viernes, 27 de enero de 2012

Cartas desde París (Relato nº 363)

Yvon

París, 9 de diciembre

Querida Elena:

Esta ciudad se obstina en su belleza indiferente y la envuelve en lluvia mórbida para que te recuerde aún más. No sé muy bien por qué he viajado hasta aquí ni por qué me he alojado en esta habitación y no otra del pequeño hotel que tantas veces habitamos. Hace tiempo que se me han olvidado los motivos por los que hago las cosas.

Mientras te escribo me asomo de nuevo al exterior y veo bajo las balconadas la hermosa parada de metro, con sus grandes tentáculos y sus rojos ojos de cristal que rasgan la lluvia y atraen hacia sus fauces a los pobres transeúntes inocentes. A pocos pasos se vislumbra la larga superficie multicolor de la tienda de Habib, tentadora de naranjas, de bananas, de tomates y de peras, en la que tantas veces nos detuvimos a comprar y a intercambiar algunas palabras que hacían saltar su nostalgia emigrada.

Es extraño, aquí nada ha cambiado a pesar de ser una ciudad en eterno movimiento. Apenas he llegado, he sentido ese enjambre de vidas y de ideas creciendo a impulsos en los pulmones nudosos de las grandes avenidas, he notado cómo empujan los huecos inocentes de las mentes, cómo se rebelan y se instalan en la recámara de la memoria y cómo expulsan las sombras y las telarañas de las viejas ideas.

Aún no he tenido tiempo de recorrer nuestros lugares, ni me he preocupado de la maleta que yace sobre la cama impersonal, olvidada por culpa de esta urgencia de escribirte y, ahora que la miro de nuevo, más despacio, me parece un animal dócil a la espera de mis manos, y me conmueve recordarla en otras habitaciones de otros tantos lugares de la Tierra.

Pero no voy a entretenerme en lamentaciones de viejo: el mundo palpita a mi pesar al otro lado de este balcón entreabierto y voy a verlo una vez más antes de que se me agoten las ganas.

París, 11 de diciembre

Querida Elena:

Te escribo desde los ventanales sin párpados de esa cafetería que mira a Notre Dame con la nostalgia de quien ya no puede recuperar el tiempo pasado. He caminado bajo el frío y la lluvia sin detenerme y tengo el alma seca y helada. Sin embargo, el sutil aroma del chocolate caliente me reconforta y me descubro intentando comprender porqué retorno una y otra vez a este lugar desde que he vuelto.

Hoy los bouquinistes apenas han abierto sus fabulosas conchas de madera, tal es el viento inhumano que arrasa las avenidas, pero siempre hay quien desafía la congoja que provoca el frío y se deja arrastrar a las orillas de este río femenino y distante, orlado de grabados y de palabras impresas.

¿Recuerdas las tardes sin prisa en los cafés de Saint Germaine des Pres, las librerías de segunda mano en Saint Andrés de les Artes, las largas conversaciones en el restaurante vacío del hotel, cuando ya nadie más que un camarero desdeñoso escuchaba nuestras palabras incomprensibles? Y ahora vago por la tierra como si me doliera la vida y creo que tú, aún no se cómo, me has traicionado.

¡Qué extraño! Me ha venido esa idea como una revelación y ha logrado arrancarme del dolor para llevarme a la rabia y, por primera vez desde que te fuiste, siento de nuevo la punta de mis pensamientos, como si me hubiesen arrancado una capa de piel y el tacto desnudo lacerara mis sentidos.

Aún no se muy bien hacia dónde me conduce esta nueva angustia, esta nueva oleada de ideas opacas y de furia que me está conquistando sin apenas darme cuenta.

He de reflexionar, he de esperar a que esta polvareda de nuevas ideas ideas repose y me deje ver el horizonte.

París, 12 de diciembre

Querida Elena:

Hoy veré una vez más tu sala favorita del Louvre, me sentaré ante ese cuadro ingenuo que tantas veces contemplaste con los ojos llenos de lágrimas y cogeré de nuevo mi cuaderno para escribir ideas inconexas, como hacía entonces.

¿Recuerdas cuando imaginábamos los fantasmas de palacio escondiéndose entre los visitantes del museo? Cómo reíamos con la idea de recrear el pensamiento mustio de esas almas en pena, con su pasado empolvado de cabezas cortadas, y ahora me siento como ellos.

Se me va haciendo extraño recordar todas las cosas que hemos compartido, las suelas de zapatos que hemos roído con el instinto furioso de nuestra desazón, las voces que hemos escuchado, herméticas e incomprensibles, en todos los esquinazos de la tierra. Pero ahora todo me resulta muy lejano, como si viniese de un sueño que no era realmente el mío.

¿Recuerdas Chartier, con sus altos techos y su comida sencilla? Hoy he vuelto a sentarme ante sus mesas pero nada ha sido igual. Los camareros me parecieron sombras tristes y la madera acogedora me recordó la ostentación dañina de los ataúdes.

¿Te he dicho que ahora puedo entrar de nuevo en la Bibliotheque Nationel? Sí, entro y huelo los libros antiguos, rastreo entre sus ángulos y recorro cada mota de polvo, como cuando tú te sentabas ante el pupitre oscuro como una estudiante aplicada con el rostro surcado de arrugas y el labio inferior ligeramente adelantado en una mueca infantil, concentrada en los renglones de un volumen cualquiera, pero ahora tú no estás allí y nada me retiene entre los nombres y las palabras sofocadas en susurros...

París, 13 de diciembre

Se me disuelven los recuerdos como infamias y me vomita el alma un respeto rabioso a tu traición. Puedo imaginarte intentando convencerme de lo absurdo de esta desesperación de náufrago que se ha apoderado de mí de pronto y eso aún me enfurece más.

Ha sido el recuerdo perdido el que ha venido a encontrarme precisamente aquí, bajo la cúpula del Museo de Orsay, mientras recordaba la última vez que lo visitamos juntos y justo en ese momento te he visto pasar del brazo de otro hombre al que jamás antes había visto y he recordado, con un dolor insoportable, cómo me quitaste la vida aquella tarde con la excusa de evitar mi sufrimiento, el desgaste corrosivo de una enfermedad incurable y progresiva que me dejaría agarrotado e inmóvil sobre una silla de ruedas.

No te he visto triste, no me ha parecido que tu cabello hubiera encanecido, ni que tu piel se hubiera marchitado y en ese momento he querido estar en otra parte, en tu habitación de hotel y allí me ha dirigido mi conciencia sin física ni fricciones. Pero no has elegido el mismo lugar que nosotros frecuentamos, sino que ocupas un dormitorio más confortable, en un establecimiento más caro y elegante.

Junto a la puerta he visto tu maleta azul fielmente instalada junto a esa otra, desconocida y masculina, tan distinta a la mía, pero que ha ocupado mi lugar y una rabia infinita me ha dejado en carne viva y he deseado romperlo todo, dar rienda suelta a mi locura, pero finalmente he decidido regalarte estas cartas, con todo su recado venenoso con el que despertar tu culpa y tu miedo. Las dejaré sobre el almohadón de tu cama y esperaré tranquilo, aquí sentado en la butaca, ingrávido, hasta ver cómo se dilatan tus pupilas por el miedo al ver mi letra en estos sobres, cómo lloras de vergüenza y de terror al leer sus líneas y cómo se rompe para siempre tu juventud traidora al sentirte descubierta y maldita.

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