jueves 19 de enero de 2012

Maxwell Robertson (Relato nº 355)

Pío César Robla Álvarez

La información te hace poderoso, Maxwell Robertson lo sabía, había trabajado durante más de veinte años para la Agencia, había conocido las pequeñas miserias de los poderosos, de los artistas, de los forajidos y de los periodistas más destacados.

Sentado ante su mesa durante ocho horas, rastreando el monitor parpadeante de su computadora, filtraba y desglosaba los datos que le llegaban para clasificarlos después según los estándares establecidos. Desde luego, su labor se alejaba mucho del perfil romántico de los agentes que, asistidos por un arsenal de armas vanguardistas, pateaban las geografías del planeta en busca de esos secretos que él domesticaba.

Pero Maxwell no era más que una sombra gris y anónima que tomaba el tren elevado cada mañana para llegar al trabajo, sin despegar jamás los labios en la oficina y que, al salir, después de haber conocido las pequeñas miserias de una larga lista de personas y personajes, se sometía a las inspecciones obligatorias que aseguraban que el valioso material con el que trabajaba no salía de allí en ningún soporte informático o analógico conocido.

De camino a casa, Maxwell se detenía algunas veces en el supermercado, en el café de Molly o en la fábrica de pan, saludaba brevemente a algunos conocidos, se permitía una cerveza en el bar de Wally, casi siempre los viernes, y después se refugiaba de nuevo en la confortable seguridad del hogar donde recuperaba la información retenida en su memoria fotográfica para volcarla, debidamente encriptada, en su computadora sin conexión a Internet.

Entre las rutinas de Maxwell había dos viajes obligados, uno hacia el interior, para pasar una semana esquiando y otra hacia el sur, a la playa, donde se permitía unas vacaciones de descanso al sol. Una vez allí, visitaba sendos bancos para recuperar el dinero que él mismo se transfería antes de salir de la ciudad y depositaba en sendas cajas de seguridad copias bien protegidas de la información que iba acumulando en el disco duro de su computadora portátil.

Él culpaba al ambiente de paranoia en el que trabajaba de esa actitud anormal de inseguridad que desarrollaba y que le mantenía al margen de los compañeros y de los vecinos, que le impulsaba a no confiar en nadie y a hurtar información que, realmente, no podía saber para qué conservaba, con tanto riesgo, cuando él era un hombre sin contactos y sin amistades a los que poder distribuir ese tesoro a cambio de algún beneficio.

Con el paso del tiempo mantuvo esa rutina sin hacerse preguntas. Repetía los movimientos y las situaciones como un autómata y, sólo algunas veces se miraba en el espejo y dudada de sí mismo, como si al verse reflejado tuviese un impulso extraño de recordar algo largamente olvidado. Sin embargo esa sensación desazonante desaparecía casi de inmediato y los días volvían a encadenarse unos a otros, todos iguales, todos planos, todos inmutables.

El 27 de febrero de 2011, cuando volvió a casa, Maxwell encontró un sobre que habían deslizado bajo la puerta. Era la primera vez en toda su vida que había algo anormal en su rutina. Se agachó, miró detenidamente la dirección escrita a mano, el sello, correspondiente a un pequeño pueblo de Mieápolis y el remitente: Fábrica de galletas Descartes. Era extraño, sin duda, y estuvo tentado de no abrirlo, de llevarlo al día siguiente a la Agencia para que investigasen su contenido. Sin embargo, el matasellos, una espiral que desembocaba en una minúscula estrella roja despertó algo en su memoria, algo que estaba profundamente oculto por millones de datos, recuerdos, conexiones neuronales y vivencias, algo que le obligó a abrir la solapa, con dedos temblorosos, como si estuviese esperando desde hace demasiado tiempo noticias de un familiar muy lejano.

Sin embargo, al romper la solapa con el abrecartas, se esparció en el aire un polvo blanco y ligero que se adhirió rápidamente a la piel de las manos. Intentó no inhalar, intentó no moverse, intentó... pero casi inmediatamente había perdido el conocimiento y cayó al suelo, sobre la gruesa alfombra de pelo largo de la entrada.

Maxwell Robertson, o tal vez debería decir Vladimir Udinov, despertó en una confortable izba, a miles de kilómetros de distancia de la Agencia y de su vieja vida. Desde los ventanales pudo ver la nieve cayendo dulcemente sobre los anchos campos siberianos y supo que, definitivamente, había vuelto al hogar.

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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Otro interesante final, otra sorpresa. Gracias. Elena