
Soy un racionalista, un observador de la realidad capaz de transformarla a través del objetivo de mis cámaras fotográficas. Aprendí a medir la luz, a manejar las distancias, a encuadrar el ámbito deseado de un objeto, de un paisaje o de una persona, para retratar la parte más hermosa, para recrear la magia o para denunciar la vergüenza y la maldad. En cierta manera, mi forma de observar el mundo que me rodea me acerca más al científico que al artista y esa manera de pensar ha limitado mi fe y me ha hecho escéptico.
Como es lógico, después de todo lo anteriormente expuesto, yo jamás he creído en los objetos mágicos. Siempre me pareció inconcebible dotar de ciertos poderes a las cosas construidas por el hombre, me resultaba igual de inaceptable la convicción de que el paseo de una escultura de madera a través de un pueblo o de una ciudad pudiese acabar con la hambruna o con la sequía, que admitir que una tabla de madera con letras y número pudiera servir para comunicarse con los muertos.
Dicho esto, debo añadir, para orientar al lector, que amo con desesperación las máquinas fotográficas antiguas, sus cuerpos de madera estremecida y candorosa, sus fuelles de tela, sus objetivos encastrados en latón y sus rudimentarios respaldos de cristal. Por eso, siempre que visito una ciudad busco en los mercados y en las tiendas alguna de esas maravillosas herramientas, herederas de tecnologías mecánicas precisas, que han ido cayendo en el desuso y en el olvido de los tiempos digitales.
Siguiendo esa costumbre, y guiado por un fiel amigo español, me adentré en el laberíntico tejido del Rastro hasta una de las tiendas más interesantes de la ciudad. Allí, en un rincón del fondo, un hombre delgado y canoso me mostró, sin prisa, con el cansancio de la rutina y la mirada algo oblicua de un mercader mogol, varias máquinas respetadas por el tiempo, capaces aún de arrancar un retrato o un paisaje a la realidad.
La comunicación fue lenta, tal vez también algo pesada, a veces incluso confusa y, cuando ya me disponía a elegir una de aquellas antigüedades, me fijé en la vitrina casi cubierta por trípodes de madera y decimonónicas cámaras oscuras y descubrí, por casualidad, o porque el destino así lo había previsto, una pieza pequeña, algo arañada, que sobresalía apenas de entre un montón de aparatos olvidados.
- Esa cámara no está en venta – dijo el dependiente cuando vió hacia dónde dirigía mi mirada.
- ¿Por qué? – Insistí - ¿Tal vez no funciona?
El hombre dudó apenas un segundo, después sonrió con cierto cansancio, plegando las comisuras de los ojos y, sin contestar, abrió la vitrina, tomó la cámara con cuidado entre sus dedos acostumbrados, accionó sus mecanismos para enseñarme que todo funcionaba correctamente y después la depositó sobre el mostrador:
- Como puede usted ver – añadió con un tono calmo, sin perder en ningún momento la sonrisa – funciona perfectamente pero es una pieza que no se puede vender, eso es todo.
- No comprendo – volví a insistir - ¿Por qué me la enseña entonces?
- Usted quería verla – contestó sin levantar la voz.
- Claro – dije dándome cuenta de que me estaba comportando como un chiquillo. – Está bien, está bien. Me llevaré entonces la que ya habíamos acordado.
Pero el dependiente sonrió de nuevo y añadió, de una forma un tanto misteriosa:
- He dicho que no está en venta, no que no pueda usted llevársela.
Confundido le miré a los ojos, misteriosamente ocultos bajo esos párpados entornados, casi asiáticos, sin llegar a saber qué quería proponerme.
- De acuerdo – probé – me la llevaré entonces.
- Pero antes de llevársela debe usted saber que se trata de una máquina muy especial, única.
Tomé el aparato en mis manos y lo observé detenidamente sin llegar a comprender a qué podría referirse.
- Verá usted – añadió pacientemente – ella captura algo más que imágenes... – hizo una pausa dubitativa e, inmediatamente después, sacudiendo la cabeza y sonriendo añadió - ... pero eso usted ya lo descubrirá.
Envolvió el aparato en un pedazo de plástico de burbujas, lo metió en una bolsa blanca y, sin intercambio económico alguno, me la entregó y me deseó que pasara una feliz estancia en España.
Cuando salí, algo aturdido aún, la multitud me arrolló. El sol calentaba demasiado y las personas se movían entre las calles como hormigas enloquecidas empujadas por una corriente invisible.
Llegué al apartamento de mi amigo con el entusiasmos de los niños pequeños y le conté, mientras disfrutábamos de una cerveza y de un aperitivo castizo, lo que me había ocurrido en la tienda que me había recomendado. Él se quedó sorprendido, conocía al propietario desde hacía muchísimo tiempo y no había oído jamás que le regalase nada a nadie, motivo por el que tuvo una curiosidad aún mayor de ver aquel portento que había conseguido de una forma tan misteriosa.
Fui a buscar mi regalo y, con él, llevé también dos chasis cargados con película para hacer las primeras pruebas. Mi amigo observó la cámara, comprobó sus mecanismos y me felicitó. Desde su terraza, se podía ver una buena parte de la ciudad y, con el entusiasmo de la novedad, decidí exponer un par de placas para estrenar mi nuevo juguete.
Con gran teatralidad, mi amigo posó para mí y se dejó retratar con una amplia sonrisa. La cámara emitió un suave chasquido cuando disparé y, enseguida, retiré el respaldo.
- Si quieres puedes utilizar mi laboratorio para ver el resultado – me invitó. Y nos encaminamos hacia el cuarto oscuro juntos. El procesado analógico de las imágenes siempre ha tenido para mí mucho de misterioso y de alquímico. El olor penetrante de los líquidos, la concreción de la temperatura, la perfecta medición de los tiempos, me obligaba a permanecer concentrado y expectante.
