
VIII
El viaje había resultado doloroso. Era la primera vez que se desplazaba en el tiempo más allá de 1933 y, por lo tanto, fue un salto a lo desconocido.
Aterrizó en una pensión mugrienta de una calle sucia y oscura de la Viena de 1906, en la que vivían los desheredados que sobrevivían arañando algo de dinero vendiendo cualquier cosa por las calles ateridas.
El pasillo en penumbra de la casa de huéspedes olía a repollo y a ropa sucia y los hombres, sentados en los sillones de terciopelo raído, le miraron sorprendidos por su aparición repentina y, seguramente también, por sus ropas extrañas, pero lejos de apartarse de él, seguramente su desconcierto o su miedo los atrajo y, rápidamente, se vio rodeado de media docena de hombres jóvenes con bigote, pelo engominado, trajes negros y miradas hambrientas.
- Busco a Adolf Hitler – dijo Guillermo y aquel nombre saliendo de sus labios, le puso los vellos de punta.
- ¿A Aldi? – preguntó un muchacho enjuto con aspecto hebreo que se encontraba en un rincón - ¿Buscas vistas de Viena para vender? – añadió claramente interesado en el negocio.
- No, – dudó el periodista – no exactamente. La verdad es que traigo un mensaje para él – Todos le observaban con cierto recelo y añadió después – Traigo noticias de su casa.
En realidad nadie pareció creerle, pero de alguna forma ese giro los convenció y fueron a buscarle a través del largo corredor de la pensión. Pocos minutos después se encontró ante un muchacho enjuto, de pelo grasiento y mirada esquiva y profundamente azul que le tendía la mano con inseguridad.
- Tenemos que hablar – atajó rápidamente el periodista – Tengo un mensaje importante para ti. Pero no podemos quedarnos aquí, lo que tengo que decirte puede cambiar el futuro, tú puedes salvar el mundo – dudó de nuevo – o destruirlo definitivamente y sin remedio.
Aldi dudó, le temblaban las manos sudorosas.
- No sé si quiero oír lo que has venido a decirme. – Se pasó la mano por la frente sudorosa. Era demasiado inseguro, demasiado joven, demasiado pobre e ignorante, pensó Guillermo. Tenía los dedos sucios de pintura, especialmente en las uñas y en las cutículas, pero su mirada atormentada y desvalida a veces se endurecía y relampagueaba como el acero.
Hablaron durante algo más de dos horas, sentados en los escalones de acceso al desván, el único lugar que no estaba lleno de estudiantes humildes y de menesterosos. Cuando Guillermo terminó su relato, al austriaco el temblaban las manos. No podía creer todo lo que le acababan de decir.
- Tengo que marcharme – dijo Guillermo – Tengo que volver. Si regreso pronto es posible que nadie me eche de menos – Adolf notó la inseguridad en su voz y le retuvo sujetándole por del hombro.
- ¿Es cierto que no aprobaré el examen de acceso a la Academia de Bellas Artes? – preguntó ansioso.
- Sí.
- ¿Por qué? – Insistió sin atreverse a mirarle a los ojos.
- No siempre es justo el sistema de selección. No estoy seguro de que tuvieran motivos sólidos para su decisión, pero tú nunca perderás tu amor por el arte – Añadió intentando quitarle importancia al hecho más importancia de la historia.
- De acuerdo – dijo entonces bajando la mirada – Pero no creo que mi permanencia en Viena, o mi inacción, puedan evitar algo tan terrible como lo que me has descrito – dijo retorciéndose las manos.
- Es posible que no, pero... ¿No te gustaría evitar toda esa locura, la muerte de millones de personas, el sufrimiento de toda Europa, de Asia de América?
- Tal vez... – titubeó – podría hacer las cosas de otro modo...
- Tal vez – dijo Guillermo endureciendo la voz – pero el riesgo es demasiado grande.
- Tengo que irme – dijo el periodista – ahora el futuro está sólo en tus manos.
Adolf bajó la mirada, oyó un zumbido y dejó de ver a su extraño visitante. Estuvo inmóvil durante unos segundos y, cuando se sintió solo, alzó una mirada brillante y metálica, acompañada de una sonrisa triunfal, temible, que invadió la oscuridad de la escalera.
Entonces Guillermo lo supo sin ningún lugar a dudas, sacó de su funda un revólver, lo amartilló suavemente y disparó al centro del cráneo del que sería el mayor asesino del siglo XX. Después, sin tiempo para comprobar el resultado, sin que siquiera mediase una inhalación más del aire viciado con olor a col que invadía toda la pensión, pulsó el interruptor del transportador y desapareció en el túnel del tiempo de vuelta hacia el futuro.

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