lunes 16 de enero de 2012

El día que el sol se extinguió (Relato nº 352)





La luz del sol se extinguió definitivamente a las 18:35 horas del día 21 de junio de 2023 y, a pesar de que la noticia era esperada, al principio cundió el pánico igualmente. Los mecanismos dispuestos para las evacuaciones se saturaron y muchos transportes sufrieron graves averías como consecuencia de la avalancha de viajeros impacientes y asustados.



Braulio se había encerrado en el cuarto oscuro para positivar copias que creía que serían importantes documentos para la posteridad y, cuando salió, pasadas las doce de la noche, no tuvo conocimiento del adelanto del apocalipsis. La fecha que tenía prevista para su evacuación estaba programada para la siguiente semana y, como todos los ciudadanos, ya tenía preparada su pequeña mochila con lo indispensable para el viaje definitivo, apenas un libro, su cámara fotográfica, un cuaderno y algo de ropa.



Cuando despertó al día siguiente, entre tinieblas, no imaginó que eran ya las once de la mañana y, en su confusión, intentó volver a conciliar el sueño. Sin embargo la luz de los helicópteros que sobrevolaban la ciudad insistentemente, entró por la ventana de su cuarto y le encegueció. Instantes después, los megáfonos rasgaron la calma y vomitaron sus llamadas de aviso a los rezagados para que se presentara lo antes posible en los centros de control y distribución de habitantes.



Braulio nunca había sido un hombre nervioso, las urgencias le producían una inquietud molesta de la que huía como un reptil, así que se duchó, se vistió y miró a su alrededor por última vez antes de abandonar su hogar. La noche le recibió con una serenidad extraña que le recordó la efervescente emoción que sentía cuando salía de madrugada para iniciar un largo viaje en coche, por el simple placer de devorar los primeros kilómetros en solitario, pero enseguida se deshizo la ilusión, cuando las luces de los helicópteros lamieron insistentemente el asfalto y recorrieron las fachadas de ventanas ciegas.



No tardó en encontrarse con otros rezagados, todos llevaban consigo su mochila y su maleta de recuerdos, todos arrastraban la incertidumbre y corrían hacia la luz de los coches militares, como moscas hacia una bombilla. Unos pocos, los más afortunados, saldrían inmediatamente hacia las colonias improvisadas en los sistemas Vega y Altair, pero la mayoría tendrían que esperar su turno en las comunidades subterráneas en las que se habían logrado recrear condiciones vitales similares a las de la atmósfera, aunque esas infraestructuras provisionales, no lograrían acoger a toda la población durante mucho tiempo.



Las lanzaderas para la salida a la colonia Luna eran muy limitadas y no soportaban más de dos o tres viajes sin quedar completamente inutilizadas. En cuanto al número de vehículos capaces de atravesar el sistema solar para llegar a sus nuevos destinos, era aún más reducido y Braulio, como otros miles de millones de ciudadanos, tendría que trabajar día y noche en el reciclaje de materias primas para la construcción de nuevas lanzaderas que les salvasen la vida.



Para otros estaba destinado el laborioso proceso productivo de oxígeno a partir de enormes plantaciones artificiales tanto en el exterior como en el interior así como la gestión y recolección de alimentos naturales y sintéticos para todos. Pero el tiempo del que se había dispuesto para organizar aquella precaria infraestructura de supervivencia había sido muy escaso e ignoraban si sería suficiente o si dispondrían de los elementos necesarios para reparar las posibles averías e imprevistos que pudieran ir surgiendo.



Al llegar al centro de control un hombre vestido con uniforme militar le recibió, buscó su nombre en el listado, le localizó y le indicó el cubículo de espera que le había sido asignado. Él se introdujo docilmente en él y esperó en silencio. A su lado había otras personas, pero no se miraban, parecía que todos se sintiesen avergonzados y asustados al mismo tiempo. Escuchó los sollozos de una mujer, también pudo oír las palabras de consuelo que le dedicaba alguien que parecía ser su pareja y se sintió incómodo con aquellas presencias tan cercanas.



Eso le hizo reflexionar. A partir de ese momento sería difícil que pudiese estar sólo, tampoco encontraría muchos momentos de intimidad en los que poder pensar o trabajar sin interrupciones y se sintió mal. Por primera vez, por encima del sentimiento de supervivencia, se instaló en él otra emoción, la de seguir siendo él mismo, la de no renunciar a sí mismo.



Miró hacia el exterior y vio una pequeñas columna que se formaba delante de los vehículos militares. La gente seguía llegando mansamente, escuchaba sus destinos como quien oye una sentencia y acudían a los cubículos de espera sin hacer preguntas y, entonces, Braulio recordó algo, algo viejo, algo relacionado con la Guerra Mundial, algo que tenía que ver con el exterminio de miles de ciudadanos disciplinados, anónimos y asustados que subían a trenes llenos de desconocidos, ignorando su destino, y sintió el impulso irrefrenable de escapar. Salió de la cabina de espera, se camufló entre las sombras, como un prófugo, y salió del centro de control hacia las tinieblas.



Nadie le siguió, a nadie le extrañó su asiento vacío, nadie repasó las listas antes de cerrar los compartimentos. Nadie se extrañó tampoco al ver las grandes grúas, como enormes arañas, que se descolgaron desde la negrura del cielo extendiendo sus brazos articulados para arrastrar las cabinas hacia arriba, con un impulso que Braulio jamás había visto en ningún ingenio conocido. Nadie pudo escuchar los gritos de los hombre y mujeres que, cuando vieron la gran boca de la nave alienígena que se abría en la oscuridad para tragarlos, sin duda emitieron.





Braulio espió en cuclillas, en su escondite, durante horas. Los contingentes humanos se sucedían unos a otros, los mismos rostros asustados, la misma sumisión, la misma distribución de criaturas indefensas en cabinas de espera y, finalmente los mismo gigantescos brazos mecánicos, surgidos de la nada, elevando aquellas carcasas minúsculas hacia el interior de unas fauces negras que lo ocupaban todo.



Debió de quedarse dormido en algún momento porque cuando despertó sobresaltado por un sonido grave y profundo que llenaba la oscuridad ya no había más coches militares en el entorno, tampoco pudo ver las pequeñas cabinas redondas en las que iban recibiendo la diáspora, todo parecía en calma.



Algo se movió en la oscuridad, frente a él. No parecía orgánico, emitía un suave zumbido, como el de una afeitadora cuando captura un pelo rebelde entre sus cuchillas y tuvo la impresión de que se elevaba un telón que hubiese estado ocultado un escenario lleno de sombras chinas y una cortina espesa se fue elevando y descubriendo una luz dorada, cálida, hermosa que le recordó, sin lugar a dudas... el resplandor del sol.



La oscuridad siguió alejándose con un ronroneo suave, se alzó hacia el cielo y el amanecer, vibrante, rojizo, malva, anaranjado, se extendió sobre el horizonte invadiéndolo todo. Braulio aguzó la vista y pudo distinguir claramente la silueta del sol, su potente impulso reconocible, abrasador y tuvo la certeza de que la humanidad, toda la humanidad, había sido engañada, quién sabe si arrastrada al exterminio, quién sabe si salvada de su propia destrucción, quien sabe si avocada al exterminio.



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1 comentarios:

Anónimo dijo...

FANTASTICO GENIAL......