Cuando por fin vi el negativo tendido en la larga cuerda, quedé francamente sorprendido. Por supuesto allí estaba mi amigo, posando, sonriente, pero en el negativo se veía algo más, algo que no podía intuir desde mi racionalismo.
No le di demasiada importancia, cualquier fotógrafo sabe que, a veces, se captan cosas que no se recordaba haber visto en el encuadre original, así que tuve la paciencia suficiente como para dejar que la placa se fijara y secara correctamente. En este tipo de oficio no hay que tener nunca prisa.
Mi amigo y yo conversamos, pero nada fluyó de la misma manera que antes, los dos parecíamos distraídos con otras preocupaciones. No importó, pasó el tiempo y pude ir de nuevo al laboratorio, preparé las cubetas para el positivado de la imagen: revelador, paro y fijador. El olor avinagrado me llenó de nostalgia, me recordó la época en la que todos trabajábamos como químicos enloquecidos en tugurios oscuros, expectantes, emocionados, para ver qué habíamos construido con nuestro ojo mágico.
Coloqué el papel bajo la ampliadora y accioné el reloj una, dos, tres veces, para preparar la tira de pruebas que me acercase al tiempo adecuado para el positivado. Después introduje con la punta de los dedos el papel en el primer baño e, inclinado sobre él, esperé que comenzaran a surgir las primeras imágenes borrosas, hasta que los negros empezaron a espesarse y a consolidar contornos inteligibles: el rostro de mi amigo, su camisa clara, la sonrisa abierta, y esa extraña mancha que parecía hacerle una sombra en el costado.
Apenas entretuve el papel en el baño de paro y enseguida lo sumergí en el fijador. Encendí la luz casi de inmediato, necesitaba ver, necesitaba estar seguro, el corazón me palpitaba como si me enfrentase a una mentira.
Me incliné sobre el líquido, introduje las pinzas y saqué el pedazo de papel rallado en el que aparecía mi amigo, sonriendo, en la terraza de su casa, pero a su espalda, asomando sobre su hombro derecho, se veía claramente el rostro de una mujer joven que me miraba fijamente, desafiándome.
Confuso llamé a mi amigo a voces y se presentó en el laboratorio enseguida, algo alarmado por mi angustia, pero cuando le enseñé lo que aparecía en el positivo se quedó pálido, no podía articular palabra. Me miró y en sus ojos encontré miedo y vergüenza y, sobre todo, la sorpresa de quien se siente traicionado:
- No sé cómo lo has hecho – me dijo lleno de rencor – pero es cruel.
- Yo no he hecho nada, te lo aseguro. Es la primera vez que me ocurre algo parecido. - Pero no puede evitar sentir que mi voz parecía poco convincente -¿Quién es ella?
- Lo sabes muy bien – Me contestó fulminándome con la mirada – Ella es mi esposa. Murió hace diez años en un accidente de tráfico. No sé cómo has podido hacerme esto.
- Yo no he hecho absolutamente nada. Tú mismo has estado en casi todo el proceso. – Encendí de nuevo la ampliadora y le mostré la fotografía proyectada en negativo sobre la blancura de la plataforma. - ¡Mira!
Se veía claramente la silueta femenina asomándose a su derecha. Desesperado sacó la placa del portanegativos y la analizó detenidamente.
- No puede ser. Yo no creo en estas cosas. Es imposible – Decía entre lágrimas.
- Yo tampoco me lo puedo creer, – dije dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo. – pero sólo hay una forma de comprobar lo que estamos viendo. Volveré a fotografiarte y tú me fotografiarás a mí. Después haremos todo el proceso de revelado juntos ¿estás de acuerdo?
Mi amigo casi no podía hablar. Se limitó a mover la cabeza. Disparamos sin placer, cumpliendo con los requisitos fotográficos básicos y nos escondimos en el laboratorio como dos forajidos. El revelado se nos hizo eterno, los minutos parecían no avanzar. Cuando sacamos las placas y las colgamos de la cuerda, ya se vislumbraban sendas siluetas, estremecedoras, cercándonos.
Esperamos en silencio a que se secaran los negativos, repetimos el proceso, y positivamos, aproximadamente, las imágenes. Junto a mi amigo volvió a aparecer la misma mujer, junto a mí... junto a mí se veía el rostro severo de un hombre que había marcado toda mi infancia con su terquedad y con su soberbia: mi padre.
Como en una película volví a recordar la conversación que había mantenido con el dependiente de la tienda. Él me lo había dicho claramente, aquella máquina era especial, aquella máquina no podía venderse, aquella máquina, en definitiva, elegía a sus propietarios.
Poco después de aquello me marché de Madrid para siempre, pero nunca me he separado de mi cámara. Durante este tiempo, algo más de un año y medio, he retratado a centenares de personas y, en casi todos los casos, siempre he encontrado, junto a ellos, alguna sombra, el rastro de un alma que sobrevive apegada a otra. Algunos dirían que son ángeles, otros, devoradores de energía. En cualquier caso mi máquina me ha descubierto que nadie viaja solo.
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1 comentarios:
Hola Paloma,
Enhorabuena!!! Los relatos que en éste año hemos podido leer –por falta de tiempo, que no de interés...- han resultado inspiradores: emoción, intriga, sorpresa, recuerdo... Muchas gracias.
Y ahora... ¿qué?
Desde nuestra orilla, más de imágenes que de palabras, te copiamos un enlace a un relato gráfico que seguro te gustará tanto como a nosotros. Esperamos que también te inspire ante la nueva etapa que comienza...
http://vimeo.com/35404908
Un beso,
Curra y Álvaro
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