martes 10 de enero de 2012

Resaca de verano (Relato nº 346)

Grant Wood



Fue en una preciosa mañana del final del verano. Los campos, tranquilos, mecidos por el viento, reposaban sin urgencia. Las voces, muy lejanas, quedaron flotando como parte del paisaje.

En algún lugar se escuchó un chasquido sordo que navegó por el aire durante cientos de metros, perdiendo intensidad.

Alguien abrió una puerta inocente y salió, pisando firmemente los peldaños de madera del porche. Sus manos ensangrentadas dejaron un reguero de gotas redondas, concretas, brillantes, sobre la sequedad polvorienta del suelo.

Nadie le vio subirse a la furgoneta larga y destartalada que había dejado entre la casa y el cobertizo, nadie había escuchado los gritos que hicieron temblar la madrugada, ni los golpes, ni el forcejeo porque la granja más cercana estaba a varias millas de distancia, al otro lado del bosque y de las tierras de labor.

Algo se removió en el silencio de la casa solitaria. El calor absorbió rápidamente la humedad de la sangre sobre el suelo. El viento trajo consigo el olor acre de los animales que se movían inquietos en el establo.

Se escuchó el gruñido de unos goznes, la puerta mosquitera cedió hacia el exterior, pero no salió nadie y una densa quietud pasiva transformó el aire en una cuerda tensa y vibrante de cigarras.

Una hora más tarde, el zumbido del motor bulboso de una furgoneta rompía la lisura del horizonte levantando nubes de polvo hasta que se detuvo violentamente ante la puerta.

El hombre, el mismo hombre con las manos ensangrentadas, cubiertas ahora de costras resecas, bajó del vehículo, sacó del maletero gruesas cuerdas amenazadoras y un rollo de plástico y subió pesadamente los peldaños haciendo saltar los ecos recónditos de la madera resentida.

Desde el interior surgió algo parecido a un gruñido o a una súplica. Una gran confusión ocupó después la calma. Gritos, gemidos, golpes, quedaron absorbidos por la mañana soleada y por bandadas de pájaros en estampida que graznaron su angustia al huir.

Poco después el hombre, de aspecto bestial, salió de espaldas, inclinado hacia delante, arrastrando el extremo de un fardo muy pesado. Sudaba, tenía el rostro abrasado por la barba incipiente, brillante y puntiaguda, enrojecido por el esfuerzo. Se detuvo un momento, se irguió, se limpió el sudor con un pañuelo sucio que extrajo del bolsillo del mugriento pantalón y después volvió a doblegarse sobre el atillo informe para seguir con su faena.

Todo el tiempo pareció detenerse en la expectación dolorosa del momento. La vejiga plastificada fue surgiendo, esfuerzo tras esfuerzo, de las fauces de la puerta entreabierta que chocaba una y otra vez con el bulto en el que se adivinaba la forma muerta de un cuerpo grande que poco antes resultó temible, amenazador, oscuro y poderoso.

Con el último esfuerzo salió algo del interior del envoltorio embarrado en sangre, algo confuso y tumefacto que parecía una mano negra y que, bajo el rayo de sol impúdico que palpó el despojo detenidamente y sin pudor, se concretó en la gruesa y terrible garra ensangrentada de un oso.



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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Giro final y ¡alehop! Gino