
El grupo revolucionario de los parabiológicos reivindicó el atentado contra la sede de la Secretaría de Estado de Genética Robótica. La fachada resultó deteriorada superficialmente y no hubo víctimas, nunca las había.
Se trataba de un extraño equilibrio administrativo de forma que los que tenían sus cuerpos orgánicos intactos y con fecha de caducidad, luchaban periódicamente con los que habían ido sustituyendo partes de su anatomía por órganos robotizados perfectamente integrados en sus cuerpos imperfectos, que eran quienes ostentaban el poder.
La juventud eterna había dejado de ser un sueño con la llegada de la manipulación genética, pero la mayoría de los ciudadanos quería también potenciar sus cualidades físicas y por eso acudían masivamente a las clínicas para someterse a implantes robotizados a pesar de que los parabiológicos seguían poniendo en entredicho la seguridad de esas herramientas innecesarias.
Precisamente por ese motivo, sesenta y tres años atrás, se había fundado un comité investigador del que sus miembros originales seguían formando parte. Ellos fueron los que, en la clandestinidad, impulsaron el desarrollo de la fusión genético-robótica de algunos seres humanos. Pero esos estudios estuvieron prohibidos y severamente perseguidos.
Sin embargo, como suele ocurrir, con el paso de los años, fueron aceptados y desarrollados con el apoyo de la mayor parte de la sociedad, como implantes quirúrgicos útiles en enfermos crónicos y en traumas agudos motivados por accidentes. Hasta que su utilización se extendió de tal forma que los genéticos puros fueron arrinconados y considerados como una secta ultraortodoxa que pretendía la involución de una sociedad perfecta.
La pobreza, la desigualdad extrema, el hambre y las enfermedades infecciosas habían sido prácticamente erradicadas, salvo las mutaciones víricas controladas que cada año se hacían circular extraoficialmente con el fin de erradicar a unos pocos centenares de ciudadanos de forma que se mantuviese el equilibrio numérico de la población bajo control.
El equilibrio, por lo tanto, era el título fundamental de la constitución de Pan-Europa. El mínimo de individuos era destruido y la civilización se autogestionaba como un organismo vivo sin graves trastornos ni consecuencias sociales.
En ese entorno había crecido Gustavson. Nieto de uno de los fundadores del comité original de investigación genético-robótica siempre había aceptado con normalidad el poder de la colectividad sobre el individuo.
Sin embargo, en algún momento, su percepción de la realidad cambió bruscamente, tal vez cuando comenzó a investigar, prudentemente, fuera de los circuitos de información establecidos por las videotecas y a recalar en viejos almacenes obsoletos frecuentados únicamente por los genéticos puros.
Es posible que la falta de alicientes de una sociedad perfecta le empujasen a buscar un cierto grado de aventura o que la aparente coherencia de los postulados y las leyes sociales le hicieran buscar encontrar mecanismos con los que rebatir sus tesis. Pero también es probable que sólo el aburrimiento le animase hacia esos márgenes oscuros, aunque legales, convirtiéndose en uno de los miembros más activos del grupo revolucionario de los parabiológicos.
En concreto su extenso conocimiento en ingeniería biológico-mecánica fue el detonante de todo lo que ocurriría más tarde. Trabajó durante dos años en la arquitectura de su programa: un proyecto simple, demasiado simple como para ser detectado con los controles periódicos del gobierno, un virus informático que se instalaba en los miembros robotizados de forma insensible, a través del contacto de la piel sintética con cualquier elemento mecánico y que dejaba el órgano bloqueado en una primera fase y, posteriormente se aislaba de tal manera que perdía el riego sanguíneo, se secaban los tendones y los nervios y dejaban las prótesis inservibles, como hojas secas.
Ninguno de los implantados afectados pudieron volver a instalarse recambios de las mismas características porque su cuerpo los rechazaba violentamente. Incluso muchos de ellos perecieron como consecuencia del contagio del virus a las zonas biológicas del cuerpo en las que se presentaba como un proceso de deshidratación agudo que transformaba en polvo todo lo que tocaba haciendo que el individuo pereciese en poco tiempo.
Por supuesto existía una cura para ese virus y, el único requisito para poder acceder al antídoto consistía en la declaración pública en contra de la implantación de mecanismos robotizados en cuerpos sanos. De manera que se sacudieron los cimientos de una sociedad perfecta, equilibrada y soportablemente infeliz y comenzó de nuevo la lucha por la felicidad, por la supervivencia, por la perfección y, en definitiva, por la vida.

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