
Autor desconocido
Acarició su piel cálida y torneada sin urgencia. Había saciado la pasión, había mordido, besado, lamido y traspasado ese cuerpo en todas sus posibilidades, había consagrado sus cinco sentidos a la desenvoltura de sus miembros, al movimiento rítmico, a la forma de su nuca, a la melena siempre agreste, a los secretos de las ingles. Había visto los ojos entornados, la fugacidad de los delirios, había computado los jadeos, las torsiones, los gemidos y ahora se deleitaba en el silencio, los cuerpos desnudos sobre la tarima seca de la caseta de verano, los rayos de sol, impertinentes, rasgando la piel húmeda que reposaba junto a él.
- Ha sido hermoso. – Dijo levantándose para buscar un vaso de agua fresca – Espero que también tú lo hayas disfrutado – Añadió. Pero ella no respondió. Parecía dormida, tenía la cabeza girada hacia la puerta y reposaba de costado. Parte de la melena le cubría la cara y un brazo, plegado, descansaba sobre la cintura.
Él volvió a tenderse. Pasó las yemas de los dedos por su hombro, olió su pelo, a la altura de la nuca, acarició la curva de las caderas relajadas y cerró los ojos.
Hacía mucho calor, todas las ventanas permanecían cerradas, el griterío pacífico del bosque del estío bailaba al otro lado. Con el cansancio sintió que se hundía en un sueño lleno de sombras movedizas en el que sentía de nuevo las caricias, el misterio de los ojos entreabiertos, la pátina brillante de sus labios.
Al despertar notó de nuevo la pulsión del deseo, la fuerza irrefrenable del cuerpo que se alzaba vigoroso e impertinente y la buscó, atrayéndola hacia sí sin pedir permiso, sin demorarse en el ritual que antes había completado. Ella quedó tumbada boca arriba, la mirada entornada, los cabellos lacios cubriendo en parte el rostro. El cuerpo entumecido no opuso resistencia y atravesó de la frontera fácilmente y luego navegó con desaliento, con urgencia, con miedo, con asco, con temor, porque ahora ella estaba fría, y el cuerpo que poco antes había estado vivo, no pudo ya complacerle.
Frustrado se separó y dejó lo caer la madera polvorienta, ahora no era ya más que un cadáver que no podría volver a satisfacer sus fantasías. Tendría que encontrar otra mujer que le quisiera, otra criatura amable que atendiese sus preguntas y que cayese en su trampa de hombre inofensivo. Después, como a ella, la llevaría inconsciente hasta su casa y la haría la corte, a su manera,: rodeando el cuello sedoso con sus manos para dejarla mansa y accesible, para hacerla suya.
Más tarde desvestiría lentamente el cuerpo perfumado, rememoraría el ritual del cortejo que tanto le gustaba, acariciaría con admiración los rincones prohibidos y reconstruiría la belleza animal de sus instintos hasta satisfacer su compulsión por unas horas.
La tarde declinaba ya en el bosque cuando un fuerte chapoteo revolvió el lago en la zona más alejada de la carretera. Poco después el agua inquieta se calmó de nuevo ocultando otro cuerpo y las largas sombras de los árboles cómplices alineados como huestes funerarias, guardaron de nuevo su secreto.
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1 comentarios:
¡Qué miedo! Dimitri
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