sentían escrúpulos éticos ante el uso de cuerpos ajenos, impulsaron la investigación de la clonación humana hasta logar que, a partir de un patrocinador original, pudiese crearse un cuerpo adecuado que facilitaba la prolongación de la vida hasta el infinito, sin erosionar la existencia de otros y, permitiendo, por otra parte, la corrección de los defectos físicos del original, si los hubiera.

Pero la prolongación de la supervivencia de unos pocos trajo consigo otros dramas asociados como el de la superpoblación extrema del planeta y la drástica división de la población mundial entre una elite eterna y una enorme masa hambrienta y hacinada que sufría de nuevo el analfabetismo y la brutalidad.

Sir Georg Xing, un sociólogo reconocido en el mundo universitario, comprendió que, de continuar indefinidamente aquella situación, se produciría una revolución imparable. Su teoría llegó al Gran Consejo de Ancianos, todos ellos jóvenes centenarios venerable, que le recibieron con indiferencia e impaciencia.

Sólo cuando les indicó que, según sus informaciones, los primeros focos revolucionarios habían comenzado a ponerse en marcha en el corazón de las grandes ciudades superpobladas y que la producción de alimentos sintéticos no llegaba correctamente, como consecuencia de la corrupción de los mayoristas e intermediarios, comenzaron a prestarle atención.

Tampoco había llegado hasta ellos la noticia de que las enfermedades infecciosas estaban atravesando ya las fronteras de los guetos comenzaban a afectar a los transmigrados que no tenían el tiempo suficiente como para poder volver a cambiar de huésped.

Pero los poderosos no estaban dispuestos a perder el privilegio de la vida eterna y no conocían ningún otro medio que la represión violenta para contener los peligros que se avecinaban, así que ordenaron la entrada masiva en las ciudades con enormes contingentes tecnificados y arrasaron, indiscriminadamente, las tres cuartas partes del lumpen.

Los ejércitos robotizados no tenían instrucciones claras y no tuvieron en cuenta la edad o la consideración de los ciudadanos, ni analizaron que, la mano de obra que se necesitaba para mantener el equilibrio, procedía precisamente de esos núcleos esclavizados, lo que provocó, en definitiva, que se tambaleasen definitivamente los cimientos del paraíso hasta hacerlo caer definitivamente.

En el mundo actual, la transmigración vuelve a ser algo prácticamente inexistente. Sólo aquellas mentes privilegiadas que por su aportación única a la humanidad se han convertido en imprescindibles, han sido transmigradas bajo unas condiciones enormemente estrictas. Aunque no se puede estar absolutamente seguro de que, esporádicamente, no se sigan utilizando ilegalmente los viejos conocimientos.

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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesante propuesta!! Elena