domingo, 22 de enero de 2012

Katja (Relato nº 358)

Autor desconocido

A Katja le hubiera encantado que existieran los superhéroes. En una ocasión, cuando tenía 6 años, encontró un cómic abandonado junto a una papelera y vio a un hombre capaz de volar que salvaba a una niña como ella de una tragedia. Desde entonces, todas las noches, rezaba a dios o al superhéroe, dependiendo de lo que hubiera ocurrido a lo largo del día, para pedirle que la sacara de aquel infinito vertedero en el que vivía desde que nació.

Sin embargo eso no fue siempre, así porque antes de que fuera a la ciudad con su padre, meses atrás, y viese otros niños y otras familias que vivían de forma muy diferente, ella siempre creyó que vivir entre las ratas, pasando frío en invierno, sucia de infelicidad y de cansancio, era normal.

Después llegaron los hombres del ayuntamiento que destruyeron sus desgastadas chavolas llenas de corrientes y tuvieron que volver a construir otras, igual de endebles, igual de frías, igual de injustas.

Pero las cosas no comenzaron a torcerse del todo hasta que ella no enfermó y tuvo que ir al hospital con su padre, que apenas se entendía con los médicos, esos seres extraños vestidos de blanco y de verde que la miraban y la tocaban como si no hubiesen visto una niña en su vida y, más tarde, llegaron los otros hombres del ayuntamiento, los que movían la cabeza pesarosos escuchando las palabras incomprensibles de los doctores y mirándola de vez en cuando, como quien mira a un animal herido que no quedará más remedio que sacrificar.

Y, finalmente, llegó el día en que se la llevaron del hospital blanco, limpio y cálido, de nuevo al vertedero, a la casa insignificante, al hambre y a la tristeza de la madre que revolvía la basura ajena en busca de algo con lo que sacar algunas monedas para sobrevivir.

Y así se repitieron los días y las noches y las visitas del párroco con jerséis y cartones de leche y las promesas de que todo mejoraría, y la esperanza definitivamente rota, hasta que una mañana llegaron los del servicio social y subieron a Katja en una furgoneta y se la llevaron para siempre. Mientras se alejaba, vio a través de la ventanilla a su madre rota, con el rostro arrasado de lágrimas y una apatía impotente en los brazos colgados a ambos lados del cuerpo que le confirmaron que nunca más volvería a aquel lugar.

Después volvió a ver a su madre varias veces en la sala de visitas, cada vez más vieja y más sucia y más maloliente y enferma. Y ya no la abrazaba como al principio cuando la veía, llena de felicidad y hasta deseaba que se fuese cuanto antes si se prolongaban demasiado las miradas tristes y los silencios y, con el paso del tiempo, también las visitas se fueron espaciando y cada vez la vio menos y, lo peor de todo, cada vez la echó menos de menos. Pero no le importó. Es verdad que esa casa era dura, que los demás niños eran crueles, que aprender el idioma fue difícil, pero no pasaba frío, ni hambre, ni le daba miedo, por las noches, que las ratas saltasen a su cama y la mordieran.

A pesar de eso, a veces, por las noches, en silencio, seguía rezando al superhéroe o a dios, e imaginaba cómo sería ser mayor y ser libre y atravesar las puertas de ese mundo sin caricias pero con juguetes y libros y lapiceros y camas confortables, y caminar y vivir por las calles asfaltadas de casas alineadas, con olor a ropa recién lavada y a pasteles en el horno.

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