martes, 24 de enero de 2012

Bosque boreal (Relato nº 360)


El bosque olía a humedad, a resina y a rumores menudos como roces. El sol se colaba entre las altas ramas indecisas y peinaba de líneas los troncos aún desnudos.

Él se detuvo y sintió el viento, los movimientos ocultos de los pequeños animales que se movían al amparo del follaje. Se mantuvo inmóvil, alerta, durante unos minutos y después reaccionó bruscamente, se giró y pudo ver la cola esponjosa de una ardilla perdiéndose en la espesura.

Caminó un poco más, siempre hacia el sur, sintiendo su peso sobre el barro cremoso y nutritivo de la primavera. El aire estaba lleno de mensajes: la voz del mirlo en las ramas, el respingo del tordo, el paso pesado del alce, el vozarrón del oso, temible, reinando entre los árboles como un patriarca. El mundo despertaba y él mismo se llenaba de energía.

Se apostó detrás de la roca, escuchó atentamente, el aire le trajo el aroma de la juventud, la torpeza de la inexperiencia y se le encendieron los instintos. Aguzó el oído: sí, ahí estaba, ahí se asomaba el cervatillo inocente, rezagado, palpando el mundo con sus dos anchos ojos torneados. Sintió la saliva cálida invadiéndole la boca, el trote acelerado del corazón anhelante, el impulso del cuerpo que se agazapaba y preparaba la piel para la carrera.

Pero el berrido ancho del padre le retuvo, esperó un poco más, estudió la reacción del cachorro, atento pero desorientado, y el berrido se repitió de nuevo, anhelante, algo más lejano, rebotando en los troncos encerados y el cervato inició el camino de retorno demasiado tarde, cuando el lobo astuto ya se precipitaba sobre él, dando un salto preciso, redondo, envolvente que le permitió hincar sus dardos afilados en la garganta tierna que se partió, con un dulce chasquido, justo cuando iba a gritar para pedir auxilio.

El lobo se detuvo entonces, jadeando, para auscultar los ruidos de la tierra, el corazón aún enloquecido, pero las voces de los otros ciervos se alejaban y él tiró del cuerpo manso hacia la espesura, se parapetó y comenzó a despedazar la carne lentamente, paladeando el sabor acre y untuoso de su inocente presa.

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