
Si me hubiera retrasado tan sólo un minuto, tal vez treinta segundos, nada de esto habría ocurrido. La vida es una cadena de circunstancias fortuitas, una concatenación de casualidades y de decisiones que llevan asociadas consecuencias imprevisibles.
Pero la conversación con María se demoró sólo un poco más de lo esperado y cuando me volví, vi que el semáforo estaba en verde para los peatones y di un paso hacia delante, seguro, despreocupado, alegre. No pude ver el brillo amenazante del vehículo que bajaba la avenida como un rayo, devorando la distancia enloquecida entre los otros coches y me arrolló, haciéndome volar como una pluma sobre el rojo resplandor de su chapa bruñida por el sol.
También para Elvira, la conductora del vehículo, la casualidad fue la responsable de su desdicha porque si no se hubiera olvidado las llaves en la oficina y no hubiera tenido que volver a por ellas, no habría escuchado la conversación de su jefe con el responsable de personal, quejándose de su conducta y solicitándole su sustitución inmediata por otra persona y habría llegado a tiempo a la puerta del teatro, donde la esperaba su novio. Pero en vez de eso, comenzó una discusión airada en la que, movida por la impotencia vomitó su rabia y su frustración y, por lo tanto, fue fulminantemente despedida. Como consecuencia de todo ello, salió de allí dando un portazo, se subió a su utilitario y condujo precipitadamente por la ancha avenida mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, de forma que no pudo ver el semáforo que se ponía en rojo ni el peatón que comenzaba a cruzar la calle.
Pero posiblemente la culpa de toda aquella tragedia la tenía la carta que había llegado a manos de Elvira precisamente esa mañana y que iba dirigida a Francisco Rubio, su jefe. En ella alguien reclamaba, con un tono que tenía cierto aire de extorsión, una importante cantidad de dinero y, a pesar de que puso enseguida el documento sobre la mesa del destinatario haciendo como que no lo había leído, él, que cada día se detenía en la primera planta para sacar un café con leche de la máquina, ese día subió directamente y la vio salir de su despacho después de haber dejado algo sobre su mesa.
Y es que si Francisco no se tomó un café como de costumbre, fue porque la noche anterior había estado cenando en un restaurante mexicano y seguía teniendo el estómago revuelto por culpa de los picantes y del tequila con el que se había animado hasta el punto de decidirse a cantar en un karaoke donde las casualidades del destino hicieron que se encontrara con un viejo compañero de estudios al que hacía al menos veinte años que no veía y que, aunque Francisco lo ignorase, como es natural, se dedicaba profesionalmente a la extorsión de yupies como él, que ocupaban cargos intermedios en grandes organizaciones, eslabones endebles de las grandes cadenas que, por culpa de algún pequeño desliz, se hacían fáciles de manejar.
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