Autor desconocidoEl coleccionista de oxímoros era un pequeño gran hombre menudo y tímido que escondía la mirada detrás de sus gafas demasiado grandes.
A él le gustaban los instantes eternos de las bibliotecas, la comodidad de los libros engorrosos y la sutileza de ciertos tipos de música que se adentran como una sonda en el alma para conquistar nuevas emociones.
Disponía de una fe racional en el ser humano y en el porvenir y era un eterno invitado de sí mismo en las soledades de su mente.
Le gustaban los oxímoros porque se parecían tanto a él y a sus lógicas contradicciones humanas que rodeado de ellos se sentía protegido y comprendido.
El coleccionista de oxímoros agradecía a dios su agnosticismo que le permitía vivir de espaldas a las supersticiones y a los rituales repetitivos de la fe y, por otra parte, entendía que su existencia, inmensamente pequeña, no llamaría jamás la atención del Demiurgo, por lo que su posición ante la iglesia, jamás sería recriminada en caso de haberse equivocado. Por otra parte, él sólo aspiraba a la justicia parcial de una vida modesta que prolongara la provisionalidad de su existencia salvándole de las simples complicaciones de la vida y eso, no requería necesariamente de la intervención divina.
En definitiva, el coleccionista de oxímoros era un hombre corriente al que le gustaba contemplar, desde la atalaya de su pensamiento, las repetitivas contradicciones de la lengua, fieles al confuso reflejo de las ideas que bailan como fantasmas impúdicos al fondo de una caverna platónica.
A él le gustaban los instantes eternos de las bibliotecas, la comodidad de los libros engorrosos y la sutileza de ciertos tipos de música que se adentran como una sonda en el alma para conquistar nuevas emociones.
Disponía de una fe racional en el ser humano y en el porvenir y era un eterno invitado de sí mismo en las soledades de su mente.
Le gustaban los oxímoros porque se parecían tanto a él y a sus lógicas contradicciones humanas que rodeado de ellos se sentía protegido y comprendido.
El coleccionista de oxímoros agradecía a dios su agnosticismo que le permitía vivir de espaldas a las supersticiones y a los rituales repetitivos de la fe y, por otra parte, entendía que su existencia, inmensamente pequeña, no llamaría jamás la atención del Demiurgo, por lo que su posición ante la iglesia, jamás sería recriminada en caso de haberse equivocado. Por otra parte, él sólo aspiraba a la justicia parcial de una vida modesta que prolongara la provisionalidad de su existencia salvándole de las simples complicaciones de la vida y eso, no requería necesariamente de la intervención divina.
En definitiva, el coleccionista de oxímoros era un hombre corriente al que le gustaba contemplar, desde la atalaya de su pensamiento, las repetitivas contradicciones de la lengua, fieles al confuso reflejo de las ideas que bailan como fantasmas impúdicos al fondo de una caverna platónica.
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