martes 17 de enero de 2012

Las tinieblas de la locura (Relato nº 353)

Frida Kahlo

Hacía tiempo que tenía miedo, miedo de las voces que seguían persiguiéndola día y noche y que, aún siendo irreales, se colaban en sus sueños, en sus conversaciones, en los auriculares de su MP4, en el rumor del agua de la ducha y hasta en el fondo calmoso y relajante de la piscina.

Irene iba regularmente al psiquiatra y le relataba sus temores omitiéndole algunos pequeños detalles demasiado explícitos que podrían llevarla de nuevo a la clínica de la que había salido varios años atrás. No estaba segura de lo que había desencadenado las nuevas crisis, tal vez fuese su reciente relación con Sandro o la incómoda situación laboral, rodeada de criaturas egoístas e insensibles que depositaban sus problemas sobre su mesa para que ella los resolviera, o la inseguridad de tener que estar ocultando siempre su enfermedad mental como si fuese una vergüenza, un pecado inconfesable o una vulgaridad.

Lo cierto es que las voces seguían torturándola y no podía deshacerse de ellas. A veces la invitaban a hacer daño a otros, a veces intentaban que se hiriese ella misma y, a menudo provocaban en ella un estado de confusión tan profundo que perdía la concentración en cualquier situación, mientras caminaba por la calle, o en los momentos en los que atendía una llamada telefónica o cuando conducía su automóvil.

Con el paso de los meses su situación empeoró y comenzó también a tener visiones, visiones reales que invadían su apartamento por las tardes, que hacían ruidos al entrar y al salir, que hablaban delante de ella ignorándola. Pero tuvo demasiado miedo como para consultar con su psiquiatra y se limitaba a hacer como que no los veía, a cantar o a sumergirse en la luz inquieta de la televisión, pero la realidad de aquellas pesadillas era tan tangible que podía sentir su olor y su aliento cuando pasaban junto a ella.

Extrañamente, a veces desaparecían las visiones y dejaban de molestarla durante unas semanas y, cuando volvían, llenaban de nuevo toda su intimidad con las pequeñas torturas de su presencia. En una ocasión, mientras salía por el portal y se entretenía hablando con el portero, vio cómo pasaban sus huéspedes imaginarios y, obligándose en un ejercicio de concentración agotador, logró ignorarlos, aunque le pareció que el portero parecía seguirles con la mirada y fue la gota que colmó el vaso de su inseguridad y decidió sincerarse con su terapeuta.

La sesión fue larga y controvertida. Le explicó que había estado ocultándole información durante meses, que las alucinaciones auditivas eran constantes, que jamás había logrado dejar de tenerlas desde que había abandonado la medicación, pero que conseguía dominarse ante ellas y racionalizar su presencia como ella le había enseñado. En cambio, confesó desbordada, las visiones eran realmente insoportables, ocupaban la intimidad de su hogar, la arrinconaban y la ignoraban, como si viviesen en una realidad paralela en la que ella era invisible.

La doctora estudió detenidamente la información que le facilitaba Irene y se sintió confusa. A cualquier otro paciente le habría enviado de regreso a la clínica inmediatamente después de haber escuchado sus trastornos, pero la paciente, a pesar de su desobediencia y de sus extrañas confesiones, seguía pareciendo claramente orientada y lúcida y eso fue lo que le hizo tomar medidas complementarias.

Irene salió de la consulta con el convencimiento de que no tardaría en ser ingresada de nuevo. Ella misma se convenció de que seguir en esas condiciones podría ser peligroso para ella y para los que la rodeaban y se fue a visitar a su novio para contarle su encuentro con la psiquiatra y sus temores.

Sandro la recibió lleno de ternura, escuchó sus miedos, la reconfortó con sus frases cariñosas y estuvo a punto de volver a creer que podría superar la crisis cuando comenzó a ver de nuevo a los mismos seres imaginarios que transitaban su apartamento, ocupando silenciosamente el salón de su prometido.

- ¿Qué te ocurre? – le preguntó Sandro con aprensión al ver que se perdía el color de las mejillas y comenzaba a respirar con dificultad.

Ella no pudo contestar y comenzó a llorar desconsolada, abrazándose a él y pidiéndole que la llevase de vuelta a casa y que llamase a su médico.

- Pero ¿Por qué? ¿Qué te ocurre?

- No me encuentro bien, – balbuceaba entre lágrimas - eso es todo. Esta misma noche prepararé todo lo necesario para regresar a la clínica. Te dejaré unas llaves de mi apartamento y prepararé lo necesario para que puedas gestionar por mí mis propiedades mientras estoy allí. Sólo confío en ti y en mi psiquiatra.

Sandro la abrazó tiernamente intentando consolarla, pero Irene no dejaba de temblar entre sus brazos. Aquellos seres la miraban sin dejar de mirarla mientras se movían por la casa.

Cuando llegaron al apartamento de Irene se encontraron las luces del salón encendidas. Todo parecía ligeramente desordenado. Irene no le dio importancia, en su estado, podría haber hecho cualquier cosa sin darse cuenta. Su novio la ayudó a desvestirse y a meterse en la cama, después recogió toda la ropa, se sentó a su lado y le acarició el pelo.

- No te preocupes – le susurró – me quedaré durmiendo en el salón por si necesitas algo. Ahora tienes que descansar.

Irene cerró los ojos. Sentía un nudo correoso en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Intentó relajarse, imponiéndose un ritmo aprendido y terapéutico que le permitiera adentrarse en el sueño, pero seguía sintiéndose inquieta. Aún así, permaneció tumbada en la oscuridad durante horas hasta que le pareció escuchar de nuevo voces al otro lado de la puerta. Temblando se puso en pie y apoyó el oído en la madera y escuchó murmullos y bisbiseos. Abrió apenas lo suficiente para poder ver a través de un gajo de oscuridad y descubrió que Sandro hablaba animadamente con una de sus visiones, riendo y gesticulando aparatosamente.

Irene se sujetó la cabeza con las manos como si quisiera arrancárse para terminar con esas visiones distorsionadas que se burlaban de ella continuamente impidiéndole saber dónde terminaba la realidad y dónde comenzaba su locura. No podía soportarlo más, deseaba que la ingresaran cuanto antes, deseaba poder descansar de todo, poder llorar y dejarse caer en los brazos de la rendición como no se había permitido hacer desde que le habían dado el alta.

Pero la escena que estaba observando, escondida detrás de su demencia, cambió violentamente cuando se abrió la puerta del apartamento y entró su psiquiatra enfrentándose a su novio y a los personajes que habitaban sus pesadillas. Entonces salió del dormitorio y se abrazó a la terapeuta que, en ese momento se volvía hacia ella y señalaba a dos agentes de policía que procedieron a detener a su prometido y a dos de los personajes que ella creía irreales y que habían estado compartiendo su apartamento durante meses, aprovechándose de su miedo a la locura.

TEXTO REGISTRADO

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Impresiona y más.....