
Bertram era un hombre pacífico y sonriente, tal vez algo tímido a veces que, en cambio, siempre parecía feliz. Su secreto, el único que poseía y del que se reían algunos de sus mejores amigos, incluso su esposa, era que había construido, él solo, una máquina única, una que casi todos desearíamos poseer a cualquier precio si pensáramos que es posible: la máquina de la felicidad.
Según sus propias indicaciones, la construcción de ese aparato, que no era más el esqueleto de una motocicleta antigua, encastrado en una gran caja de hierro y cristal de la que pendía un antiguo casco, estaba diseñado para sentir la felicidad directamente y sin filtros, sobre el cerebro.
Cuando le preguntaban con mucha ironía sobre cómo él, un hombre corriente sin gran formación científica, había sido capaz de crear algo tan extraordinario, él sonreía y contestaba, invariablemente: “Con paciencia y con mucha fe”. Según sus propias palabra, con aquella creación se podían experimentar momentos únicos nunca vividos con anterioridad. Se podía inventar el pasado y recrear el futuro construyéndolo a medida, en función de las necesidades de cada usuario.
Desde luego, según su creador, los ingredientes para su construcción habían sido sencillos, había añadido todos los momentos maravillosos de una vida, se había acordado de incluir entre ellos el impulso juvenil de soñar, la rebeldía que nunca había olvidado, la esperanza y la fe en el futuro que se llevan pegadas al cuerpo a los veinte años y todos los sueños cumplidos y por cumplir que habían conformado el mapa de su existencia.
A veces, cuando su esposa le veía allí sentado, al mando de aquella máquina fantasmagórica, aislado de la realidad por su casco decimonónico que parecía proceder de una sala de torturas, se preguntaba si realmente Bertram estaba en sus cabales, pero siempre salía de su pequeño viaje al interior de la felicidad con una sonrisa contagiosa que compartía con ella amablemente, con una mirada transparente llena de esperanza y con la decisiva convicción de que todo era posible si alguien se esforzaba lo suficiente como para intentar, realmente, alcanzarlo.
No hace mucho tiempo, cuando conocí a Bertram, pensé que se trataba de un lunático, como tantos otros que he ido conociendo al otro lado de la barra de este bar en el que los hombres vienen a dejarse las angustias cotidianas y a buscar una ternura y un amor inexistentes. Pero cuando me invitó a usar su invento, no tuve más remedio que aceptar, soy una vieja demasiado curiosa como para dejar pasar la oportunidad de volver a ser feliz. Aquella noche, me llevó a su casa, para mi sorpresa, sin intenciones lascivas, y me presentó a su esposa y a sus hijas, que le recibieron con la rutina del amor y la resignación del cariño, mientras me llevaba de la mano ante su extraño artefacto.
Tal vez debería haber sentido cierto recelo, pero era tal mi deseo de paladear, aunque sólo fuese por unos segundos, el dulce aliento de la felicidad, que me subí a él y me dejé manejar como una marioneta en las manos del enorme Comefuegos.
Al principio, cuando la máquina se puso en marcha, apenas sentí un ligerísimo ronroneo y, poco después, algo parecido al arrullo de una madre me envolvió. En mis gafas de latón, comenzaron a proyectarse imágenes concretas que mi cerebro aprehendía y traducía rápidamente, haciéndolas propias. Entre ellas estaban aquellas primeras escenas inconexas de la infancia que se conservan como tesoros dormidos, y los recuerdos de las conversaciones inocentes, entre la vergüenza y la osadía, y las insidias de los sueños inalcanzables, olorosos a fracaso por culpa de la inaccesibilidad de nuestros héroes, de nuestros músicos favoritos, de nuestros actores de culto, incluso de nuestros cómics más rebeldes, esos que, casi sin excepción, todos hemos olvidado en algún rincón polvoriento de nuestros armarios.
No se cuáles son los materiales que verdaderamente componían los nutrientes de aquel aparato, pero lo cierto es que logró borrar de mi alma esa pena que provoca la nostalgia cuando los sueños se van haciendo más lejanos, cuando vemos cómo los otros envejecen y nos comparamos con ellos y tenemos que admitir que también nos hemos hecho viejos; y salí de sus garras metálicas con la sensación de que aún todo era posible, que seguía dependiendo de mí la elección del camino y que nadie podría detenerme porque volvía a tener fe en mi esfuerzo. Entonces desee volver a luchar, por más grandes que pudieran parecerme los retos porque la felicidad, más que otra cosa, se compone de la energía y de la ilusión, de la renuncia al letargo y al abandono.
Me marché de allí agradeciéndole el regalo y asegurando a su mujer y a sus hijas que Bertram no era ningún loco, que poseía una inteligencia superior a la media y que su máquina, la máquina de la felicidad, era un gran logro que, por la modestia de su creador seguramente jamás llegaría a conocer el éxito mundial que merecía. Ellas me sonrieron cortesmente y estrecharon con calidez mi mano ilusionada antes de cerrar la puerta de su casa para siempre.
Dos años después de aquel encuentro, durante una larga tarde de verano en la que recordaba con agradecimiento mi visita a la máquina de la felicidad, cayó en mis manos un libro que replicaba algunas páginas de viejos periódicos en los que se hablaba con detenimiento de los ingenios decimonónicos más discutidos y, entre algunas descoloridas fotografías amarillentas, vi el retrato de Bertram, de pie junto a su creación, sonriendo, como entonces, al inquieto objetivo de una cámara insensata. Debajo de esas líneas, se describía el proyecto de ese investigador, que según rezaba el artículo, había desaparecido junto a su invento, su mujer y sus hijas, setenta años atrás, sin dejar rastro.
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1 comentarios:
¡Qué bonito sería que existiese de verdad una máquina de la felicidad! Empar
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